Pasante de moda
Andrés Quintero7
Humberto Santana 6.5
LO MEJOR
  • La grata demostración de que para gozar no hay que dejar de pensar
  • De Niro: madurez fresca . Hathaway : frescura ya madura
LO MALO
  • Sus dos horas (pero no se sienten)
6.8Buena

EL PASANTE DE MODA AFICHETÍTULO ORIGINAL:  The Intern

OTROS TÍTULOS: El becario

AÑO: 2015

DURACIÓN: 121 min

GÉNERO: Comedia, Drama

PAÍS: Estados Unidos

DIRECTOR: Nancy Meyers 

ESTRELLAS: Robert De Niro, Anne Hathaway, Rene Russo, Nat Wolff, Drena De Niro, Adam DeVine, Wallis Currie-Wood, Anders Holm

 

Me he ido acostumbrando a ir al cine con una tarea a cuestas: bien con aquella de tener que escribir sobre lo que he visto, bien  con aquella otra  de confrontar lo que ya he leído sobre la película con la impresión que me causa o bien con esa otra, autoimpuesta e inventada, de tener que analizar, con un montón inexcusable de ligerezas, lo visto. Esa suerte de predisposición ante la pantalla ha ido creando con el paso del tiempo un filtro inevitable por el  que, quiéralo o no, terminan pasando todas las películas que veo. Eso me ha traído, cinematográficamente hablando,  cosas buenas y también cosas malas. Como casi todo en la vida. Lo bueno creo yo es que, por llamarlo de algún pedante modo, mi espectro de apreciación es mucho más amplio. Me detengo, por ejemplo, en la estructura del guión, en el ritmo de la historia, en su credibilidad y su tono, en la contundencia actoral y, en fin, en las cosas que, según algún catálogo inexistente , hacen que una película sea o no una buena película. Lo malo, tengo ya la certeza, es que he ido perdiendo progresivamente esa feliz desprevención con la que por años me senté frente a la gran pantalla.

A veces en la fila para comprar las boletas, en la espera del café con el que entraré a la sala o ya sentado y aguardando que empiece la película, miro a mis compañeros de plan y los veo, al menos eso creo, despreocupados y con esa placidez serena que da el ánimo relajado de simplemente querer pasar un buen rato. Así les veo y, con una necia y equivocada  arrogancia,  creo que quizás no tengan tan amplio, como el mío,  su espectro de apreciación pero también creo, sinceramente,  que me aventajan por el hecho de llegar a la película  con esa actitud desinformada, desarmada y fresca que es la que mejor garantiza una buena conexión anímica con lo que se está viendo. En una de esas geniales tiras de Mafalda, una viejita, molesta por el ruido que con sus juegos Mafalda y Guille están armando en el corredor del edifico, los increpa diciéndoles que si sus padres no les enseñaron urbanidad. Mafalda la mira y le dice, desarmándola por completo, urbanidad sí nos enseñaron, pero nunca nos pavimentaron la naturalidad. A veces siento que  a mí sí tanta urbanidad cinematográfica ha ido pavimentándome mi naturalidad al momento de ver una película.

Todo este largo cuento para contar que hará un par de semanas me fui a ver El pasante de moda. Accedí, lo confieso, a la súplica de mi mujer y llegué al teatro con ese odioso desánimo del que va por cumplir, por satisfacer al otro pero con la convicción de que la película no estará a su altura. Que muy seguramente no alcanzará a entrar  en su sofisticado  espectro de apreciación. En una clara ruptura de mis hábitos, no había leído nada sobre lo que iba a ver, ni tenía tampoco la tarea de escribir sobre la película. Lo uno y lo otro porque los filtros previos la habían sacado de ese sospechoso mundillo del buen cine.

Me vi de pronto en la sala atiborrada, completamente despojado de mis cargas pseudo intelectuales y me abandoné al placer primario de gozarme la película. Acepté deliberadamente ser la más fácil presa de todos los clichés efectistas y no le opuse la menor resistencia a las abundantes trampas sensibleras de la película; todo lo contrario: me precipité gustoso hacia ellas. El resultado fue – y eso lejos de ser poco es muchísimo – un rato verdaderamente fantástico. La pasamos bien con mi mujer y lo más curioso fue que quedamos con la grata  impresión de que el gusto no fue por la mera entretención palomitera, sino por ese reencuentro compartido de gozarnos, en frecuencias similares, una muy agradable película.

EL PASANTE DE MODA SEC

En esta oportunidad no quiero pasar mi experiencia – fútil, pasajera pero deliciosa –  por el filtro de los análisis. No quiero ni siquiera referirme al camaleónico De Niro ni a la encantadora Hathaway . Mucho menos quiero enfrascarme en sinopsis de la historia o en las arideces de esos comentarios que quieren que el brillo y el elogio recaiga más sobre quien comenta que sobre lo comentado.  Esta vez, a diferencia de tantas otras, solo he querido referirme al placer, primario y nada elaborado, de degustar en la pupilas y en las papilas, no en las neuronas, una película. No sé ni me importa si el Pasante de moda es una buena o una regular película; no sé tampoco si tiene grietas en su guión o si la historia es predecible o a veces flaquea. Esta vez no quiero estar con los comentarios ácidos, inteligentes y demoledores de los expertos. Esta vez me quedo en la sala repleta de risas y gustos, de miradas complacidas y serenas cuando las luces se encienden. Decido esta vez y por siempre nunca más volver a hablar de mi espectro de apreciación. Hablaré más bien – y ojalá poco – de mis claves de emoción.

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