La crónica francesa
Andres Quintero6
LO MEJOR
  • Su estética. Superlativa
  • El cuidado extremo en cada detalle
LO MALO
  • Su falta de historia. La debilidad crónica de su guionn
  • Por pulidas que sean sus formas no pueden pasar por fondo.
6Aceptable

TÍTULO ORIGINAL: The french dispatch

AÑO: 2021

DURACIÓN: 1 hora 48 minutos

GÉNERO: Comedia, Drama

PAÍS: Estados Unidos

DIRECTOR:  Wes Anderson

ESTRELLAS: Benicio del Toro, Frances McDormand, Jeffrey Wright, Adrien Brody, Tilda Swinton, Timothée Chalamet, Léa Seydoux, Owen Wilson, Mathieu Amalric, Lyna Khoudri, Steve Park, Bill Murray, Saoirse Ronan

 Sé que en esta reseña nadaré a contracorriente. Pero también sé que no soy el único salmón en hacerlo. Ya otros se han sincerado y más allá de constelaciones de estrellas y  famas cosechada por el director, han dicho sin tapujos lo que sienten y piensan. Voy a hablarles de La crónica francesa, la más reciente película del director Wes Anderson.

Vaya primero mi lisa y simple apreciación: esta, la décima del director texano, no es una buena película.  Dicho esto así, sin suavizantes ni amortiguadores, no queda otra opción que esperar que la tribuna cinéfila reaccione de inmediato . Se cuestionará mi juicio, no tanto por irreverente, como por torpe e ignorante. Cómo que no es buena?  Oigo el coro enfadado que dice: deténgase, cuadro por cuadro, plano por plano, y contemple, al borde del éxtasis, la preciosura de cada imagen. En Anderson, cantarán al unísono, todo está delineado con finísimo pincel y el balance cromático, en tono pastel, no bordea la perfección, es la perfección misma.

La crónica francesa, proseguirá el coro,  es toda una oda al periodismo y está lleno de brillantes y emotivos guiños al cine francés y a toda esa época – como no reverenciarla – de la Nouvelle Vague. Quien diga que una película que logre todo esto no es buena, desnuda su pobreza intelectual, su aberrante falta de estética y su muy escasa, por no decir nula, comunión con el verdadero buen cine. Así cerrará su diatriba el enojado coro y se irá luego a relamerse los dedos hablando del inmortal Jean-Luc Godard o del inefable carisma de Jacques Tati. Quien les quiera y valore, dirán en su sofisticada tertulia, no pueden dejar de ver en Anderson su más digno y prestante sucesor. Quienes así no lo vean, mucho les falta por caminar en el empinado caminado de la apreciación cinematográfica.

Pues bien, confieso que soy uno de estos tristes rezagados. No niego que La crónica francesa tenga todas esas hermosuras, florituras casi, y que esté, de principio a fin, repleta de finuras. Pero eso no la hace una buena película. Por el contrario, es ese exceso, ya predecible en Anderson, el que le asesta un golpe de knockout a la película. Su historia o, mejor, su no historia, termina sepultada en medio de tanto recargo y el cine es, por encima de todo y también por debajo de todo, historias y dinámicas narrativas que atrapen, que cautiven.  El cine de Anderson se ha ido deslizando, peligrosamente, hacia muy elaborados collages de preciosuras puestas al servicio de fallidas o insulsas o confusas historias y eso será cualquier cosa, pero no buen cine.

Lo propio pasa y con lamentables consecuencias, en el tema actoral. La pléyade de estrellas que suele acompañar a Anderson (encabezada siempre por el buen Bill  Murray) no actúa, posa. Algunos por tiempos más o menos largos, los otros apenas por instantes. Y es que cómo negársele al maestro, como no figurar en tan bello y perdurable cuadro. Y vuelvo a lo mismo. Actuar es otra cosa. La calidad  que denotan las actuaciones de todos los amigos de Anderson no las hace buenas; si bien revelan las enormes virtudes de todos ellos  no generan con el espectador ni la empatía, ni la confrontación propias de las buenas actuaciones. Terminan siendo no otra cosa que una pieza más en el gran decorado. Pellizcos de pastillaje. No entiendo, lo confieso, la razón por la cual actores de semejante estatura se prestan a todo esto. Ha de ser por una suerte de divertimento que alguien ha rotulado, con más ligereza que otra cosa, de sofisticado e intelectual.

En este trabajo, irregular y esporádico, de escribir y reseñar películas, suelo refugiarme en  esa trinchera de la corrección política donde todo se resuelve, sin ataques ni ofensas,  con la fórmula facilista de que en el cine todo es cuestión de gustos. Sí y no y esta vez no. No puede abrirse paso la tesis de que lo bueno es siempre un concepto relativo. Una buena película lo es hoy acá y mañana en Cafarnaúm y una mala, lo es, dígase lo que se diga. Al pan, pan y al vino, vino.

Que los aspectos positivos, muchos seguramente,  de una producción como La Crónica francesa no lleven a la conclusión de que, por ellos, es una buena película. La calidad de algunas de las partes, no asegura la calidad del todo que conforman. Claridades tan primarias no pueden perderse de vista ni puede tampoco, de nombres rutilantes, en dirección o actuación, concluirse que son prenda o garantía de buenos resultados. Una buena película tiene que valerse, al margen de neones,  artilugios y sofisticaciones, por sí sola.

Cansa nadar a contracorriente pero así como cansa, también deja esa buena sensación que deja la coherencia sin titubeos ni complacencias. Anderson rezuma talento y  ha labrado un estilo propio. Quiera el hada del buen cine que más adelante vuelva a ponerlos, como ya lo hizo en pasadas ocasiones,  al servicio de  historias bien contadas que envuelvan, enganchen  y comprometan al espectador. Esperemos que alguna voz inconforme llegue a su oído. A veces es más constructiva que el coro adulador.