Las acacias
Andrés Quintero7.5
LO MEJOR
  • La credibilidad que genera su austeridad
  • Las actuaciones de sus protagonistas. Menos es más
  • La pequeña Anahí (Nayra Calle Mamani)
LO MALO
  • Algo plana, pero plana tenía que ser
7.5Buena

TÍTULO ORIGINAL: Las acacias

AÑO: 2011

DURACIÓN: 1 hora 25 min

GÉNERO: Drama

PAÍS: Argentina

DIRECTOR:  Pablo Giorgelli

ESTRELLAS: Germán de Silva, Hebe Duarte, Nayra Calle Mamani

Los gustos cinematográficos permiten, quizás no una exacta descripción, pero sí al menos una aproximación al modo de ser, sentir y pensar de quien los tiene. No me atrevería a decir, por ejemplo, que aquel a quien le fascinan las películas de terror es de tal o cual forma y, menos aún, que ese o esos rasgos los comparte con todos aquellos que tiene ese específico gusto en materia de cine. Lo que sí creo es que la preferencia por uno u otro género revela, con múltiples matices seguramente, alguna faceta de quien la tiene.

En materia de gustos, desde hace mucho tiempo clavé una de mis banderas en las películas de carretera. Las que algunos, para darse un airecillo de sofisticación, llaman las movie road. Historias de recorrido, historias de la movilización de unos seres que por una razón cualquiera deben ir de un punto a otro. En ellas todo gravita alrededor de los efectos que el desplazamiento produce en los viajeros. Películas de cómo la carretera por la que transitan les va calando, para bien o para mal, en el alma.

En el 2011 Pablo Giorgelli se estrenó como director con Las acacias y con ella cosechó varios galardones.   Entre ellos, Mejor ópera prima en Cannes, mejor película en el Festival de San Sebastián y mejor película de habla no inglesa en los Satellite Awards.  Merecidos reconocimientos a un trabajo en el que la nota sobresaliente es la austeridad, la renuncia casi total a los elementos propios de la narrativa cinematográfica. Eso, para empezar, es un aventón que no cualquiera se pega y del que Giorgelli salió, más que bien, exitosamente librado.

A Rubén (Germán da Silva) su jefe le pide que lleve a Jacinta (Hebe Duarte) a Buenos Aires.  No es más que abrirle un espacio en la tractomula que maneja y que se apresta a recorrer, como tantas otras veces, los 1.500 kilómetros que separan Asunción de la capital argentina. El pedido tiene un pequeño añadido:  Jacinta no va sola, la acompaña Anahí, su hija de apenas unos meses de nacida, una niña de brazos. De arranque, viene bien la expresión, la cosa no pinta bien. Para un solitario empedernido, la inesperada presencia de estas dos mujeres tiene más de incómoda intromisión que de grata compañía. Sin embargo la carretera siempre hace lo suyo y las cosas se van desenvolviendo a su manera, esa lenta manera, casi maña, que se da paisaje de irse metiendo en el que lo recorre así este piense, fatigado por la travesía, que lo ve dejando atrás.

Lo lógico, lo esperado es que en su estreno un director aplique con todo el rigor las reglas aprendidas y eche mano de todo aquello que capture la atención del público. Pienso por ejemplo en aquello de ir armando una trama para luego escalarla a un clímax vibrante que desconcierte e impacte por su forma de resolver la cuestión planteada. Todo, si de sofisticación se trata, jugando con el discurrir del tiempo y entremezclando historias paralelas que luego confluyan en un mismo punto de desembocadura.  Nada, absolutamente nada, de esto ocurre en Las acacias. En la película de Giorgelli pareciera no ocurrir nada y ese es su gran mérito, la discreta contundencia de su escaso lenguaje, de la simpleza de su historia.  Rubén y Jacinta hablan estrictamente lo necesario. Ningún suceso extraordinario se les atraviesa en su camino. Hacen el recorrido y nada más. Solo Anahí establece entre ambos un imperceptible hilo de comunicación no verbal. Y es esta austeridad y este abandono de todos los enganches emotivos tradicionales, los que le dan a Las acacias una personalidad que termina envolviendo afectivamente – y efectivamente – al espectador. Más, mucho más, que si se le hubiesen tendido todas esas buenas trampas sensibles a las que el cine nos tiene acostumbrados.

Germán da Silva y Hebe Duarte hacen su trabajo con tal grado de naturalidad que uno se siente, no ante dos grandes actuaciones, sino ante el propio Rubén y la propia Jacinta, a los que el destino, sin aspavientos ni luces artificiales, juntó en una carretera cansina.

Y cuál será, ya para terminar, ese rasgo, esa faceta que se hace evidente o notoria en aquellos a los que nos gustan las películas de carretera? Me atrevo a pensar en una cierta inclinación hacia la introspección, en un gusto por ver, como espectadores, el acontecer de lo que sucede afuera pero siempre con la convicción de que el mundo real y cierto, el que nos transforma y al que transformamos, viaja siempre sentado a nuestro lado.

Disponible en Youtube https://youtu.be/9BUe-f-0uLs

 

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

Dirección Distinta Mirada

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