El Orígen
Autor6
H. Santana (Dirección Distinta Mirada)6
6Nota Final
Puntuación de los lectores: (2 Votes)
8.1

TÍTULO ORIGINAL: Inception

OTROS TÍTULOS: Orígen

 

Debió pasarme algo esa noche. Llegué a ver Origen cargado de buenas expectativas. Christopher Nolan me parece un gran director y creo que logró con Batman, mi super héroe favorito, un trabajo impecable; Di Caprio, después del sobrevalorado oropel de Titanic, ha demostrado ser un actor sobresaliente y la idea  de meterse en los sueños y entretejer con ellos intrigas y suspensos de siempre reservados a la vigilia, conformaban una mezcla que auguraba lo mejor y a lo mejor lo mejor se dio y fui yo, aquella noche, quien no lo captó, quien en lugar de dejarse envolver por una trama especialmente inteligente se sintió confundido con ella. Para no admitir que tanta inteligencia me arrolló prefiero decir lo que vengo de decir: que aquella noche debió pasarme algo….

Origen es una película contundente y muy sólida pero no estremecedora. Todos sus ingredientes – historia, actuaciones,  efectos, dirección y demás – son buenos pero la preparación que resulta de juntarlos provoca, al tiempo que una indiscutible admiración, un cierto y casi inconfensable desconcierto. Es como si Origen tuviera que gustarnos y no habernos, simple y llanamente, gustado. Ya se ha dicho otras veces y Origen obliga a hacerlo de nuevo. En el cine, en el cine perdurable,  no basta ni la inteligencia o la belleza de la historia, ni el brillo actoral de quienes la encarnan. El cine es un producto distinto a la historia que narra y a quienes con  sus actuaciones la narran; la película es, más que la historia contada, la forma de haberla contado. Uno puede salir del cine con la cabeza enmarañada de preguntas y con la certeza, enteramente racional, de que todo lo que vio fue interesante e inteligente. Eso no es garantía el haber visto una buena película. Las buenas películas no son las que informan ni, tampoco, las que forman. Las buenas son aquellas que apoyadas en una historia, cualquiera que ella sea, envuelven, acaparan, agraden, encantan, subyugan, acarician o, se me ocurre sintetizarlo así en este momento, transportan. En el buen cine hay siempre un doble viaje: el que emprendemos nosotros hacia la historia que no es contada y el que esta emprende hacia nosotros. En esos trayectos, sucesivos y a la vez simultáneos, algo en nosotros alcanza a desdibujarse por efectos de la ficción que vemos pero, paradójicamente, son también estos trayectos los que terminan conduciéndonos a algo más lúcido y auténtico.

No sé si algo me pasó la noche que fui a ver Origen. Es probable, a todos nos pasa, que estuviera cansado y que haya perdido , como siempre se la pierde, la batalla contra el sueño; también es probable, a todos nos pasa, que esa noche el sintonizador de frecuencias estuviera averiado y que los códigos enviados por la película se hubieran  extraviado. Me corrijo. Sé que algo me pasó la noche que fui a ver Origen. Esa noche, como siempre que ante mis ojos se despliega la pantalla del cine, me dispuse a esa doble travesía del irme hacia la historia abandonándome a la vez para que ella viniese hacia mí. Sucedió – eso fue lo que sucedió la noche de Origen – que la historia, con toda su inteligencia y con toda su contundencia, me llegó confusa y ajena y no pude, pese a que el tema era  más que propicio para ello, transportarme con ella.

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