Medianoche en París
Autor8
H. Santana (Dirección Distinta Mirada)8
8Nota Final
Puntuación de los lectores: (1 Voto)
6.0
TÍTULO ORIGINAL: Midnight in Paris
Esta vez Allen se sale con la suya.  Midnight in Paris es un divertimento tejido con una técnica  fina donde se reúnen, de una parte, el rescate de un romanticismo idealizado y, de otra,  la acostumbrada e inteligente sorna del ya emblemático director neoyorquino. La historia es ingeniosa sin perder por ello un acento ingenuo o, para decirlo con un término más acorde con la película, naif.
Antes de su inminente matrimonio Gil (Owen Wilson) e Inez (Rachel McAdams), americanos ambos, pasan unos días en Paris. Para ella la ciudad  es  una tienda afamada e inmensa donde podrá comprar antigüedades, vestidos  y joyas,  para con ellos demostrar, en su distante y añorada América, su distinción, su elegancia y su tan europea sofisticación.   Para él, en cambio, Paris debe seguir siendo, en algún rincón, en algún recodo de la memoria, la fiesta celebrada por Hemingway; una fiesta de excesos y genialidades, un suceso empapado en absenta donde el mundo parecía caber en un trazo acertado, en la arquitectura elemental y perfecta de una frase bien escrita.
Cuando el reloj anuncia la medianoche, Gil, arrastrado por una fascinante reversión temporal , termina en esa Paris irreal y bohemia de finales del siglo XIX y comienzos del XX; una ciudad imaginada y reinventada por todos a donde fue a parar un puñado de artistas cuyos nombres, opacando a veces sus propias obras, aún resuenan – y resonarán por siempre – en la memoria colectiva:  Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald, Pablo Picasso, Gertrude Stein, Salvador Dalí, Henri de Toulouse-Lautrec, Luis Buñuel…. Gil no sólo se topa con estas grandes figuras, intima con ellas entrometiéndose en sus amores, pidiéndoles opinión sobre su trabajo (terminó de escribir una novela), soñándose él también parte de esa generación  perdida , un contertulio más en el famoso salón literario de la señora Stein.
Dos planos empiezan a intersecarse. El real: una pareja en vísperas de su matrimonio  de  vacaciones  en Paris. El imaginario: el dubitativo novio y su encuentro nocturno con los grandes artistas de la bohemia francesa.  Gil se mueve en los dos planos ante su propia perplejidad y va viendo como la mentira o al menos la fantasía del mundo irreal de las madrugadas, le muestra unas fichas claves para encarar de una manera más auténtica y sincera su destino en el mundo real.
Allen se suma con maestría al repertorio de remembranzas y elogios de una época de ensoñación marcada por un laissez faire artístico permisivo, liberal y prolífico. Ninguna París ha sido esa París construida colectivamente por el deseo y por el endiosamiento de unos artistas cuyo talento seguramente habría florecido en cualquier lugar del planeta. Sin embargo cuanto queremos y añoramos todos esa París inventada y cuanto nos gusta entregarle a sus buhardillas, sus bistros y sus callejuelas oscuras y lascivas el mérito de haber sido el escenario de unas vidas únicas marcadas por una irrepetible pasión creadora.
Midnight in Paris es una sincera declaración de amor y como toda declaración sincera de amor es ingenua, algo torpe y, sobre todo, hermosa. Una declaración de amor hacia una ciudad imaginada cuyo nombre coincide con el de la capital francesa y cuyas  ventanas,   muros y cielos compartidos hacen que no sea posible ya, de las dos ciudades, imaginar la una sin la otra.
Muchos méritos tiene la película. Su idea es el primero. Servirse del hecho cotidiano de unos paseantes norteamericanos en Paris para de allí derivar toda esta fantasía, es sencillamente genial.  No se trata, además, de simplemente permitirle al protagonista devolverse en el tiempo para toparse con sus modelos y maestros; la idea va mucho más lejos: se trata de mostrar como una ciudad será siempre las tantas ciudades de los ojos posados en ella. La idea de este contraste entre unicidad y pluralidad es, en Midnight in Paris, fascinante.
Un segundo mérito es lograr una narración sencillamente cautivante y deliciosa. De Midnight in Paris se sale  con una leve sensación de enamoramiento derivada de la manera como Allen aborda su historia. Lo hace sin pretensiones intelectuales y dándole a la pasión por esa mítica Paris una presentación ingenua y fresca. El tributo pudo ser caótico y complejo como caótica y compleja es Paris. Pero de eso no se trataba; se trataba de homenajear un imaginario colectivo sirviéndose para ello de  una grata historia protagonizada  por la fidelidad debida a una manera de entender y encarar el sentido de nuestra propia existencia.
Un tercer mérito muy propio de Allen es aprovechar la ocasión, en medio de tan lúcido entretenimiento,  para tirar sobre la mesa los dados de cual pudo ser – o quizás cual es – el mejor de los tiempos.  Gil quiere volver a los mejores tiempos de las tertulias de Gertrude Stein y es estando en ellos cuando quienes los viven le confiesan su deseo de volver a otros momentos, los ya idos, a sus ojos y con la distorsión de toda distancia y todo acomodamiento,  los mejores tiempos. El acertijo por supuesto no tiene respuesta; es una provocación más de Allen, un contador nato de historias adobadas siempre por bifurcaciones inconclusas anunciantes de otras posibles historias.
Uno puede tener, como muchos, a Allen en su cabecera cinematográfica y uno puede, igualmente, no tenerlo. Pero más allá de estas predilecciones nadie puede negar su marca, indeleble ya, en la historia del cine. Allen – como Hemingway , como Picasso, como Buñuel –  es un estilo propio, una impronta reconocible, un lente con nombre.
Se tiene a Gertrude Stein  como la fundadora  de un estilo llamado el litismo, una suerte de tautología o repetición  verbal justificada en el texto por su propósito de reiteración o por su efecto musical. Famoso, de su poema ¨Sacred Emily¨ aquel verso de ¨Rose is a rose is a rose¨.  Digamos entonces, sólo para reconocerlo y reiterarlo: Woody Allen es  Woody Allen, es Woody Allen.

 

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

Dirección Distinta Mirada

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