Los colombianos de mi generación somos inevitablemente cineastas porque cuando éramos niños y jóvenes no había otra diversión igualmente estimulante. Cuando llegamos a la adolescencia coincidió la curiosidad y el interés por el sexo con la producción y exhibición de películas “para mayores” inicialmente en Italia o en Francia y más tarde en los Estados Unidos, cuando la Corte Suprema de ese país cobijó al cine con el manto de la libertad de expresión. En ellas se abordaban temas sociales delicados que frecuentemente se entrecruzaban con situaciones y conflictos de pareja en los que los aspectos sexuales no eran parte del material gráfico pero si centrales en el argumento.

Recuerdo películas como Una Gata en el Tejado Caliente con Elizabeth Taylor y Paul Newman en las que el sexo era el origen del conflicto entre ellos, la “Caldera del Diablo” con Lana Turner en la que nada era explícito pero se hablaba de temas tabú que por lo extraños despertaban la curiosidad de los adolescentes, o Deseo Bajo los Olmos en la que padre e hijo compiten por Sofía Loren, la mujer del papá. Otras del directores alemanes en Hollywood como Douglas Sirk (Imitación de la Vida) y Billy Wilder (Una Eva y dos Adanes) bordeaban y sobrepasaban los límites del código ético de esa comunidad con heroínas como Dorothy Malone, Marilyn Monroe, Lauren Bacall, Jane Wyman y Doroth y Dandridge y con temas prohibidos como el adulterio, las relaciones entre personas de razas distintas y el incesto. El Ultimo Cuplé introdujo a Sarita Montiel, la bomba sexual de España. Sus escotes, sus suspiros y a la forma como cantaba los cuplés hizo que retornáramos los adolescentes una y otra vez a verla y a suspirar con ella. Más tarde vendrían las películas de la nueva ola francesa, Fellini y los italianos. Estos últimos atraían multitudes porque frecuentemente eran censurados por la curia colombiana, mientras que a los franceses no los molestaban y por eso no recibieron la misma atención y contaban con un público más selecto.

Los menores de edad no teníamos fácil acceso a estas películas porque en el teatro Coliseo, donde las mostraban,  eran muy estrictos y no dejaban que los jovencitos entraran a ver las que eran  para mayores,  como eran casi todas. Los teatros donde las podíamos ver eran los de reestreno: el Imperio, al lado de la iglesia de Chapinero, el Lux en la 20 con Octava, y principalmente el Diana en la 71, donde hoy funciona el teatro Nacional. Todos ellos ofrecían programas dobles, no impedían que fumáramos y eran bastante tolerantes con su público adolescente.

Teatro Nacional (Bogotá) Antigüo Teatro Diana

En el Diana vi Trigo Joven. No es la mejor película que he visto pero tuvo un impacto definitivo en mi imaginación y en mi educación sexual en los primeros años de mi adolescencia.  Es una película del neo realismo francésdel director Claude Autant-Lara, que también dirigió Rojo y Negro con Danielle Darrieux y Gérard Philippe. Se trata de dos adolescentes, un muchacho (Pierre Michel Beck)  y una niña (Nicole Bergere), de catorce años o menos, que pasan vacaciones juntos en un balneario y establecen una amistad con algunos brotes románticos y atracción sexual incipiente. El joven conoce a una mujer 30 años mayor que él (Edwige Feuillere). Ella lo invita a su casa y él se siente atraído por su elegancia, el refinamiento de sus modales y de lo que la rodea. Ella lo seduce y él regresa noche tras noche. Las trasnochadas y el esfuerzo lo hacen ver ojeroso al final y un tanto lánguido. La niña, que nada tiene de tonta, lo espía, los descubre y le hace a él el reclamo. Se revelan los sentimientos que existen entre ellos pero no sucede nada más porque el verano llega a su fin.

La película  hizo que adquirieramos un interés muy especial en las mujeres mayores que nunca antes habían sido conscientemente objeto de nuestras fantasías o de nuestros deseos. Se creó la concepción de que eran unas mesalinas y a algunos nos dio por adoptar modales de matoncitos de barrio para impresionar a las mamás de los de primaria. Nos pavoneábamos por la carrera Once, con el cuello de la chaqueta subido al estilo de Elvis y el cigarrillo prendido en la boca, a la manera de James Dean, frente a los carros en los que ellas esperaban a que salieran los niños del colegio. Pasábamos pegados a las ventanas y las mirábamos descaradamente. Pero ellas se molestaban, se acomodaban en sus asientos y se estiraban la falda. Una que no se inmutó nos gritó “Chinos pendejos, dejen de hacer el ridículo”, y amenazó con contarles a las mamás de algunos de nosotros. Esto le puso fin a la imitación del rebelde sin causa y al experimento. La evidencia que se obtuvo fue que algo tan extraordinario como lo que le sucedió al jovencito francés no pasa sino en las películas.

Por coincidencia se puso de moda una canción que decía “Ciao, ciao bambino, tira el cigarrillo y márchate a tu casa. Y deja el aire lánguido que eres aún muy cándido….Vete a casa con mamá etc.” Nos fuimos a casa pero no dejamos de soñar con señoras mayores hasta que finalmente las niñas se interesaron en nosotros. Y en 1963, Annus Mirabilis, “comenzaron las relaciones sexuales, un poco tarde para mí…” (Philip Larkin).

Sobre El Autor

Rudolf Hommes T.

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