Un buen día en el vecindario
Andrés Quintero7.5
LO MEJOR
  • Tom Hanks
  • Su sincera buena honda
  • Algo más que dulce moraleja
LO MALO
  • Que tengamos que buscarle algo malo
7.5Buena

TÍTULO ORIGINAL: A Beautiful Day in the Neighborhood

OTROS TÍTULOS: Un amigo extraordinario

AÑO: 2019

DURACIÓN: 1h 48min

GÉNERO: Drama

PAÍS: Estados Unidos

DIRECTOR:  Marielle Heller

ESTRELLAS: Tom Hanks, Matthew Rhys, Chris Cooper, Susan Kelechi Watson, Noah Harpster, Tammy Blanchard, Wendy Makkena

En medio de los parásitos, las balaceras asfixiantes, los mafiosos crepusculares y las reminiscencias hollyoodescas que se adueñaron de la cartelera a comienzos del año, Un buen día en el vecindario pasó – y sigue pasando – injustamente inadvertida. Y no es solo por los pergaminos, bien o mal habidos, de sus rivales sino por lo sutil y discreta de su contextura. La película, dirigida por Marielle Heller, es un sentido tributo a Fred Rogers, ídolo de la televisión americana y quien por décadas, sesentas a noventas, condujo un programa infantil, Mister Rogers,  de altísima y gratísima recordación.   En cada capítulo Mister Rogers, protagonista de la serie, le enseñaba a su público infantil que todo puede ser más grato y mejor si se cuenta con un buen vecino. Sin pretensiones biográficas, Heller se sirve del icónico Rogers, magistralmente interpretado por Tom Hanks, y lo usa como testigo y catalizador de la disputa entre un padre ausente (Chris Cooper) y su hijo resentido (Matthew Rhys). A este último, acucioso periodista, le piden en la revista en la que trabaja que entreviste al famoso presentador y es este el que termina interrogando al primero y haciéndole exteriorizar y procesar la tóxica relación que tiene con su padre.

La trama de la confrontación entre padre e hijo y la forma como termina resolviéndose, suceden en el programa, son uno de sus capítulos. A medida que la historia va desarrollándose con sus predecibles pero convincentes giros, el programa también avanza y al espectador siente, intercaladamente, que está viendo partes de un capítulo de Mister Rogers y fragmentos de la vida de una de esas personas que, para desarrollar un tema,  aparecen en el programa. Sin mayores pretensiones y aspavientos lo que la película pretende – y termina logrando – es una amalgama de personajes y situaciones que transmiten, sin empalagosos sentimentalismos, un mensaje positivo y constructivo.

 

Merodea por ahí el concepto de que si una película es bonita muy seguramente será una mala película o, cuando más, una película del montón, una más de tantas que junto con la caja de las crispetas van a parar a la caneca cuando termina la función. En esta artificiosa concepción, lo bueno parece estar esencialmente ligado a lo complejo, a lo denso, a lo que rete al intelecto y no a lo que con aparente descaro se limite a congraciarse con la audiencia por la autopista fácil de la emoción.

Las categorías de lo bonito, lo feo, lo malo, lo bueno, lo superficial, lo profundo y demás, son tan dúctiles y maleables que lo aguantan todo. Si bien su uso es inevitable, lo que sí debería evitarse son aquellas asociaciones prejuiciosas que atan, indisolublemente, una categoría con la otra. Un buen día en el vecindario es, fuera de toda discusión, una película bonita y no porque su mensaje sea bonito y constructivo, que ciertamente lo es, sino porque hay una estética y una narrativa bien trabajadas, unos personajes convincentes y, claro que sí, un zarandeo emocional que bien vale la pena, sin remordimientos intelectuales, arriesgarse a sentir. Que cada cual le de a lo bonito el contenido que le plazca, para eso está hecho el cine y si a alguien le parece que ciertas bonituras no encajan con su concepto del buen cine, está en todo su derecho, como lo está también aquel para quien el buen cine es el que logra tales bonituras.

La dirección de Heller es de aquellas que no pretenden marcas de reconocimiento personal. Algunos le critican esa falta de impronta propia y la ven como causa de su cine, correcto y amable, pero nunca poderoso y perdurable. Personalmente creo que al igual que en el debate bizantino de lo bonito y lo bueno, en el terreno de la dirección hay quienes, como un Tarantino o un Anderson, graban sus iniciales en cada escena y hay quienes, como la Heller, prefieren la invisibilidad. Desde uno y otro estilo puede hacerse buen cine. Que nadie nos venga, apocalíptico, con reglas inamovibles.

Aplauso cerrado, uno más, para la actuación de Hanks. Es tal su profesionalismo que lo hace ver todo fácil, como si, simplemente, no estuviera actuando, solo estando. Señor actor. Atrás no se quedan sus compañeros de reparto. Rhys y Cooper confirman su peso actoral y lo propio hacen en sus roles más discretos Susan Kalechi, Noah Harpster y Wendy Makkena

En la foto de arriba Rogers toca el piano. El hombre que más que bonachón pareciera estar rozando la santidad, confiesa que no hay lugar a tales epítetos, que todo se reduce a un esfuerzo y un aprendizaje permanentes y que para las vacilaciones y las caídas nada mejor que golpear con fuerza las teclas graves del piano.

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