Yo Serví Al Rey De Inglaterra
Autor5
H. Santana (Dirección Distinta Mirada)7
6Nota Final
Puntuación de los lectores: (1 Voto)
7.0

TÍTULO ORIGINAL: Obsluhoval jsem anglického krále

OTROS TÍTULOS: I Served the King of England

En el fútbol suele decirse que la mera suma de talentos individuales no asegura la conformación de un buen equipo. Estoy de acuerdo. Algo parecido sucede en el cine: si uno suma, por decir algo, una buena fotografía, unas buenas actuaciones y un buen guión no obtiene, necesariamente, una buena película.

En la ecuación cinematográfica el orden de los factores y su resultado funcionan de manera singular. Es poco probable – mas no imposible – que una buena película tenga una fotografía mediocre o unas actuaciones prescindibles; a su vez, unas destacadas actuaciones, secundadas por una impecable fotografía que siguen, unas y otra, un buen guión, no nos aseguran como ensemble  una buena película.

Personalmente creo en la teoría del adhesivo. Según esta para que de la unión de unos buenos componentes resulte una buena película, es imprescindible que a todos ellos los amalgame un buen adhesivo. Es más, es tal la importancia del adhesivo que bien puede suceder que las piezas que agrupe no sean de especial valía pero si resulte serlo su agrupación. Este adhesivo, como tantos otros en el mundo de los pegamentos, es incoloro. No se le ve ni se le siente. Lo que se ve y siente es lo que resulta al usársele.

El adhesivo cinematográfico es esencialmente discreto y del todo transparente. No es, como a veces se piensa, un recurso narrativo que permite entrelazar las piezas de un relato que se van paulatinamente acomodando; ni es tampoco  un hado mágico que escoge, caprichosa y azarosamente, las historias sobre las que habrá de posarse.

El adhesivo es saber qué es lo que se va a contar y saberlo contar. Lo contado y el contar. Lo contado puede ser una epopeya, la conquista de una estrella o el hastío de las tardes de domingo. Contar es un discurrir, un transitar tomando del camino lo que impacte, lo que sugiera,  lo que hable, lo que duela o, apenas, lo que insinúe. El adhesivo cohesiona bien si hay destreza en el contar  aquello que se quiere contar. Lucidez en la forma y lucidez  en  el fondo. No puede negarse que a veces se tiene la impresión de que interviene en el contar un factor extraño, ese que sé yo inesperado que le da al relato un matiz indescriptible, un sabor visual imposible de determinar. Pero hay que evitar la tentación de las musas al igual que el facilismo explicativo de los factores x; el adhesivo es la resultante, principalmente, de un enorme talento y una sensibilidad que se vierten en los moldes de la disciplina y el método. La genialidad al azar es un desperdicio y la ordenación sin imaginación es, cuando más,  una cuadrícula contable.

Yo serví al rey de Inglaterra es una película con muchos elementos que bien dispuestos podrían haber hecho de ella una buena película. Tiene una buena historia, una fotografía llamativa y unas buenas actuaciones, pero ella, como tal,  no dice mayor cosa; la historia es circular y repetitiva y apela con demasiada frecuencia a la cámara bella, es decir, a las tomas evocadoras, provocativas y sensuales de la desnudez, el esplendor, los brocados y, por supuesto, la infaltable estética femenina. Y no es sólo que de tanta perla no resulte collar alguno, sino que así expuestas las perlas terminen pareciendo ordinarias y, peor aún, con pretensiones de autenticidad y valor. No hubo adhesivo y por no haberlo la ironía degenera en caricatura y lo increíble no logra su propósito de alucinar o deslumbrar sino todo lo contrario: un efecto de insoportable desmesura.

Jean Dite es un joven camarero que quiere hacerse millonario a partir de un oficio que le permite adentrarse en los altos círculos sociales de la época y, más que en ellos, en sus aberraciones y delirios. Sin querer pero – y eso es lo malo – queriéndolo, la historia usa de trasfondo treinta años, de los veintes a los cincuentas del siglo pasado, de la convulsa historia europea. El contrapunteo ya es conocido: del microcosmos del personaje se brinca al macrocosmos del momento histórico. Cuando esto se logra el efecto de inserción es fascinante; cuando no, como en Yo serví al rey de Inglaterra, el resultado en un ensamblaje forzado.

En Yo serví al rey de Inglaterra la narración es exuberante y extrema. Los ambientes de comedores,  mesas y camas son extravagantes y delirantes: hay una escena en la que una hermosa mujer, recostada y semidesnuda,  gira en el centro de la mesa mientras que a los comensales embebidos en el espectáculo se les trastornan todos sus apetitos. Hay que decir, recordando esta imagen, que  pocas cosas tienen tan alto riesgo narrativo como los realismos mágicos sean estos caribeños, húngaros o eslovenios. Si malogran su objetivo dejan en el lector – o en el espectador –  esa sensación de empalago debida al  abuso de la imagen, o al de la palabra. Entre el decir con bisutería de fantasía o el decir con el lenguaje a veces plomizo de la realidad, prefiero este último por ser, a mi parecer, el más bello y efectivo de todos los adhesivos cinematográficos.

No tendría sentido repensar  la película sustrayéndole lo que le sobra y agregándole lo que le falta. Ella es lo que es y es precisamente su conjunto el que se deja , sin un objetivo definido y sin una estética perdurable, una incómoda sensación de hastío y desmesura.

 

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