007: Operación Skyfall
Autor7
H. Santana (Dirección Distinta Mirada)6
6.5Nota Final
Puntuación de los lectores: (3 Votes)
8.2
Más allá de los logros estrictamente cinematográficos como lo son un guión convincente, una fotografía envolvente, un ritmo vertiginoso y unas buenas actuaciones, Skyfall pone sobre la mesa  la pregunta, no sé si compleja, desenfocada o pertinente pero, en todo caso, ineludible: que tan fiel  le es este James Bond a ese modelo con el que todos asociamos al hiper famoso agente británico?
Lo primero que habría que decir antes de arriesgar una respuesta, es que no existe un modelo único y perfectamente delineado del emblemático Bond. Para algunos, los que se precian de ortodoxos y puristas, James Bond es, simple y llanamente, Sean Connery. Serio, imperturbable, algo mayor y, en su elegante sobriedad, desprendido emocional y afectivamente de todo cuanto le rodea. Dejando de lado los Bonds que justa o injustamente no perduraron, sigue en la lista el Bond Roger Moore. Otra cosa. Elegante sí pero más desenfadado y restándole importancia a todo con un apunte oportuno o con esa sonrisa, inestable mezcla de seducción e impostura. La trilogía clásica la cierra Pierce Brosnan a quien muchos aún seguimos asociando con Remington Steele, el galán cinéfilo de la tele de los ochentas. El Bond Brosnan  es más ligero que sus antecesores pero es esa misma ligereza la que le dio a su Bond un halo renovado de irreverencia y frescura.
Lo cierto es que más allá de las inocultables diferencias entre estos tres Bonds algo impreciso los identifica. Los tres son, dentro de los cánones variables del concepto, hombres guapos; los tres son elegantes a la usanza del esmoquin y los suntuosos salones sociales; los tres son sarcásticos, discretamente sensuales y, definitivamente desarraigados y huidizos. No tienen hogar ni familia y su casa es el lugar de la misión que se les encomiende.  Cuando se van dejan tras de sí destrozos y ellos apenas si se despeinan. A Bond, a ese Bond, nunca se le arrugaba la camisa.
La pregunta de si el Bond Craig se ajusta a este perfil tiene por respuesta, a mi juicio, un no pero sí que no es lo mismo, como a primera vista pudiera pensarse, que un sí  pero no. No pero sí porque – y esta es la parte afirmativa y definitiva de la respuesta – el Bond Craig  conserva, acentuado diría yo,  el aura de lo inalcanzable  que tienen todos  sus antecesores. A diferencia de lo que sucede con otros personajes, Bond no es un personaje que provoque enamoramientos o admiraciones. La relación con Bond es, como lo es él, fascinante y fría. El Bond de Skyfall sigue siendo elegante y, al igual que los integrantes de la trilogía que lo antecedieron, es, en medio de la intrepidez y el vértigo de sus acciones,  un hombre pausado y seguro.
Pero este Bond, – viene ahora la parte negativa de la respuesta –  ya no es tan luminoso y básico como sus predecesores; su encanto abandona las luminarias del gran salón y se vuelve más primario, más salvaje.  Este Bond se permite la franqueza, que no la flaqueza, de reconocer uno que otro arraigo sentimental.
Desde la fantástica secuencia de imágenes que en Skyfall le sigue al trepidante inicio de la película, se deja ver que el Bond Craig se recogerá en la penumbra, que bordeará la muerte y que muy seguramente se beberá su habitual dry martini en barras menos luminosas.  Pero estos cambios no lo desnaturalizan; lo que hacen es adaptarlo  a un mundo en evolución que lo está mirando. Anclarlo en la blancura de los yates mediterráneos o condenarlo a los intrincados – y hoy un tanto cómicos – aparatos que antes le entregaban para encarar sus misiones, sería tanto como detenerlo en el tiempo y anquilosarlo.
Nadie se ha quejado y muy por el contrario todos hemos elogiado que Batman haya dejado atrás su estilo soso para hacerle frente  a un enemigo complejo y enigmático : su  temperamento solitario y atormentado que sólo parece rimar con la noche honda de Ciudad Gótica. Algo parecido es lo que ahora está sucediendo con Bond, un Bond que está dejando de ser tan impecable y vano para convertirse en un ser humano más conectado con una realidad tan capaz de ofrecer aventuras extremas y mujeres despampanantes, como heridas que afean y  seres que mueren y a los cuales amábamos.
No pero sí y no Sí pero no porque lo esencial se mantiene y Bond sigue siendo un hombre que prefiere hacer a decir;  un hombre que con las mujeres siempre opta por la fugacidad del sentir y no po la incertidumbre del amar; un hombre que siempre prefiere partir a quedarse y a la hora de elegir siempre se quedará con el fino clasicismo de un dry martini bien preparado y no con la lánguida moda de los vinos; no pero sí porque este Bond hace suyos  un pasado y unos sentimientos que nada le restan y también no pero sí  porque  en este siglo devorado por las imágenes retocadas a este Bond sí se le arruga la camisa. Hubiera contestado sí pero no si la negación hubiera recaído sobre lo esencial y la afirmación sobre lo accidental pero en Skyfall, afortunada y pensadamente, sucedió lo contrario.
Desde una doble perspectiva el trabajo del director Sam Mendes es impecable. Lo es desde la forma como arma una historia que no nos permite parpadear un solo segundo y lo es desde el reto descomunal de meterse con un personaje al que había que respetar para no desnaturalizarlo pero al que, a la vez, había que irrespetar para ponerlo a tono con esa realidad de la que siempre se han nutrido las ficciones del agente 007.
El mensaje oculto y algo sombrío que nos deja Skyfall es que en un mundo interconectado y preocupado por el calentamiento terráqueo, los enemigos emergen de las sombras y para hacerles frente se necesita, como otrora, un agente secreto cuya sofisticación y eficacia siguen estando en el  esmoquin impecablemente planchado,  pero también, así lo muestra este nuevo Bond,  en su entrañable condición humana.

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

Dirección Distinta Mirada

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Una Respuesta

  1. manipulador de alimentos

    En ‘Skyfall’ nos encontramos a un Bond crepuscular, después de 50 años, que regresa al origen mientras se enfrenta a un malo ceniciento, Bardem, que se abraza a la muerte. Casi es una de Bergman. Jajaja. Un saludo!!!

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