Agente Salt
Autor5
H. Santana (Dirección Distinta Mirada)3
4Nota Final
Puntuación de los lectores: (1 Voto)
3.0

Dejar la cabeza a un lado y entregarse a la emoción. Esa pareciera ser la fórmula para disfrutar, al punto del gozo, la última película de la arrebatadora (diré algo luego de tan estruendoso calificativo) Angelia Jolie. Evelyn Salt, la Jolie,  es un agente de la CIA que se ve envuelta en la acusación de ser una espía rusa involucrada en el plan de asesinar al presidente de los Estados Unidos. La película no es otra cosa y es, bien vista, una suficiente cosa, que las peripecias de esta mujer para, no solo demostrar su inocencia, sino también para cumplir, de otra manera, con sus heroicos deberes como agente de la gran nación.

A partir de su primera fuga todo se convierte en una inverosímil ráfaga de acción en la que la Jolie lo es todo en desmedro de la historia cosa que, por lo demás, a los espectadores absortos y poco pensantes que entonces somos,  poco o nada nos importa. Evelyn consigue, por ejemplo,  escapar de sus perseguidores brincando de techo en techo, lo que constituye un logro estremecedor sobre todo si se tiene en cuenta que los techos brincados son los de camiones que circulan a toda velocidad por puentes y niveles entrecruzados. La Jolie vuela y cae, acaso se despeina y mira con sus ojos de gata la próxima tapia sobre la que caerá parada,  absurda y bella. Todo se vale cuando la valor parece dado, volvemos al comienzo, por la emoción y no por la razón.

Yo no estoy tan seguro – como  lo ordenaría la intelectualidad correcta – que a  la razón deba dejársela a un lado para el disfrute de persecuciones imposibles, de heroísmos extremos, de amores cenicientos con finales de por siempre felices… Es tan frecuente oír decir a la gente que lo que le gusta de ir al cine es dejar de pensar por un par de horas y abandonarse a ese placer asociado con el vaciamiento del pensar. Uno entiende que nadie aspira a ese esquivo e inexistente lugar de la mente en blanco y que cuando se dice no pensar lo que realmente se dice es pensar en algo que nos es por entero extraño, ajeno, no nuestro. En Salt pensamos, sin duda pensamos, pero pensamos en si ella si será o no realmente una espía rusa. Lo que pasa es que ese pensamiento, que puede ser incluso agudo y lúcido, nada tiene que ver con nuestra vida porque la agente Salt no es más que belleza en acción. No tiene, no al menos en lo que a todos nos concierne, un gramo o  un centímetro de nuestra grisácea rutina y eso está bien porque todos necesitamos, a veces necesitamos, una fantasía indolora e incolora (así esté plagada de luces y colores) que no pretenda enseñarnos algo y que se limite a entretenernos sin el más mínimo asomo de perdurabilidad. De hecho, lo confieso, pensé más de una vez si nuestra querida Salt merecía realmente algunas líneas. Ahora que escribo me doy cuenta de que si las merecía no por ser – que ciertamente no lo es – una buena película, pero sí por tener el innegable mérito de arrastrarnos por un rato al mundo hueco de  esa emoción centrífuga que marea un poco, no conduce a ninguna parte y, sin embargo,  nos atrapa con unos indefinibles roces de placer.

Cuando una película logra este tipo de capturas eso no las convierte en buenas películas. También es común oír decir que tal o cual película es buena porque logra entretenernos, porque viéndola pasamos un buen rato. Una cosa es pasarla bien viendo una determinada película y otra, distinta, es que eso la convierta en una buena película. Viendo una buena película uno la pasa muy bien pero es un distinto pasarla bien; más que un pasarla bien es una especie de un quedarse bien. Las buenas películas también nos entretienen pero no con la ligereza del divertimento. El verbo  entretener tiene varias acepciones; una de ellas es la de tener a alguien detenido, en espera. Otra, en cambio,  dice de entretener que es perder el tiempo, divertirse. En el buen cine la entretención es detenimiento, algo dentro del espectador se inmoviliza para luego evolucionar hacia un sentimiento perdurable. Hay en cambio otras películas en las que la entretención que se nos depara es tan efímera que sentimos, con inocultable placer,  que estamos, deliciosamente estamos,  perdiendo el tiempo.

Hay películas mágicas frente a las cuales nos sentimos embarcados en la más frívola y pasajera de las entretenciones y sin embargo algo, etéreo e indefinible, las salva de esa ordinariez entretenida y las convierte en grandes películas. Decir cual es ese factor x que hace de la entretención banal una entretención de detenimiento e incluso de apresamiento  es imposible. Basta ver, volver a ver a la Hepbrun en Breakfast at Tiffanys. Allí está dicho todo cuando nada puede decirse.

Ah…. la Jolie. Mujer impresionante, estrella rutilante pero discretísima actriz. Lo que pasa con la Jolie es que absorbe todo cuanto la rodea. Su presencia tiene ese magnético efecto de hacer que todo orbite en torno a ella. La Jolie no conmueve, conmociona y eso hace que en sus películas las tramas se  desluzcan porque los focos argumentales se centran tanto en ella que la historia se vuelve ella y ella, por bella que sea, no es ninguna historia. De nuevo hay que decirlo como lo dijimos atrás de las películas entretenidas: la impactante belleza de la Jolie, su espontánea naturalidad para atraer y seducir todo cuanto la rodea, no la convierten en buena actriz. Las buenas actuaciones tienen un componente íntimo y discreto que sin necesariamente emerger en los personajes representados, siempre  les imprime sentido y alma. Ese sello no es propiamente una de las virtudes actorales de la hermosísima Jolie.

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

Dirección Distinta Mirada

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