Vicky Cristina Barcelona
Autor7
H. Santana (Dirección Distinta Mirada)9
8Nota Final
Puntuación de los lectores: (2 Votes)
6.8
Reducir una película a la frase que pronuncia alguno de sus protagonistas es, para quien escribe sobre aquella,  una opción cómoda y a veces efectiva. Esta efectividad depende de que tanto la frase escogida resuma la película, es decir, que tanto exprese en sus pocas palabras su esencia.

He escogido para Vicky, Cristina Barcelona no una, sino dos frases. De esta manera modero un poco el ingenuo facilismo de sintetizar, con una cualquiera de sus frases, una película.

La primera de ellas la pronuncia en su casa de Barcelona la anfitriona (Patricia Clarkson)  de Vicky (Rebeca Hall) y Cristina (Scarlett Johansson). Estas dos mujeres, amigas entre sí y de temperamenos opuestos, llegan a pasar el verano en la ciudad española y allí se ven envueltas en unas relaciones tan fascinantes como nocivas que no es lo mismo que decir, porque aquí el orden de los factores sí altera el producto,  tan nocivas como fascinantes. La frase la pronuncia la anfitriona cuando  le confiesa a una de sus huéspedes que aunque ama a su marido ya no está  enamorada de él. Se lo  dice a Vicky, en un vano intento de justificación, porque la sorprendió – a ella, mujer seria, madura y establemente casada -, besándose con otro hombre.

La segunda es de la bella María Elena (Penélope Cruz) cuando le dice a  Juan Antonio (Javier Bardem), su exmarido, que sólo los amores inalcanzados son los verdaderamente románticos.

Vicky_Cristina_Barcelona-142674934-largeAsí, entre el amor y el enamoramiento y entre el amor romántico por inalcanzado y el amor que por alcanzado ha perdido su romanticismo, transcurre Vicky, Cristina  Barcelona, la última película  de Woody Allen. La película es una pieza menor pero  bien lograda sobre las posibilidades y, sobre todo, sobre las imposibilidades del amor. Vicky es una mujer “centrada” que próxima a casarse rehúsa todos los devaneos de Juan Antonio, galán un tanto descolorido cuyos principales atractivos son su padre, poeta incomprendido, y su mujer María Elena a quien le arrebató, sin poder hacerlo suyo, el talento creativo. Por su parte Cristina es, para seguir con los calificativos de cajón, una mujer “liberada” que por el contrario sucumbe  a los cortejos, muy de seductor españolote, del mismo Juan Antonio a quien la regla del dos en el amor poco o nada parece importarle.  Las cosas, sin embargo, no suceden al vaivén predecible de tan dispares temperamentos y es a Vicky a quien la sorprende un tormentoso enamoramiento de Juan Antonio distorsionado por la arquitectura de Gaudi, por el  vino tinto al almuerzo y por una guitarra catalana. En cambio Cristina, acérrima enemiga de los etiquetamientos, termina dándose cuenta que no es intentándolo todo como se encuentra lo buscado.

No son pues a la postre tan antagónicas las dos amigas veraneantes y no lo son porque  ambas en el fondo no persiguen otra cosa que el deseo, oscuro objeto,  de amar y ser amadas.

La película, sin duda bien lograda, deja sin embargo un vacío difícil de precisar. Queda la impresión de que todos, no sólo Allen, se dieron a un plácido juego y no más; que no arriesgaron mayor cosa y que esta vez pisaron suave sobre la arena con la plena conciencia de que el agua o el viento, o ambas, borrarían muy pronto sus  huellas. Quizás sólo perdure en la retina la fuerza impetuosa de María Elena que es, de lejos, el personaje mejor logrado de la cinta.

Vicky Cristina y Barcelona  no  aspira a moralejas; no condena, ni enaltece, sólo cuenta – sin cuento – y lo hace con un ritmo que envuelve y embriaga, sólo un poco, como lo hace el vino tinto al almuerzo, en verano y en Barcelona.

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