Un Hombre Serio
Autor8
H. Santana (Dirección Distinta Mirada)9
8.5Notable
Puntuación de los lectores: (3 Votes)
3.2

TÍTULO ORIGINAL: A Serious Man

OTROS TÍTULOS: Un tipo serio

Un hombre serio  es, con la redondez del calificativo, una buena película.  Y lo es porque en ella el lucimiento de los Coen adquiere trazos novedosos frente a sus trabajos anteriores conservando su genialidad, su humor y su irreverencia creativa. Su protagonista, Larry Gopnik (Michael Stuhlbarg), es un hombre ordinario o, si se quiere, corriente. Es eso: un hombre común y corriente que tiene un trabajo ordinario, una familia ordinaria; un hombre  que tiene, en fin,  una vida, toda ella, ordinaria y al que de pronto lo sorprende, desbordándolo, el infortunio: la esposa le anuncia su decisión de divorciarse; como profesor lo acosan cuestionamientos éticos; sus hijos, adolescentes ensimismados, lo desprecian… todo, de un momento a otro, amenaza ruina y él, que es un hombre serio, cree que con la mesura y el diálogo todo retomará su curso normal. Otro será el devenir de las cosas que no su desenlace porque la película no pretende redondear  su historia con ningún tipo de final; a fin de cuentas las cosas que dicen terminarse apenas si remedan un final para luego, en cualquier momento, reaparecer en las formas y en las condiciones más inesperadas.

No ha sido esta ni la primera ni será tampoco la última vez que una película se ocupe de un hombre ordinario y discreto. La diferencia en el caso de Un hombre serio es la manera de tratar el tema. Los Coen no van con intenciones morales  ni exhortan el aureas mediocritas del poeta Horacio. Instalan su lente mordaz en un momento, los finales de los sesenta, sobre un hombre y sus circunstancias para exponerlo, sin otra defensa que su normalidad, a situaciones que lindan con el absurdo y que, sin embargo, nos dejan el equívoco efecto del pudo haber sucedido, del pudo habernos sucedido.

La película está llena de aciertos. El primero, su perfecta ambientación. Todo es los sesentas. Y no me refiero, aunque sí los incluyo, a los trajes, a los peinados, a la decoración de espacios y demás elementos materiales propios del way of life de los americanos de ese momento. Me refiero, precisamente, a esa sensación de estar no ante un perfecto decorado sino dentro de él, a ese sentir que además de vestidos a la usanza de entonces los personajes son, entrañablemente, sesenteros en su manera de encarar su entorno laboral, social o familiar.

Un hombre serio acierta también en sus actuaciones. Son, muy a lo Coen, actuaciones de otro tipo. No hay – ni tendría porque haberlos habido –  despliegues histriónicos. Hay, por el contrario, unos seres puestos como fichas en un tablero que sin hecatombes ni heroísmos se consumen en sus propios universos. Destaco, por puro gusto personal, a dos personajes: al jefe de Larry, un hombre que en sus cortas apariciones se limita a apostarse en el marco de la puerta de Larry para comentarle, entre balbuceos, los vericuetos de su promoción como docente y a la sensual y enigmática vecina que encarna, literalmente, la moda de los sesenta con esos ojos que delatan la recurrente fuga hacia los parajes de la marihuana. Son personajes en cuyas facciones el lente se extasía con la irreverente burla del que quiere transgredirlo todo para rearmarlo caprichosamente a su manera.

Pero el mayor acierto es el ensamble de todos estos elementos. Un hombre serio es una película inusual que apela  a la  justa irreverencia, a la propuesta novedosa, para decir las cosas de otra forma. Habrá quien descifre en ella códigos ocultos o referencias autobiográficas de los hermanos directores. Puede que entre sus imágenes y sus líneas haya material susceptible de interpretaciones incluso religiosas. Quien crea siempre comunica con su creación. Lo que pasa es que los códigos del lenguaje creativo son tantos y tan diversos que terminan acomodándose, más que a los parámetros del creador, a los cánones, cualesquiera que estos sean,  del receptor.

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