El anuncio de la programación de la segunda edición del biff ha traído buenos recuerdos para mi. Hace más años de los que quisiera contar, siendo apenas -como dirían nuestros hermanos del sur- un pibe, si bien tenía una predilección clara por el cine, mi gusto era más bien visceral, desordenado y “románticamente libre”, al punto que la historia cinematográfica tenía un atractivo bastante limitado para mí. Aún si hubiese podido superar las barreras de consecución de material que hoy ya no son obstáculo, muy lejos de mi radar estaba sentarme a ver una película de cine mudo de los años veinte.

Siendo al mismo tiempo y en mayor medida fanático de la música, si que estaba en mi radar un personaje que probaría, cada vez más con el tiempo, ser un personaje muy interesante. Giorgio Moroder había sido ya DJ, había estado muy inmerso en el movimiento de música electrónica en Alemania, su nombre estaba atado de diferentes formas a monstruos de la música como Queen, Led Zepelin, o Blondie y , en contraste, a otros más “comerciales” como Donna Summer, Elton John o al conocidísimo Flashdance… What a Feeling, que él mismo compuso.

Se anunciaba entonces discretamente (casi subterráneamente) la proyección de un film de los años veinte, recién restaurado por Giorgio Moroder, que además tendría el gran atractivo (o para muchos otros el gran sacrilegio cinematográfico) de presentarse en un formato atrevido y novedoso: Moroder había trabajado con varios músicos de la época, incluyendo a Freddie Mercury (Queen) y Jon Anderson (Yes) entre otros, para agregar la banda sonora que acompañaría la proyección de forma protagónica.

Sería para mí una de las experiencias cinematográficas que se quedaría indeleblemente grabadas en la memoria. La película era Metrópolis, de Fritz Lang (1927); Moroder había conformado una versión recortada, había teñido secciones completas con colores básicos, según su idea de presentar la trama, pero sin duda lo más impactante terminaría siendo la banda sonora que acompañaba perfectamente las escenas, sonando a todo volumen entre la oscuridad de la sala y la brillantez de las imágenes proyectadas.

Imposible no recordar todo esto (y tomarlo de pretexto para hablar de la película) al ver que el Bogotá International Film Festival 2016 incluye para este año una sección que han llamado Cine conciertos, evocando de alguna manera aquella idea de los ochentas de Moroder, proyectando dentro del festival cuatro clásicos de los años veinte, acompañados en este caso no por una banda sonora, sino llamativamente por DJs, que ajustarán la música allí mismo a medida que las escenas transcurren. El ejercicio de tener música en vivo durante la proyección de películas de los veintes ya se había hecho en Colombia recientemente, pero más a la manera de las proyecciones del cine mudo en su momento, utilizando música clásica, no la novedosa idea de incorporar música contemporánea programada por DJs.  La selección la conforman cuatro joyas: Berlín, sinfonía de la gran ciudad (Walter Ruttmann, Alemania, 1927), esta además con un título perfecto para la sección; dos películas del gran Hitchcock, Chantaje (Reino Unido, 1929) y El enemigo de las rubias (Reino Unido, 1927); y El último (F.W. Murnau, Alemania, 1924).

La experiencia de ver la versión que Moroder hizo de Metrópolis, en la pantalla grande, no solamente me abrió en su momento al mundo de los clásicos, utilizando como puerta de entrada un formato atractivo e innovador, sino que, aún siendo una película futurista de la época, de ciencia ficción, descubrió para mí uno de los mayores encantos de ver películas de otras épocas, independientemente de su género o de su afinidad con el gusto personal, y es que son algo así como una ventana desde la que se puede observar el pasado: los objetos, los lugares, las modas, y en el caso de Metrópolis, hasta la visión del futuro parados en ese punto lejano del tiempo, sorprendiéndonos en nuestros días con lo acertado de la forma como la automatización invadiría nuestro mundo, y con muchos detalles más. El contraste moderno/antiguo de la música/imágenes intensifica las sensaciones.

Me enteraría después de la importancia de Metrópolis en la historia del cine, y de cómo seguiría escribiendo su historia hasta nuestros días de forma asombrosa, pues siempre se supo que parte de la película original se habría perdido para siempre, ya que poco después de su estreno en 1927, Paramount en EEUU y la Ufa en Alemania la habrían recortado irremediablemente en contra de los deseos de su director Fritz Lang, alegando duración excesiva y (dicen algunos) mensajes pro comunismo. Más de ocho décadas tuvo que ser vista en su versión cercenada, hasta el sorprendente descubrimiento en el 2008 de una versión original, mal etiquetada y almacenada en rieles polvorientos en el Museo del cine de Buenos Aires. Gracias a la increíble historia de su recuperación y restauración (ver enlace abajo a un documental que lo narra), Metrópolis puede verse hoy como su director lo quiso originalmente. Una verdadera joya, de esas que hay que no hay que quedar sin verse.

El biff 2016, con su sección de Cine conciertos, abre la posibilidad de vivir experiencias cinematográficas similares, de descubrir grandes películas de otras épocas desde un ángulo diferente, de mirar por esas ventanas hacia el pasado en un marco de modernismo, de lograr un momento cinematográfico especial e imborrable. Y adicionalmente, si se quiere, de seguir la rumba con los DJs allí mismo, después de la proyección. Imperdible.

Más sobre la recuperación de Metrópolis…

Metrópolis refundada (2010) from Delfin on Vimeo.

Sobre El Autor

Humberto Santana S.
Dirección Distinta Mirada

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