Una pastelería en Tokio
Diego Montejo7.5
LO MEJOR
  • Es un portento visual, exquisita fotografía.
  • Una dirección intima y con corazón.
  • Kirin Kiki, su protagonista hace suya la película, vibrante.
LO MALO
  • A veces es demasiado obvia en su mensaje
  • Algo predecible
7.5MUY BUENA

an-sweet-red-bean-paste-posterTÍTULO ORIGINAL: An

OTROS TÍTULOS: Sweet Bean

AÑO: 2015

DURACIÓN: 113 min

GÉNERO: Drama

PAÍS: Japón

DIRECTORA: Naomi Kawase

ESTRELLAS: Kirin Kiki, Masatoshi Nagase, Kyara Uchida

 

Es complicado abstraer la cultura del cine del país que lo produce. Lo anterior se hace palpable en naciones asiáticas donde la genialidad muchas veces va sesgada por un manto de costumbrismo propio de una sociedad y de unos valores radicalmente contrarios a los que hemos desarrollado en occidente. Aunque grandes directores del pasado fueron  más abiertos a las costumbres internacionales, el estilo asiático no siempre ha logrado, ataviado con estas premisas psicológicas, capturar el grueso de la población extranjera.  Lo anterior no ha impedido que  algunas de las obras más arraigadas de la mitología asiática lleguen a la cúspide del género,  lo que supone un doble mérito si se las compara con obras desarrolladas en los países de occidente. Mérito doblado porque al propio logro cinematográfico se le suma la no fácil superación de estas talanqueras culturales.

Una pastelería en Tokio no es la excepción a esta regla pero sí es un análisis reflexivo de cómo las sociedades modifican la psiquis del espectador. No es fútil que la última obra de Naomi Kawase esté construida como una fábula sin vicios narrativos o excesos visuales y filosóficos, variables  muy propias de su carrera cinematográfica como directora .  En esta oportunidad los deja de lado para entregarnos una película más sencilla pero no por eso menos importante. Kawase nos tenía acostumbrados a un cine post modernista y experimental, pero con Pastelería se detiene en seco y analiza con precisión un guión que merecía este tipo planteamiento, así ello implicara un cierto brochazo de convencionalismo.  El resultado,  un trabajo  potenciado en forma y fondo gracias a la visión más serena y pausada de la directora.

Pastelería en Tokio renuncia de manera intencionada a metáforas visuales en pos de una accesible expresividad visual y narrativa.  En esta ocasión Kawase tantea la manera clásica de hacer cine sin restarle identidad a un largometraje que se construye a partir de fundamentos mínimos pero poderosos, que giran y se construyen en torno a una modesta pastelería en Tokio. Es desde este mundano punto de partida que la película explica de manera quirúrgica la división social profunda que acontece en el país del sol naciente haciéndola,  gracias a sus constructos económicos y de salud, más amena para el espectador occidental. Toda esta visión de su país de origen no podía ser posible sin un ancla moral e ideológica como protagonista. La anciana Tokue capta todas las cámaras al sentir verdadera bondad y pasión por las cosas pequeñas, magnífico símil con la estructura de la película y desde el cual Kawase ejerce una mirada introspectiva sobre los personajes mas jóvenes del pequeño universo que expone al espectador.

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Pero como indicaba al inicio de la crítica, hay sesgos visuales y narrativos que son imposibles de abstraer de una película construida alrededor de culturas extranjeras tan dominantes como la japonesa. Pastelería en Tokio pese a alejarse radicalmente del post modernismo narrativo o “New Age” que acostumbra Kawase, genera cierta sensación de fábula budista, al telegrafiarle al espectador las moralejas interpretativas de sus protagonistas.  La Pastelería nos hace evocar la concepción budista de la naturaleza humana a través del aprovechamiento de los escenarios naturales y del manejo de sus planos fijos. Con estos la película afianza ideas filosóficas y otros detalles característicos del cine japonés, transmitidos casi de manera involuntaria pero que le restan cierta sorpresa a la película, haciéndola por momentos extrañamente previsible y menos dramática.

No obstante lo anterior, Pastelería en Tokio es una película que brilla por su capacidad de intimar con todo tipo de espectador; centrándose más en las técnicas clásicas y menos en las modernas, Kawase retrata a cada uno de los espectadores como parte de su fábula costumbrista, lo cual emociona en su primer visionado gracias a la sensibilidad de su protagonista y a su siempre positiva visión de una sociedad que, aunque imperfecta, es capaz de aceptar sus errores y arreglarlos con pequeñas dosis de humanidad y positivismo. Kawase es una magnífica narradora y donde antes hubo opulencia esta vez hay minimalismo y cariño porque -debió sentir la Kawase-  las emociones se transmiten mejor por medio de los detalles y no mediante las evidentes maniobras metafóricas de sus anteriores largometrajes.

Como viene siendo costumbre en su cine (y en general en el cine japones) Pastelería en Tokio tiene una fotografía bellísima y detallista. Narrando con la imagen cuando el guión permite respirar, las escenas son visualmente cristalinas y apabullantes en estilo.  La película nunca cae en reduccionismos y más bien trata en todo momento de ampliar los horizontes de la cámara. Los cerezos en flor y aromas que se convierten en imágenes; el portento visual que transmite el paso del tiempo; las generaciones de un Japón que envejece poco a poco y los movimientos suaves de cámara, tanto como los pasteles de Tokue, son elementos que le van creando un halo de optimismo a una historia dramática pero colorida de vejez, enfermedad e introspección.

Naomi Kawase con su último largometraje firma su trabajo más convencional pero demuestra a la vez una flexibilidad impresionante para cambiar de estilo visual y para adaptar sus historias. Esta vez se aleja de la plasticidad metafórica para imbuir de vida cada personaje en pantalla. Es imposible no disfrutar y emocionarse con esta película pese a su marcado positivismo; es una cinta llena de esperanza que aboga siempre por la felicidad y por eso es, dígase lo que se quiera decir, una película indispensable y exquisita.

Sobre El Autor

Diego Solorzano
Colaborador (Colombia)

Colaborador

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