Reencuentro
Andres Quintero7
LO MEJOR
  • Por la discreta elocuencia de su personaje, Steve Carell
  • Su tono, irreverente e irónico.
LO MALO
  • Pretende transmitir mucho y se queda en muy poco
  • Sus personajes: por estereotipados, poco convincentes
7Buena

TÍTULO ORIGINAL: Last flat flying

OTROS TÍTULOS:  La última bandera

AÑO: 2017

DURACIÓN: 2h 4min

GÉNERO: Drama 

PAÍS: Estados Unidos

DIRECTOR:  Richard Linklater

ESTRELLAS: Steve Carell, Bryan Cranston, Laurence Fishburne

Si bien hay guionistas, actores, fotógrafos y productores con los que uno establece una relación de empatía, es principalmente con los directores con los que uno traba una especie de comunión, bien sea existencial , estética, narrativa o una imponderable mezcla de las anteriores.  En mi caso es claro que la tengo con Richard Linklater o, para precisar, con el Linklater  de Antes del Amanecer y de Boyhood. Eso ciertamente no lo hace un mejor o peor director, pero sí un director más mío, más apropiable, un director que me transmite esa imprecisa sensación de identificación.  Es como si su visión de la vida, de una cualquiera de las parcelas que la conforman, coincidiera con la mía o, mejor,  la mía con la de él.  En muchos aspectos su mirada coincide con la percepción que tengo de los seres y las cosas que me rodean. No importa cual sea la ruta de comunicación lo indiscutible – y también  lo grato y emocionante – es que con los obvios y circunstanciales matices  de situación , nada me cuesta y por el contrario todo me empuja, a hacer mía – siéndolo ya –  la mirada que Linklater la da a la vida.

En Reencuentro,  Larry (Steve Carell), un veterano de la guerra del Vietnam se entera de la muerte de su hijo. Siguiendo la estela seudo patriótica y mentirosamente heroica de su padre, el hijo muere abaleado en la guerra de Irak. Un vaho de justificación  bélica y colonialista empaña el vidrio de una cultura edificada sobre la superioridad de batallas sin causa y de causas tan pobres e irracionales que necesitan batallas como escenario de resonancia y reconocimiento.

Cuando Larry se entera del suceso decide buscar a dos de sus compañeros de combate. Por un bien o mal entendida complicidad nostálgica, solo ellos podrán secundarlo  en el amargo viaje que ha decido emprender para recoger el cadáver de su hijo y así enterrarlo lejos del engañoso bombo de los protocolos militares.  Sal (Bryan Cranston) y Richard ( Laurence Fishburne) serán sus aliados en un viaje que tiene mucho de  introspección y poco de aventura o travesía. Una movie road  opaca e irónica  en la que la carretera  reversa  a los viajeros  en el tiempo mientras avanzan hacia su destino.

En la construcción de la historia, basada en la novela de Darryl Ponicsan, Linklater  se deja seducir por el esquema, tan atractivo como facilista,  del antagonismo de caracteres.  Sal es el rudo del paseo, bebe cerveza, rememora sus conquistas femeninas y encomia, así cree que es la suya,  una vida sin apegos, creencias y compromisos. Por su lado y después de sueños de grandeza arropados en la bandera americana, Richard es ahora pastor de una iglesia cristiana. Lento, sin vida casi,  lo han vuelto su fe, su prudencia y su empeño en compensar con buenas obras los peores – y también mejores – años de su vida. El triángulo lo cierra Larry, el menos arquetípico de los tres. Un hombre apesadumbrado y taciturno por el trato que le ha dado la vida pero capaz todavía de creer en los amigos y  gastar con ellos los restos de alegría que, contrario a lo que creía, aún le quedan.

Siendo como es, una película de actuaciones hay que decir que la actuación de Carell se lleva por delante la de sus compañeros de reparto. Cranston y Fishburne cumplen lo suyo sin mayor esfuerzo apegándose al perfil, ciertamente estereotipado, de sus personajes.  A Carell le toca la difícil  tarea de personificar el anonimato del dolor y   el sinsabor de la mediocridad . Lo hace con la maestría del lenguaje no verbal  y con la complicidad,  más  inteligente que imprudente, del buen humor

El Linklater con el que he tendido puentes de identificación y afecto aborda esta historia con  algo que puede parecerse a la premura o a ese descuido del laurel obtenido. Esa exploración de lo sencillo que brilla en sus otras películas, se echa de menos en Reencuentro. Hay barnices, anuncios, insinuaciones pero quedan faltando esas sutiles profundizaciones tan valiosas y propias del estilo Linklater.   Su sello está presente pero la marca que deja no es  tan perdurable e indeleble como sí lo fue Boyhood, ese himno, pacientemente tejido, que encomia la extraordinaria ordinariez de la vida.  Reencuentro tiene unos diálogos poderosos, un humor que le sustrae sus riesgos de pesadez, pero ni aquellos ni esta  impiden que la historia se esfume en una ligereza que no terminan de ocultar unos códigos emotivos que no alcanzan los rangos de conmoción y reflexión a los que no tiene acostumbrados Linklater.  Eso no la hace una mala película  pero sí una película con la que el director queda en deuda, una deuda que tiene con qué saldar  y que, esperemos, saldará muy pronto.

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

Dirección Distinta Mirada

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