Usualmente nos toma al menos unos minutos el “conectarnos” con una película. La secuencia inicial de “Toro Salvaje”, protagonizada por Robert de Niro y dirigida por Martin Scorsese, nos recuerda por qué vale la pena estar con los cinco sentidos enfocados, desde que se apaga la luz de la sala, hasta que se vuelve a prender para cerrarla.

Y es que en el cine, como en las demás expresiones artísticas, no todo necesariamente ocurre en el intelecto y de forma explícita y consciente. Esta escena, en apariencia solamente un trasfondo intrascendente para desplegar los créditos iniciales, termina siendo no solo el preámbulo perfecto para la película, sino algo que define perfectamente, bien sea en los planos conscientes o en aquellos “paralelos”, el carácter del protagonista.

Aparece un plano visualmente abstracto, definido tan solo por las líneas que forman las cuerdas del ring, y dentro vemos un boxeador que se mueve sobre el trasfondo borroso e inerte, excepto quizás por algunas siluetas del público que se alcanzan a distinguir en la parte baja, y por algunos destellos de flash que nos recuerdan que hay vida en esta masa gris y difusa.

El boxeador, encerrado por las cuerdas, absorto en sus movimientos energéticos, encapuchado y aislado, paradójicamente se muestra rodeado por una multitud, y a la vez contenido en su propio mundo e irremediablemente solo.

La música del Intermezzo de la Cavalleria Rusticana agrega el tono dramático y melancólico a esta inolvidable escena.

Sobre El Autor

Humberto Santana S.
Dirección Distinta Mirada

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