Es una escena que llevo adherida al alma. En un estudio de grabación y con ocasión de su décima octava o quizás décima novena presentación en el Olympia de Paris, un periodista le pregunta al famoso cantante francés Gilbert Bécaud si hay alguna canción que siempre haya interpretado en sus presentaciones. El se queda pensando y luego dice: sí, sí, hay una y antes de dar su nombre un tornamesa empieza a reproducirla. Un piano insistente y angustiado preludia la que es, fuera de toda duda, la más importante de las canciones de Bécaud: Et maintenant.

Mientras la letra avanza en dos carros sus pasajeros oyen la canción. En uno de ellos una hermosa mujer (Marthe Keller) le pide al conductor que suba el volumen; la canción de Bécaud la transporta a otro momento de su vida que contrasta con la inminente ruptura de su relación con el hombre que la acompaña y al que le rechaza sutilmente el intento de tomarle la mano. En el otro carro dos amigos también la vienen oyendo y el más joven de ellos (André Dussollier) le dice al otro que siempre le gustó el tipo que la canta. Se establece así, delgado y fino a la vez, un hilo comunicante entre estos dos desconocidos.

Ambos carros llevan el mismo destino: el aeropuerto de Orly en Paris. Con una diferencia de segundos ella y él descienden de sus carros y se despiden de sus compañeros. Se acercan al mostrador de Air France y el uno tras el otro se chequean para el mismo vuelo: el 077 que cubre la ruta Paris – Nueva York. Alegóricamente sus maletas, blanca la de ella negra la de él, son acarreadas por el mismo maletero para luego deslizarse juntas, emparejadas, por la banda que las conducirá al avión.

Comienza a atardecer y a través de la ventanilla se les ve ocupando puestos contiguos. Ya sentados, él, nervioso, se ajusta el nudo de la corbata mientras que ella, melancólica, echa una última mirada por la ventanilla. Al tiempo que se enciende el letrero de prohibido fumar el coro cierra Et Maintenant repitiendo con ahínco y rabia un muy sentido plus rien, plus rien (….. nada más, nada más…..)

 

Toute une vie (Poster) Distinta MiradaLa escena pertenece a la película Toute un vie (1974) del frances Claude Lelouch ( Un hombre y una mujer -1981-, Los unos y los otros -1981-) y en ella se le pone fin al paralelismo con el que la película cuenta la vida de sus protagonistas. Ella, criada en medio de la fortuna que su padre hizo con la industria del calzado, incursiona ingenua y efímeramente en el credo igualitario del izquierdismo; él, un ladronzuelo de barrio, se ha ido convirtiendo en un afamado director de cine. Sus vidas son narradas de manera simultánea y son a tal punto diferentes que nada permitiría, en el plano de lo obvio, vaticinar su encuentro. En esta escena, como tenía que suceder en el plano del deseo, ese presagio se quiebra y es en este avión vespertino y con la impetuosa Et maintenant de fondo que nuestros protagonistas se encuentran.

No sé cuantas veces habré narrado, con los matices propios de cada situación , esta escena. Siempre me ha parecido y me sigue pareciendo un perfecto enlace de historias, sentimientos y personajes sublimado en este caso por esa canción desesperada que se pregunta por el sentido de un mañana sin la persona amada. Al tiempo que el estribillo de la canción es una pregunta angustiada ( …. y ahora que voy a hacer….), el encuentro casual e inesperado de Sarah y Simon es un susurro de esperanza, el atisbo de una posibilidad. Aunque la canción es repetitiva e incisiva, la escena tiene un tono delicado de fragilidad y ligereza: los carros se deslizan, la pareja deshecha se despide, los amigos se abrazan y el avión está próximo a decolar. No hay la más mínima evidencia de romance o atracción entre estos dos pasajeros pero su sugerencia es, a la vez que sutil, poderosa y latente.

Es curioso como puede llegar una escena (o el aparte de un texto o el detalle de un cuadro o el fragmento de una composición) a cautivarnos de manera tal que podamos verla infinidad de veces para infinidad de veces reinaugurar, con texturas e intensidades diversas, el estremecimiento que sentimos la primera vez. Ahora que la vuelvo a ver, encuentro en esta escena ese discreto encanto asociado con una década, los setentas, en la que, inimaginable hoy en día, las maletas aún no tenían ruedas y en la que Paris y Nueva York todavía evocaban un mundo soñado de glamour y elegancia.

Como sucede con todos los encantos y todos los enamoramientos su perdurabilidad depende, como con las plantas, de su cuidado y de su constante riego. Estas líneas son un rescate agradecido de esa emoción que siempre recomienza cuando en las manos de Bécaud se apagan dos fósforos mientras al fondo se oye, inconfundible, el fortissimo de piano de Et maintenant.

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

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