Qué verde era mi valle
Andrés Quintero8
8Muy buena

TÍTULO ORIGINAL: How green was my valley

AÑO: 1941

DURACIÓN: 118 min

GÉNERO: Drama

PAÍS: Estados Unidos

DIRECTOR: John Ford

ESTRELLAS: Walter Pidgeon, Maureen O’Hara, Roddy McDowall, Donald Crisp, John Loder

 

No tengo presente cuando fue aquella primera vez que fui al cine con la disposición de ver lo que comúnmente suele denominarse un clásico. Recuerdo que no mucho tiempo después de abandonar el pantalón corto, entonces emblema distintivo de la niñez,  fui a ver Casablanca en el hoy desaparecido teatro El Lago, ubicado en la calle 79, un par de cuadras abajo de la carrera 15. Epicentro mariguanero, El Lago fue también – junto al Almirante, la Castellana, el Escala, el María Luisa y tantos otros que la memoria diluye –  un lugar iniciático para una generación que tuvo en el cine su principal entretención. Recuerdo que los domingos, antes y después de la proyección, en El Lago había trueque de comics.  No sólo se veía cine sino que se salía aprovisionado de historietas para toda la semana.  Por supuesto que en ese entonces la categoría de lo clásico no existía en mi repertorio y fue quizás esa feliz desprevención la que me sirvió para, ante la estremecedora Casablanca, enamorarme perdidamente de las desventuras amorosas de  Rick e Ilsa.  A partir de ese momento comencé a darme cuenta, sin mucho análisis pero sí con toneladas – tan auténticas como ingenuas – de emoción, que había otro tipo de cine, distinto a las aventurillas que tanto me divirtieron en mis primos e indelebles años de noviazgo con el celuloide.

A partir de esa inolvidable experiencia siempre he alternado, en creciente dosis, la cartelera de novedades y estrenos con, así prefiero llamarlas, películas viejas.  Disfruto explorando posibilidades y aunque no todo lo que se encuentra es bueno, he tenido y espero seguir teniendo fascinantes hallazgos. Qué de toda esa pesquisa cinematográfica que bordea la centuria pueda tenerse como clásico y qué no, es asunto de gustos y preferencias. En otra nota publicada en esta misma página ensayé una aproximación al tema. Hoy no me interesa terciar en la controversia sobre lo que en materia cinematográfica merece – o no merece – el rótulo de clásico.  Hoy lo que quiero es reconocer y estimular el esfuerzo que viene haciéndose para que los amantes del cine tengamos acceso a unas películas que, con más o menos calendarios a cuestas,  dejaron huella y se convirtieron, por un cambiante popurrí de razones, en referentes obligados del séptimo arte.   Aplauso para Cinemark y su ciclo de clásicos y aplauso también para el recién finalizado Indiebo 2017 que creó toda una sección con este tipo de películas.

Entre los clásicos ofrecidos por Indiebo 2017 estuvo How Green was my valley, la película del legendario John Ford que en 1941, el año de su estreno, se llevó cinco estatuillas de la Academia. La principal de ellas a mejor película, derrotando en esa oportunidad ni más ni menos que al insigne Ciudadano Kane. How Green was my valley es un clásico en toda la extensión de la palabra. Historia de una familia de mineros que se va dando cuenta, golpe a golpe, como el carbón va tiznando no solo sus caras sino también sus destinos y anhelos.  Sin ambages y sin rodeos, es una película hecha, con el cuño inigualable del maestro Ford,  para conmover. Reivindicaciones sociales, amores imposibles, vocaciones inquebrantables, tradiciones inmemoriales y la familia como bastión que lo soporta todo, conforman un micro universo de emociones que apunta descarada, acertada y felizmente al corazón.

¿Por qué será que ante tan almibarado y preparado escenario nuestras resistencias intelectuales se derriten cual barras de chocolate en la sartén caliente?  Por qué actuaciones que no poco de circense tienen, nos parecen incluso magistrales? Hay acaso una suerte de condescendencia en el juicio cinéfilo cuando nos proyectan un  clásico?  Si alguien hiciera hoy un remake 2017 de How Green was my valley no nos parecería acaso un insoportable novelón  al estilo bollywood? En dónde está la trampa de este cine, en dónde su efecto narcótico, en dónde su clave para que, sino todos, sí una gran mayoría sucumba a su tan endebles como poderosos encantos?  No aventuro respuesta alguna. Solo sé, porque física y espiritualmente lo experimento, que ante una película de estas se sucede un reacomodo intelectual y sensorial.  Hay, sin demasías en el símil, una especie de transportación  que  activa en el espectador otros códigos que se ha ido adormeciendo con el consumo habitual de otro tipo de producciones cinematográficas.  No se trata de un mejor o peor cine; no se trata de la añoranza hueca de pasados mejores ni, menos aún, de regresiones nostálgicas o de un saudade cinéfilo. Es una experiencia que desplaza mojones y nos ubica, sin apenas darnos cuenta, en otras coordenadas donde todo se resignifica : lo actoral, lo estético, lo narrativo y lo visual. Es un reencuentro con lo que nunca se había encontrado pero que de alguna manera siempre ha estado grabado, encriptado, incrustado o apenas insinuado, en todo el cine que hemos visto y a partir del cual hemos ido dibujando, con pincel o a brochazo, nuestro gusto cinematográfico.  Quien vaya a los clásicos buscando las trepidaciones, sofisticaciones y complejidades que a partir de ellos el cine fue construyendo, se equivoca de cabo a rabo. Lo clásico es lo esencial, lo fundamental y lo perenne  y así lo percibe y siente uno  cuando más allá de calificaciones, premios o estrellas, lo que siente es  una compenetración anímica y sentimental con un lenguaje que de viejo pasó, por su indescriptible belleza, a intemporal.

No es entonces que ver un clásico como  How Green was my valley me devuelva nostálgicamente a mi sicodelia pueril de los años setentas en la que por primera vez y sin darme apenas cuenta disfruté un clásico de la talla de Casablanca. Lo que logra la película de Ford así como tantas otras que he venido atesorando con el paso de los años, es una reafirmación de mi pasión por el cine, una convalidación de mi enamoramiento por esas ficciones llevadas a la pantalla grande. En el caso de los clásicos y, en particular, de un ejemplar tan representativo como How Green was my valley, lo que sucede viéndolos no es ni el abajamiento de nuestros estándares cinematográficos, ni es tampoco una amable condescendencia con lo que en su momento pudo ser bueno. No. A lo que nos invitan los clásicos es al placentero redescubrimiento de unos cánones que han hecho del cine lo que hoy es y lo que a futuro está llamado a seguir siendo. Así lo entendió Martin Scorsese fundador de la Film Foundation que tiene por objeto apoyar la preservación y  restauración de películas de todos los géneros para que las nuevas generaciones tengan oportunidad de verlas. No es, parodiando el nombre de la famosa película de los Coen,  cine para viejos; es cine para todos.  No me cabe la menor duda: quien se aficione a los clásicos y abandonándose a  ellos encuentre el hilo de Ariadna que los ata,  recorrerá mejor orientado y, sobre todo más feliz, ese fascinante laberinto que conforman las tantas y tantas  películas que hemos visto y seguiremos viendo.

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