Truman
Andrés Quintero8.5
Humberto Santana8.5
LO MEJOR
  • Darín y Cámara: dos colosos de la actuación
  • Esa inusual sensación de reír y, a la vez, estar llorando
  • Porque deja que todos y todo den lo mejor que tienen, la dirección de Gay
LO MALO
  • Que este cuarteto ya nunca más pueda volver a reunirse
8.5Notable

TRUMAN AFICHETÍTULO ORIGINAL: Truman

AÑO: 2015

DURACIÓN: 108 minutos

GÉNERO: Drama, Comedia

PAÍS: España

DIRECTOR: Cesc Gay

ESTRELLAS: Ricardo Darín, Javier Cámara, Dolores Fonzi

 

Hace unos pocos meses los medios  anunciaron la muerte de Troilo.  No fueron las necrológicas sino  la prensa, argentina y española,  del espectáculo. Troilo era un perro, un  bullmastiff caramelo oscuro que trabajaba con niños autistas. Las fotos del fallecido lo dicen todo:  sereno, poderoso, bonachón, fiel y atento observador. Así es su raza. De origen británico el bullmastiff es un perro que por saberse imponente no hace alarde de su poderío. Ladra poco y casi nunca ataca pero de alguna manera le hace saber a su potencial adversario que con el solo peso de su cuerpo lo podría derribar. De hecho esta era su estrategia de combate cuando en Inglaterra le encargaban la vigilancia de los cotos privados de los grandes terratenientes. Vencer sin combatir, ganar con su sola presencia. Troilo, argentinísimo nombre . Ahora que miro en la galería de imágenes de Google las fotografías del gran Anibal Troilo Pichuco, el emblemático bandoneonista argentino, lo entiendo todo. Nadie más parecido a un bullmastiff  que el gran Pichuco. Como el perro, Pichuco era cachetudo, enorme y adorable. Mejor nombre no habría podido ponérsele a unos de estos fortachones y taciturnos perros.

Troilo era, además, actor. Por eso fue la prensa del espectáculo la que avisó su muerte.  Truman, su última película, anunciadora de otra muerte, terminó vaticinando la suya. En ella compartió escenarios con los argentinos Ricardo Darín y Dolores Fonzi y con el español Javier Cámara. Hay que decir, de entrada, que los humanos estuvieron a la altura del perro que, como buen exponente de su raza, no era poca. Armaron, entre todos, un seductor cuarteto difícil de olvidar. Julián (Ricardo Darín) ya por encima de los cincuenta padece un cáncer terminal  y ha decidido renunciar a los alargues forzados de una vida ya sentenciada. Su determinación de partir lo enfrenta a dos despedidas. La de su hijo a quien ve poco y que ahora está en Amsterdam y la de su otro hijo,  su perro Truman (Troilo), al que no sabe con quien dejar cuando él los deje a todos. Es en medio de esas zozobras por la inminente partida que recibe la visita de su amigo Tomás (Javier Cámara). Enterado de la enfermedad, Tomás deja la nieve canadiense y se viene a Madrid  a estar con  Julián. Cuatro días para compartir. Cuatro días para ratificar – sin discursos, sin dramas y casi sin llantos ni palabras – que  lo único que termina valiendo en esta vida es la amistad. De manera más tangencial pero no por eso menos sustancial, a la pareja de amigos se  une Paula (Dolores Fonzi) la prima de Julián, ex amante de Tomás y quien se encargará de introducir el desestabilizador y atrayente factor de la visión femenina.

Truman lo tenía todo para ser un buen – o también un pésimo –  dramón. Un hombre solo asomándose a su inminente muerte; un amigo afligido que llega para hacerle compañía en tan difícil momento; un hijo al que ya en vida se le había dicho adiós y al que ahora que la vida se acaba hay que darle, real y definitivo, ese mismo adiós; una amiga que no confunde el aprecio con la necesidad de a veces tener que decir la verdad y un perro que le hace honor a aquello, melifluo y ambiguo, del mejor amigo del hombre. En fin, un  recetario inmejorable para un melodrama con caja de kleenex al lado. Eso pudo haber sido Truman y eso, felizmente, no fue Truman. Su director Cesc Gay se fue otro lado y prefirió no  resbalar en la sensiblería fácil del drama, ni  caer tampoco en su banalización en tono de comedia,  sino extraerle al drama, respetándolo,  lo que el drama siempre tiene de comedia. El resultado no pudo haber sido mejor. Truman hace doler el alma pero siempre con esa sonrisa que resulta de la capacidad de burlarnos de nosotros mismos, de esa actitud existencial que esquiva los tonos de tragedia porque sabe que de nosotros depende y no de los hechos que las causan, la hondura de nuestras heridas.

Además de la acertada conducción de Gay, la forma irónica y leve, nunca ligera, en la que Truman cuenta su historia se explica por sus dos protagonistas. Enormes en su simpleza, extraordinarios en la cotidianidad de sus personajes y conmovedores hasta la médula sin otro recurso actoral que esa íntima apropiación de lo que están haciendo, Darín y Cámara hacen una majestuosa faena. En Truman el ángel de Darín es indescriptible. No es gratis que se haya convertido, hace años ya, en uno de los más emblemáticos actores suramericanos. Tanto así como para que la crítica se arriesgue a decir, sin tautología alguna, que en Truman  Darín ha estado más Darín que nunca. Cámara no se queda atrás. Se le mide a un personaje que no es muy expresivo y es con las caracterizaciones de este tipo que mejor se pone a prueba la versatilidad del actor. Cuando no se puede echar mano de las palabras, los que tienen que hablar son los ojos, el cuerpo y esa predisposición a dejar que el personaje se apodere del actor y no al contrario.  Hacía presagiar el apellido del español  su enorme talento actoral.  Dos grandes que debieron disfrutarse enormemente el rodaje porque estaban en lo suyo, en uno de esos cuentos que desemboca en la reivindicación de ese hombre ordinario y corriente que sabe que hay problemas que si no  resuelven hablando, al  menos sí se reblandecen compartiendo un vaso, una caña dirían en Truman, de cerveza.

TRUMAN SEC

El cine es en últimas un asunto de compromisos emocionales. Más allá del caleidoscopio de deseos, intelectos, sensibilidades y afectos que armamos quienes  vamos al cine, lo innegable es que vamos a  que nos hagan sentir, a engancharnos, a dejar algo nuestro en la pantalla y a traernos algo de ella. El compromiso emocional puede lograrse o malograrse de muchos modos. La forma como lo logra Truman es magistralmente discreta. Ordinaria y simple y por eso íntima y perdurable. La enfermedad terminal de su protagonista es  un telón de fondo del que incluso el espectador se olvida  porque muy pronto queda atrapado por el encanto de unos seres que se burlan de sí mismos, que esquivan todo dramatismo y que saben que para las trascendentales minucias de las que está hecha la vida, nada mejor que contar con un, humano o canino, buen amigo.

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