Mi Semana Con Marilyn
Autor7
H. Santana (Dirección Distinta Mirada)7
7Nota Final
Puntuación de los lectores: (1 Voto)
6.6

TÍTULO ORIGINAL: My Week with Marilyn

Que me desmientan los biógrafos y  los sicólogos pero yo creo que una semana bien vivida y bien contada es suficiente para retratar a una persona. En Mi semana con Marilyn su director, Simon Curtis,  logra transmitirnos ese desenfado, a la vez irritante y seductor, con  el que la emblemática rubia  se levantaba, algo atolondrada, cada día. La semana de la película fue sin duda una semana especial.  La Monroe (Michelle Williams) llega a rodar una película en Londres precedida de su bien merecida fama de diva incumplida e inmanejable.  Llega tomada de gancho de su esposo  Arthur Miller (Dougray Scott) evidenciando que más allá de la pose para una fotografía, a la pareja le quedaban muy pocos días. La espera su compañero protagónico Sir Laurence Olivier (Kenneth Branagh) quien tendrá que sufrirla para así también poder gozarla . Se le cruzará en el camino  Colin Clark (Eddie Redmayne) un despistado muchacho que encontró en el rol de utilero la manera de meterse en los intríngulis de la producción de una película.
Semana suficiente para acercarnos al ícono cinematográfico porque durante ella su matrimonio se resquebraja; suficiente porque en esos días su talento se tambalea y porque su belleza muestra sus impurezas; suficiente porque las drogas se esparcen sobre la mesa y porque la flecha de la ruleta se detendrá en ese utilero de paso que por esa semana fue, con toda la intensidad y también con toda la ingenuidad del término, el novio de Marilyn Monroe.
Mi semana con Marilyn es una película que se ajusta muy bien a sus pretensiones. Curtis no persiguió con ella ni una exhaustiva biografía de la leyenda ni, tampoco, una densa inmersión en el drama que fue la comedia de su vida. Mi semana con Marilyn es, como ella,  algo ligera pero con esa ligereza  que tiene el don de perturbar todo aquello que roza. La Monroe tuvo ese inexplicable encanto de ser la más bella sin serlo; de ser la más sensual sin serlo y de atraer hacia su centro, sin mayor talento, todas las cámaras que la miraran.  Ese es y ese será por siempre el fenómeno Marilyn Monroe.
Sin mayores ambiciones pero sí con muchos aciertos lo que logra Curtis es un acercamiento, más de provocación que de profundización,  al ídolo.  La Monroe fue siempre un vientecillo ligero y torpe al que solo detenía – y eternizaba – el flash de la cámara fotográfica.  Esa mezcla de lo etéreo con lo permanente se logra muy bienen Mi semana con Marilyn alternando la imagen estática de la fotografía con  el curso de la película .Lo fascinante de la Monroe era que a su banalidad la completaba un aura involuntaria de atracción y deseo. Ella no se lo proponía,  simplemente le surgía.  Esta mezcla desconcertante de no me doy cuenta pero sé que el mundo se derrumba a mi paso, está perfectamente representada en Mi semana con Marilyn. Michelle William lo hace con la espontaneidad que la tarea requería. La actriz captó de la diva  ese sonambulismo causado por las drogas y, especialmente, por ese no pertenecer a este mundo y saber que con un guiño o con  un dedo en la boca lo tenía a sus pies.
Mi semana con Marilyn es  una mirada de quien estuvo cerca de ella y, por ello,  con la distorsión inevitable que causa tal proximidad. Una semana con la Monroe obnubila, decepciona, intriga, desconcierta y enamora porque estar con ella es darse cuenta que su cercanía es un engaño,  que su belleza es un fingimiento supremo,  que su voz tiene la condena del eco, que la hemos inventado y sublimado a partir de un deseo insatisfecho y que lo que en ella vemos es apenas la luminiscencia de lo que nunca estuvo. No en vano es, en toda la extensión del término, una estrella.
Nota a deshoras: y si nos quedamos viéndola un rato….
 

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