Los ojos sin rostro
Andrés Quintero 7.5
LO MEJOR
  • La efectividad de su simpleza, el lirismo de su horror
  • Alida Valli y su personaje Louise
  • La música de Maurice Jarre
LO MALO
  • Vista sesenta años después, algunas flaquezas en su guión
7.5Buena

TÍTULO ORIGINAL: Les yeux sans visage

AÑO: 1960

DURACIÓN: 1 hora 28 min

GÉNERO: Terror, Thriller

PAÍS: Francia

DIRECTOR:   Georges Franju

ESTRELLAS: Pierre Brasseur, Alida Valli, Juliette Mayniel, Edith Scob, François Guérin, Alexandre Rignault

Cuando reviso carteleras, casi siempre descarto de entrada las películas de terror.  Tanto espíritu maligno, lejos de asustarme, me aturde. No le encuentro – la palabra precisa no sería encanto, sino más bien enganche o atracción – a esas historias que echan mano de presencias sobrenaturales a las que les encantan las enormes y solariegas casas a las que suele llegar, ingenua y feliz, una familia modelo que pronto caerá en las telarañas de un mal temible y tenebroso. Películas que apelan, una y otra vez, a los sustos de siempre: el portazo repentino, la aparición súbita de un rostro perturbador, la noche oscura y tormentosa, la imagen religiosa como frágil pararrayos, el niño que de repente se convierte en el más eficaz de los agentes demoniacos….

No empleé mi sistema de descarte terrorífico cuando me detuve a revisar la programación del vigésimo Festival de Cine Francés que actualmente se presenta en distintas salas del país. Por el contrario, vi que la muestra clásica, siempre y felizmente presente en estos festivales, estaba conformada, tacañamente a mi pesar, por dos grandes obras de la cinematografía francesa: Pickpocket, entre nosotros El Carterista y Los ojos sin rostro. Esta última rotulada como película de terror. Pudieron más los abundantes y merecidos elogios que la rodean, que la amenaza de encontrarme con aquelarres o con diablos variopintos que blanquean los ojos de sus poseídos.

Los ojos sin rostro es una película inclasificable. No creo que pueda tenérsela, pura y simplemente, como una película de terror. Más allá de la caracterización de las películas que puedan inscribirse en este género, la película del director Georges Franju combina elementos de terror, con marcas de thriller y trazos de drama. Lo indiscutible y cierto es que se trata de una película que desacomoda al espectador, que – sin necesariamente asustarlo – lo increpa y lo perturba.

El eminente doctor Genessier (Pierre Braseul),  reconocido por sus investigaciones médicas en el campo de los trasplantes e injertos, está obsesionado en la reconstrucción del rostro de su hija Cristiane (Edith Soob) que quedó totalmente desfigurada en un accidente automovilístico en el que, se nos da entender, el padre tuvo una dosis importante de culpa.  Para alcanzar su objetivo el galeno no acepta límites y considera legítimo – por su hija, por el avance de la ciencia médica y por el apaciguamiento de su convulsa conciencia – secuestrar y matar a mujeres para, con la destreza de su bisturí, quitarles la piel de sus caras y así poder devolverle a su niña, con tan espeluznante trasplante,  la belleza y la felicidad  que el destino le arrebató. Lo secunda en tan abominable plan su secretaria/cómplice Louise (Alida Valli)

La historia atroz de Los ojos sin rostro no es nueva, ni lo era en 1960 cuando se estrenó la película. No fue entonces, ni lo sigue siendo hoy en día, la novedad de su guion lo que le dio y le sigue dando la justa resonancia que tiene. El enorme valor cinematográfico de la obra de Franju y de sus guionistas Claude Sautet y Pierre Boileau, está en la forma como está contada la historia. Con un blanquinegro que realza el dramatismo de cada rincón del relato, es su sobria limpieza, su narrativa depurada y simple,   lo que le da a la película un tono tan efectivo como indefinible.

Los personajes de Los ojos sin rostro  tienen, todos ellos, un cierto hieratismo que parece ligado a la fuerza incontenible del destino que los arrastra. Genessier rebosa estoicismo y es desde su gélida aceptación del deber que asume la tarea que la vida le ha encomendado. Cristiane deambula como un fantasma, fracturada por su deseo de volver a ser la que fue pero resistiéndose siempre a los daños colaterales que supone la consumación de su deseo.  Y Louise, la más terrenal de todos, abatida por una fidelidad hacia su jefe, siempre está al borde, al justo e inminente borde, de estallar y arrastrar con todo.

 

El terror en Los ojos sin rostro es un terror oculto, un miedo encapsulado, ese miedo que provoca, no el espíritu maligno que se agazapa en los rincones del casón oscuro y misterioso, sino ese otro, menos visible pero más profundo,  que emerge de la conducta humana, atemporal e impredecible, ante determinados estímulos.  Hasta dónde puede llegar el padre que se siente responsable por el dolor de su hija?  La fidelidad hacia el maestro, el tutor o el jefe puede y debe romperse cuando, a a juicio del subordinado, la conducta del superior rebasa las fronteras sinuosas de una supuesta tabla de valores?

Los ojos sin rostro corta sin abrir herida, asusta sin que nos inmutemos, lacera sin que en su momento nada nos duela y deja, en alguna parte, una sensación perturbadora que persiste después de finalizada la película. Por eso y por mucho más es, desde su lacónica sobriedad, una obra maestra.

Sobre El Autor

Dirección Distinta Mirada

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