Nine
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OTROS TÍTULOS: Nine – Una vida de pasión

Nine es una muestra más, una entre tantas,  de esas películas que abundan en repartos estelares, en producciones impecables, en fotografías deslumbrantes pero que olvidan, con  un intolerable descaro,  que el cine es sobre todo el relato de una historia, el entramado, apoteósico o anónimo,  de unos seres y unos hechos que nos transportan, desde la butaca del espectador, a otros planos de vida ayudándonos de alguna manera a completar el nuestro, ansioso siempre de otras vivencias distantes de nuestra cotidianeidad.

Nine en un remake de un musical de Broadway del año 82. Este a su vez era también un remake de Ocho y Medio, la película del maestro Fellini. El hecho de ser el remake de un remake ya la da a Nine la desventaja de entrar por la puerta de atrás, de comenzar el partido con el marcador en contra. La verdad es que, sin poder achacárselo a sus antecedentes cinematográficos, Nine no es más que un collage de unos buenos sketchs musicales que no es lo mismo que decir que sea un buen musical. Su historia central, la del director cinematográfico Guido Conti (Daniel Day-Lewis) quien después de su última película  no encuentra la idea que lo redima frente a un público insatisfecho por el nivel de sus ultimas películas y, especialmente, frente a la crítica voraz,  pudo aprovecharse mejor para impedir  que terminara como termina Nine: opacada por la excesiva  pasarela de estrellas que acudieron al llamado de Rob  Marshall. A las estrellas del celuloide, eso está más que probado, les gusta reunirse  de vez en cuando – así sea en los carteles y en los cócteles de promoción, más que en los propios sets de filmación –  para entretenerse un rato y asegurarle de paso a su amigo, sea el director, sea el productor o sean ambos,  el señuelo taquillero de un estelar reparto.

Nine gusta por pedazos, no como pieza entera. Gustan algunos de sus montajes musicales porque están bien hechos y explotan la fascinación de unas coreografías muy bien sincronizadas y, uno de ellos especialmente, la magia incomparable del blanco y negro. Pero de allí a decir que en Nine hay película, hay un enorme e intransitable trecho. La mente en blanco del artista, su desesperado bloqueo creativo no pasan de ser en la historia unas tímidas insinuaciones ahogadas en el esplendor que debía dársele a todas y cada una de las divas invitadas. Madre, esposa, amante, consejera, compañera y musa…. de todo tuvo este Guido a quien la estrella de la fortuna – o del infortunio vaya uno a saber – sólo le concedió mujeres hermosas. A cada una le tocó su lucimiento. En la escena unas lo hicieron mejor que otras y otras o, mejor, otra, la Loren,  no tuvo que hacer nada porque lo suyo era simplemente posar.

De este firmamento femenino, excesivo a mi gusto, hay que rescatar a la Cotillard que hace un trabajo sobresaliente allí donde la consigna era, más que actuar, simplemente posar. Quizás contó con la suerte de encarnar el personaje menos frívolo y eso le permitió demostrar, una vez más, sus virtudes escénicas.

A Penélope la queremos mucho y quizás no debiéramos quererla  tanto. Le estamos haciendo daño.  Postularla por su papel en Nine a mejor actriz de reparto me parece, como el firmamento femenino de la película, excesivo.  Las piruetas que hace arropada en el sensual satín no dan para tanto. A ella el lente la consiente, la cámara la acaricia  y eso lo saben bien los directores que la buscan y, por supuesto, ella que sabe girar esos ojazos negros cuando, como diría el poeta, por sobre el hombro nos llama una palmada. Otros galardones han de haber para premiar esos encantos pero no, pienso yo, el oscar a la mejor actriz de reparto. Si me oyeras, querida Penélope,  al oído te diría que busques a aquellos directores que de devuelvan a lo tuyo,  a tu más entrañable talento y te diría, también la oído, que es en esos papeles cuando quienes tanto te queremos, aún más te queremos.

Y al despuntar el día, léase al encenderse las luces de la sala, desparecido el firmamento femenino que había resplandecido minutos antes, Nine pasa, inadvertida, al cajón del olvido.

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