Un Sueño Posible
Autor5
5Nota Final
Puntuación de los lectores: (1 Voto)
3.0

TÍTULO ORIGINAL: The Blind Side

 

Vemos el cine a partir de lo que somos y lo que somos de alguna manera se explica por el cine que  hemos visto. Esta perogrullada hay que tenerla en cuenta para  entender el éxito arrollador de The blind side en las taquillas norteamericanas y para entender también el porque esta película se coló, para un sector de la crítica,  en el exclusivo listado de las mejores películas del 2009. The blind side tiene la textura, endeble dirán algunos,  del sueño que abrigan millones de seres de ver como al desposeído, al marginado, lo agarra la suerte y lo catapulta hacia los escenarios idílicos que unos cuantos, muy pocos, disfrutan.

Michael Oher (Quintín Aaron) es un muchacho afroamericano que creció en una familia disfuncional de la que muy temprano se apartó.  Una familia blanca, los Touhy, lo recibe en casa y va trabando con ellos, especialmente con la madre (Sandra Bullock) y el menor de los hijos (el pequeño y sobreactuado Jae Head) una entrañable relación en la que las diferencias raciales, culturales y económicas lejos de distanciar, alegran y terminan afianzando el clima familiar. Para que el cuadro sea aún más conmovedor hay que agregar que la película está basada en hechos reales.

Podría decirse, con inocultable facilismo crítico, que The blind side  es una muestra más del gusto, aplanado y soso, del espectador gringo. Es evidente que la película echa mano de esos recursos emocionales con los que todos, los que alguna o muchas veces pasamos por una sala de cine, crecimos. Allí se dan cita el deportista esforzado que contra todo pronóstico vence en el último momento; la familia rica, blanca y armónica que acoge a un muchacho pobre, negro y proveniente de una familia destrozada y, para rematar, el desgastado truco de mostrar las fotos de los seres reales para hacerle creer al público que lo que vieron, falseado por la magia del cine, realmente sucedió.

Todo lo anterior es tan evidente que decirlo no superará el plano de una reiteración innecesaria. Decir, en la misma línea, que The blind side es una película del montón merecedora apenas de una estatuilla plástica de crispetas de maíz por ser una buena entretención dominguera, tampoco es decir nada nuevo de cara a una realidad que ha movido siempre al cine y del que somos todos, querámoslo o no, unos afortunados herederos. Tal vez valga  la pena ir un poco más allá.

Cuando de niños íbamos al cine perseguíamos una sola cosa: la emoción. Apretábamos con fuerza los dientes cuando en la emboscada nuestro héroe bordeaba la muerte; ante la inundación  o el terremoto  nos sentíamos una víctima más y, por supuesto, tan pronto crecimos quisimos ser él o ella para enamorarnos de esa mujer o  de ese hombre,  inalcanzablemente bellos en sus pedestales de celuloide. No analizábamos las películas, íbamos a ellas; no las juzgábamos, nos las gozábamos.

Por supuesto que todos crecimos y creció con nosotros la forma de contactarnos con el mundo, incluidas sus expresiones artísticas. Miente aquel que diga que conserva intacta esa capacidad desprevenida de emoción que de niños nos acompañó en nuestras primeras películas. Con el tiempo nos sofisticamos y, también, nos contaminamos. Por más que lo intentemos ya no podemos ser tan benignos con todo cuanto vemos. Más aún si hemos reconocido y cultivado nuestra pasión por el cine. De haber sido así es imposible que hoy al ver una película no la tamicemos inconscientemente por una cantidad de filtros que, para bien o para mal, con el tiempo nos hemos construido. No obstante lo anterior siempre perdura en nosotros un vestigio, más o menos inacabado,  de esa propensión ingenua hacia la emoción. Por supuesto que hoy son otras las cosas que nos emocionan y es otra también la manera de emocionarnos. Sin embargo algo perdura en nosotros que responde, como entonces, a esos impulsos con los aprendimos a ver el cine. Son ellos los que aún nos hacen emocionar cuando contra todo pronóstico el equipo de los débiles remonta el marcador y gana en el último segundo; son ellos los que todavía nos hacen esperar ese final feliz, ese the end que le sigue al beso perfecto. Les aseguro que todo eso acontece en aquel que se sienta frente a la pantalla; que lo tenga ya muy asfaltado, controlado y depurado es otra cosa, pero no les quepa la menor duda de que en algún resquicio del alma el fenómeno, acallado quizás, vuelve y sucede. Lo que pasa es que desde hace mucho tiempo dejaron de bastarnos esas apelaciones emotivas; sólo con ellas, ya lo sabemos, no se hace una buena película; es más, si sólo están ellas lo que muy probablemente resultará será una mala película. Las grandes películas siguen y seguirán recurriendo al recurso de la captura emocional. La diferencia, monumental, es que lo hacen desde otros planos intersecándolos con una historia sólida, con unos personajes lúcidos y con ritmo narrativo que, como entonces, nos atrapa y subyuga.

The blind side gusta y conmueve porque logra en el público ese efecto epidérmico  de la emoción primaria. A todos nos gusta que los débiles ganen y que el mundo sea más comprensivo y tolerante; a todos nos gusta comprobar que en algún paraje del mundo hay seres dispuestos a servir a los demás. The blind side alcanza este objetivo mas no por alcanzarlo se convierte en una buena película. En esto no me canso de insistir: puede haber colaterales cinematográficos de innegable valor como el mensaje transmitido, como la realidad denunciada, como el ser histórico reconstruido. Sin embargo el valor de estos no hace buena la película. Suele suceder, bien por el contrario, que depositada la confianza en tales elementos la que a la postre resulte perdiendo sea la propia película. Una buena película se basta a sí misma; constituye un universo aparte y, salvo muy contadas excepciones, no tiene que echar mano ni de la fidelidad histórica, ni del valor ético de su mensaje.

El cine es arte y por eso su apreciación implica siempre un ejercicio honesto de desprendimiento. Reducirlo al vibrato de la simple emoción o extraviarlo en los laberintos de la razón es despojarlo de su más íntima esencia que siempre es, paradójicamente, emocionante e inteligente.

Unas últimas palabras para hablar de la Bullock. Yo, tan propenso al platónico enamoramiento, nunca caí en las redes de esta actriz. Y creo que nunca caí en ellas porque nunca me las tendió. La Bullock es de esas actrices que en general lo hacen bien pero no les va la vida en ello; no se desangran en sus personajes ni pretenden, tampoco,  que el mundo las idolatre. Le basta con divertir y ahora, en The blind side, demuestra que también puede hacer un papel serio sin llegar a conmover. Actúa bien pero no es y tal vez nunca llegue  ser una gran actriz. En la pantalla, como en el ruedo, hay que jugarse la vida y Sandra deja siempre la impresión de una enorme zona de contención. Otras, creo yo, merecían más el Oscar. Sin embargo no cuestiono la decisión de la Academia. Sólo sé, desde el silencio de mi butaca, que así como Sandra no parece dar la vida por mí yo tampoco la daría por ella. Quedamos, y eso está bien, de buenos amigos.

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