Spencer
Andrés Quintero6.5
LO MEJOR
  • Kristen Stewart
  • La inmersión de la cámara en el desasoiego de la protagonistas
  • El vestuario y la música
LO MALO
  • Con todo bien dispuesto, algo impide la conexión con el personaje.
6.5Buena

TÍTULO ORIGINAL: Spencer

AÑO: 2021

DURACIÓN: 1 hora 56 minutos

GÉNERO:  Drama, Biográfico

PAÍS: Estados Unidos

DIRECTOR:  Pablo Larraín

ESTRELLAS: Kristen Stewart, Jack Farthing, Timothy Spall, Sally Hawkins, Sean Harris, Richard Sammel

Difícil decir, para quienes desconocemos los rincones y vericuetos de la vida de Lady Di, si la película Spencer del director chileno Pablo Larraín,  la retrata fielmente. Menos difícil afirmar, para quienes vimos Jackie, del mismo director, que Spencer es una versión libre, a lo Larrain, de la idolatrada princesa.

En efecto, en ambos  biopics, término registrado  por el Diccionario de la lengua española, el director chileno renuncia al formato biográfico típico  que recrea  la vida – o un pedazo de vida – del personaje elegido y opta en cambio por explorar, con una inevitable dosis de imaginación creativa, su mundo interior para, desde esa intromisión, arriesgar una explicación subjetiva de las relaciones del personaje con  el exterior, esas relaciones que, en el caso de la Princesa de Gales, inundaron las revistas de farándula  y las pantallas, no tan planas entonces, de los televisores del mundo entero.

Lo anterior pretende resumirlo la frase de presentación de la película cuando le anuncia al espectador que lo que verá es “una fábula a partir de una tragedia real”.   Más que una fábula con enseñanzas o lecciones morales cuyos portadores suelen ser, entre otros, zorros, ranas o escorpiones, la fábula de Spencer es la narración imaginada de la conmoción interior de la Princesa en los días de la navidad de 1991.

El propósito de Larraín es claro. Lo pretendido no es acicalar, más de lo que ya está, el recuerdo de Lady Di. Todo lo contrario. De lo que se trata es de mostrar, lo más por dentro que se pueda, un ser humano desubicado y angustiado que rechaza visceralmente todo el protocolo que rodea la realeza y, sobre todo, el sinsentido de una vida cargada de prejuicios, diferencias, injusticias y vanidades.

Con una cámara obsesiva que persigue a la protagonista por los interminables corredores de la casa real  y, también, por las tierras en las que pretende reencontrarse con sus raíces, Spencer genera una sensación de angustia y, al menos en mi caso, una inevitable incomodidad con el tono y el enfoque de Larraín  que encontré un tanto exagerados, amañadamente puesto al servicio de un drama cuyo desenlace todos conocemos.

La de Spencer es la visión de Larraín y es, también, más allá del escudo de la fábula, su percepción, no de quien fue esa mujera,, sino de lo que esa mujer atravesó en un momento muy específico de su vida. La imagen, incompletísima y borrosa, que tengo de la Princesa es la de una mujer angelical y glamurosa pero, también, recia y rebelde. No, como la muestra Larraín, enferma, desgarrada y desconsoladamente triste. Fue la contraposición de esas dos imágenes la que al principio me desconcertó y la que dificultó mi conexión con Spencer. Quise buscar empatía con el personaje y la película lo encerró en una sinsalida  que me pareció un tanto forzada.

Pero más allá de estas percepciones  y sus siempre relativas, cuando no inncesarias, verdades,  lo cierto es que el trabajo de Larraín es  impecable. La cámara, el vestuario, los escenarios y la música se alinean durante toda la película para mostrar, desde otro ángulo, amargo y enfermizo,  esa Lady Di amada por todos por haber sido la Princesa imposible, la Princesa emblemática, la Princesa ideal por no haber sido nunca, paradoja imaginada, Princesa verdadera.

Dejo para el final la ficha clave de todo este rompecabezas: la actuación de Kristen Stewart. Es, de una manera desconcertante y fascinante,  Lady Di y lo es no solo por su acento, por su increíble parecido físico, por imitar a la perfección esa indefinible clase y elegancia de la Princesa sino, y muy especialmente, por esa mirada oblicua, triste y escurridiza con la que Diana se asomaba, rabiosa y temerosa, al mundo que la rodeaba. Para destacar y encomiar,  las maravillosas dos escenas con Enrique y Guillermo, sus dos hijos.  Ambas escenas operan como paréntesis balsámicos en una trama cargada de tensión y angustia.. Tal vez fue ese el extraño balance entre amargura y amor el  que buscó Larraín y que, apenas ahora al escribir estas líneas, logro percibir.

 

Sobre El Autor

Dirección Distinta Mirada

Dirección Distinta Mirada