Sin mover los labios
Andrés Quintero7
LO MEJOR
  • Su retrato, demoledor y amargo, de una cultura que se ha buscado más en el otro que en sí misma
  • Su caótica estructura narrativa
  • Su elenco: profesionales comandados por un principiante
LO MALO
  • La debilidad de su historia de base
  • Que vaya a confirmar la regla de que se la valore más por fuera que en su propia casa.
7Buena

AÑO: 2015

DURACIÓN: 1h 36min

GÉNERO: Drama / Comedia

PAÍS: Colombia

DIRECTOR:  Carlos Osuna

ESTRELLAS: Giancarlo Chiappe, Álvaro Bayona, Consuelo Luzardo, Marcela Benjumea, Carlos Gómez, Juan Manuel Combariza, Álvaro Rodríguez, Margarita Ortega

 

Carlos es un tipo bizarro. Más que melancólico o depresivo, su rostro es inexpresivo. Nada parece emocionarlo o perturbarlo.  Todos los que le rodean sufren o soportan esa suerte de sonambulismo que parece ser el único y enclenque motor de su vida, una vida insípida que va dilapidando entre un trabajo alienante en una central telefónica de reclamos, la convivencia con una madre dominante y opresiva, un aciago noviazgo y su gusto, inapropiada pero necesaria palabra, por la ventriloquía. Así es este Carlos: un ser empeñado, sin mayor y esfuerzo y a punto de mero hastío y vacío, en no ser.

Nada más inexacto y precario que decir que Sin mover los labios es la historia de Carlos, un ventrílocuo fracasado que quizás deba su inestabilidad anímica a una familia disfuncional de padre ausente y mamá obsesiva.  La historia de Carlos – o más bien su anti historia – es tan solo el pretexto del que se sirve  Carlos Osuna su director para hacer una radiografía, tan brutal como sincera, de una cultura, la nuestra, que tanto gusta de ir agazapada entre la chabacanería de lo popular y un supuesto exotismo tropical de origen macondiano. Sin mover los labios es un retrato urbano en tono desbordado al que poco o nada le interesan las complacencias que demanda el gran público.  La apuesta de Osuna es arriesgada, es un todo o una nada en un escenario cuyo público no está acostumbrado a que se le hable de esta manera.  Quizás pueda decirse que estamos ante la construcción de una colombianidad distinta a esa a la que engañosamente estamos familiarizados, otra colombianidad en  la que confluyen caóticamente el dramón de la telenovela,  la figura semi endiosada de la madre, el sermón apocalíptico del cura de barrio, la discriminación social teñida de solidaridad y ese  deseo de no estar, engañosamente saciado con una copa o una línea de polvillo blanco.

En Sin mover lo labios Osuna supera la antinomia entre repulsión y atracción y hace que la primera conduzca, inexplicablemente, a la segunda. Carlos es todo menos un ser carismático y todo cuanto le rodea, familia, amigos y vinculados, termina, más que marcado, contaminado por una densa desazón que siempre bordea la ruindad extrema de lo que carece de sentido. Y pese a todo ello la película se da sus mañas para que de alguna manera nos involucremos en sus aberrantes absurdos, en sus desmesuras, en sus ofensivas exageraciones. Puede que muchas cosas nos choquen y lleguen incluyo a rayar nuestras azucaradas sensibilidades pero lo cierto es que nada termina estando fuera de su dislocado contexto y allí está, sin más, la genialidad, agresiva y perturbadora, de Osuna.

Mención aparte merece el manejo de cámaras y planos, la fotografía y la estructura narrativa de la película. Más que sobresalientes todas ellas.  El caos lo ordena todo con su tono provocador y profanador. Sin ser, ni mucho menos, un experto en la cinematografía nacional me atrevo a decir que Sin mover los labios será un referente importante, una  película valiosa por su ruptura de esquemas. Con un blanquinegro  dominante al que solo altera el colorido de lo que se ve en las pantallas de televisión, el trabajo de Osuna es una irreverencia permanente que tampoco le presta mucha atención a la concordancia entre ambientes  y  épocas.   Lo importante es ir pegando en ese mural variopinto de nuestra cultura, colombiana y, porque no, latinoamericana,  láminas tan importantes como el Renault 4, las galletas recién hechas de mamá, la violencia como expresión de superioridad y esa ficción televisiva que de tanto ir penetrando nuestra realidad ha terminado diluyendo, porque así lo queremos, las fronteras entre verdades y mentiras.  Siempre hemos querido ser los que no somos y nos pasamos la vida anhelando unos arquetipos impuestos por pantallas y portadas.

Osuna supo acompañarse bien. En el guión y la producción  lo acompañó Juan Mauricio Ruiz y al momento de armar su elenco se fue, en el papel de Carlos,  por alguien con muy poca experiencia actoral:  Giancarlo Chiappe.  Lo que estaba buscándose era esa inexpresividad, ese no estar, esos labios casi siempre cerrados del ventrílocuo que debe hacer que todo converja, auto anulándose, hacia su o sus muñecos. Chiappe, la actitud gestual de Chiappe, es perfecta para eso. Para los demás personajes se fue por la línea segura del talento y la trayectoria. Sobresalen Alvaro Bayona, Consuelo Luzardo,  Marcela Benjumea, Carlos Gómez, Juan Manuel Combariza, Alvaro Rodríguez, Margarita Ortega y Germán Quintero.  A todos les vino bien revalidar ese talento que tantas veces languidece y marchita la pequeña pantalla.

Para lo que nos tiene acostumbrado la cinematografía nacional, una película distinta, aguerrida,  iconoclasta , provocadora,  con una estética contundente y con una personalidad muy bien definida que hay que ver. Ojalá la tiranía de las taquillas no la saque en pocos días de la cartelera. Merece, de lejos, ser vista.

 

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