Sólo los amantes sobreviven
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TÍTULO ORIGINAL: Only Lovers Left Alive

AÑO: 2013

DURACIÓN: 123 min.

GÉNERO: Drama, Romance, Terror

PAÍS: Italia

DIRECTOR: Jim Jarmusch

ESTRELLAS: Tilda Swinton, Tom Hiddleston, Mia Wasikowska

 

Los vampiros han sido usados desde tiempos ancestrales como medio para representar los deseos más oscuros de la sociedad, despertando al mismo tiempo terror y atracción debido a su sorprendente capacidad de realizar el mal de forma impune. Pero, sin ningún tipo de dudas, lo que más ha llamado la atención de estos esotéricos seres, es su facultad para evitar aquello que tanto ha aterrorizado y obsesionado a la especie humana por ser lo único que, hasta ahora, ha escapado a su control: la muerte. A Jim Jarmusch no le motivan los ríos de sangre, las terroríficas apariciones nocturnas o la sensualidad de atractivas vírgenes que sienten un impulso erótico irrefrenable hacia estos monstruos. Lo que realmente interesa al director es desmontar el quimérico mito de la juventud eterna. La inmortalidad, como sueño de pertenecer a la eternidad para encontrar respuesta a las preguntas existencialistas fundamentales —­¿De dónde venimos? y ¿A dónde vamos?— puede no resultar tan interesante como parece, ya que al fin y al cabo es una condena a cadena perpetua (en el sentido más literal) en esta celda llamada mundo que sufre un constante proceso de putrefacción.

Es obvio que Jarmusch, uno de los máximos representantes del cine independiente estadounidense, no iba a presentar una típica historia de vampiros. El realizador, siempre muy detallista, recreándose en los medios para que el fin resulte abierto y sujeto a la interpretación del espectador, nos plantea una historia actual, o más bien una anécdota, por medio de dos protagonistas tan arcaicos como la propia creación universal: Adán y Eva (o su versión anglosajona). Las dos partes de un yin yang que representan la dualidad del todo indestructible que componen. Eve, una rubísima Tilda Swinton, personifica la simplicidad, el optimismo y el conformismo evolutivo; mientras que Adam vive afligido por el deterioro que el progreso está originando en su espacio vital, Tom Hiddleston encarna la visión pesimista de un mundo controlado por zombis (así es como se refiere a la especie humana, tan inepta como peligrosa). Un vampiro anacoreta y perfeccionista al que su vida eremita le hastía hasta niveles suicidas. Será en la segunda parte de la cinta —compuesta por cuatro diferentes fragmentos— cuando la unión de los amantes eternos devuelva el esplendor perdido a una mente brillante sumida en las profundidades de la oscura mediocridad que le rodea.

Solo los amantes sobreviven (poster 2)Esta fragmentación episódica, muy común en el cine de Jarmusch, no resulta tan evidente como en alguno de sus trabajos anteriores. En películas como Noche en la tierra, (1991) o Coffee and Cigarettes, (2003), el director se valía de diferentes protagonistas y escenarios para crear historias dispares que representaran una misma idea. En este caso, la trama es la misma, como también lo son los personajes principales, pero la estructura del metraje es tan marcada que cada parte cobra significado por sí misma. El ritmo es pausado y reflexivo, una composición narrativa deslumbrante de verso blanco, característico de la Inglaterra Isabelina, del que Christopher Marlowe fue propulsor. Es el propio Jarmusch quien escribe este canto a la soledad y al amor plagado de guiños a los grandes de la literatura mundial, como el propio Marlowe, que aparece vampirizado y ensombrecido por la figura de su alter ego, aquel que firmaba como Shakespeare y a quien tuvo que ceder el mérito de obras comoLa Tempestad, (1611) o El Rey Lear, (1605), con el objetivo de no llamar demasiado la atención y poder perpetuar su especie. Para ello vivirá encerrado en un lóbrego tugurio que irá en perfecta armonía con la fotografía expresionista compuesta por Yorick Le Saux, centrada en interiores y paisajes nocturnos con el fin de retratar la decadente similitud de dos ciudades que, en apariencia, pueden resultar completamente opuestas.

¿Y qué lugar elige para vivir un vampiro misántropo que se ha dado a la vida contemplativa enfocada a la maestría músico-instrumental? Está claro: Detroit, una de las ciudades más castigadas por la crisis económica y que sufrió una devastadora despoblación, pero que a su vez conserva ese romanticismo que la hizo ser llamada otrora la Ciudad del Rock, cuna del emblemático sello discográfico Motown y de algunos de los mayores iconos musicales del mundo, como Madona, Eminem o Diana Ross. Así que hasta Detroit tendrá que desplazarse Eve desde Tanger para reunirse con su marido, disfrutando así de la soledad y discreción que les brindan las calles de la Ciudad Fantasma, deambulando melancólicos y recordándonos a la pareja protagonista del fragmento Lejos de Yokohama (incluido enMystery Train, 1989). Pero esta tranquilidad se alterará con la inesperada e indeseada visita de Ava, la cuñada de Adam, una milenaria adolescente rebelde cuya energía y temeridad pondrán en apuros la estabilidad por la que tanto había luchado la pareja, llevando su voluntaria reclusión a un estado caótico de relaciones sociales “sin precaución”.

Esa falta de cautela es la pandemia del Nosferatu del Siglo XXI. La degeneración de la raza humana ha originado que la sangre se haya contaminado, obligando a los vampiros a buscar un producto mucho más costoso y de buena calidad, impidiéndoles así succionar directamente del cuello de sus víctimas como habían hecho tradicionalmente, bajo riesgo de contagio. La vertiente pesimista del trascendentalismo originó ese romanticismo gótico del que salieron versos tan oscuros y sentidos como los del poema Nocturno de Rubén Darío (primero de tres poemas escritos con el mismo nombre). En él se dibuja la vida como un sueño y la muerte como el despertar. Esta visión fatalista es la que denota la cinta de Jarmusch en su crítica al embrutecimiento social que se impone irremediablemente al estilo de vida culto, criticado a su vez por medio del esnobismo dogmático ligado a las adicciones (ya sean drogas, sexo o sangre): “El ánfora funesta del divino veneno que ha de hacer por la vida la tortura interior; la conciencia espantable de nuestro humano cieno y el horror de sentirse pasajero.”

Sobre El Autor

Alberto Sáez V.
Colaborador (Irlanda)

Colaborador para Distinta Mirada desde Dublín, Irlanda

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