Maestro
Andrés Quintero6.5
LO MEJOR
  • La indiscutible belleza de su reparto, paisajes y locaciones
  • Michael Lonsdale. Le basta estar para ser
  • El rescate de detalles tales como la modulación al hablar y la sensación del paso del tiempo durante el rodaje
LO PEOR
  • La indiscutible belleza de su reparto, paisajes y locaciones. No increíbles sino no creíbles.
  • El apresuramiento en el manejo del tema de fondo
6.5Interesante

Maestro aficheTÍTULO ORIGINAL: Maestro

AÑO: 2014

DURACIÓN: 81 min

GÉNERO: Comedia

PAÍS: Francia

DIRECTOR: Léa Fazer

ESTRELLAS: Pio Marmai, Michael Lonsdale, Déborah François, Alice Belaïdi, Nicolas Bridet

 

En la última reseña que publiqué en Distinta Mirada elogié la forma como una reciente película uruguaya, Tanta Agua,  había renunciado a todos los “enganches” emotivos a los que el cine, para bien y para mal, nos tiene acostumbrados. Destaqué  de sus directoras el que hubieran optado, a contracorriente,  por darle una mirada desmaquillada de drama y de comedia, a un evento tan ordinario y simple, tan cercanamente nuestro, como lo es un paseo familiar  al que la lluvia inclemente condena al aburrimiento y al encierro.

De contraste me sirve el recuerdo de esta nota sobre la película uruguaya para ahora escribir  sobre una apuesta cinematográfica radicalmente opuesta. Maestro es el título  de la última película de la directora y guionista Léa Fazer y es también una de las cintas programadas en el 14o  Festival de Cine Francés que empieza en Bogotá y también en otras ciudades del país,  el próximo 17 de septiembre. Así como Tanta Agua es un asomo a la ordinariez cotidiana, Maestro  es por el contrario  un canto adornado, casi embadurnado, de belleza, sensibilidad, delicadeza y  sensualidad. El trabajo de la Fazer se basa en el encuentro real del director Eric Rohmer (1920-2010) con  el joven actor Jocelyn Quivrin (1979 – 2009) en el rodaje de Les amours d´Astrée et Céladon (2007). Este encuentro generacional alrededor del arte intemporal y su desenlace trágico (Quivrin de apenas treinta años muere en un trágico accidentes automovilístico y apenas unos pocos meses después fallece Rohmer su director, maestro y amigo), le sirven a la directora francesa para hacer su propia versión de ese provechoso choque entre dos distintas visiones de lo que es el cine y la actuación, finamente hermanadas por una estética que siempre trasciende edades y momentos.

En Maestro, Henri (Pio Masmai) es un joven actor que sin pensarlo y contra su deseo (lo suyo era actuar con bíceps abultados y mirada oblicua en un Rápidos y Furiosos) entra a formar parte del elenco de una película de autor dirigida por el ícono intelectual del cine francés Cedric Rovere (Michael Lonsdale). Su plan deslumbrante de ser un rudo galán queda reducido – o maximizado –  al delicado rol de un aturdido y enamoradizo joven que caerá rendido ante los indiscutibles encantos de su compañera Gloria (Deborah Francois). En lugar de las camisetas negras ceñidas al cuerpo musculoso, Henri lucirá una túnica angelical  de pastor.  Rudeza ninguna y sensualidad pura en su mejor expresión de mera insinuación. Lentísimo y apacible en lugar de rápido y furioso.

Más que el predecible lazo afectivo que surgirá entre Henri y Gloria , la película realza el vínculo de afecto, confianza y admiración entre discípulo y maestro. Al final de su carrera Cedric encontrará el encanto del ímpetu de su pupilo y esta a su vez, al inicio de la suya, la enseñanza del que ya anduvo el camino. A Maestro la habitan todos los lugares comunes de lo bello. Actrices y actores son  un derroche de hermosura, los paisajes parecen pintados con pincel y el propio Cedric es el retrato arquetípico de la sensibilidad y la sabiduría. A lo que aspira Maestro y se queda a mitad de camino, es a que su trama refleje la frase de Claude Lelouch que Cedric le cita a su alumno: “disfruta la vida; ya es mucho más tarde de lo que te imaginas”

Maestro secundaria

No puedo – ni nadie puede – decir que es mejor aquel cine que por su estricto apego a ella, refleja fielmente la realidad o que mejor es aquel que hermosea o afea la realidad o le extrae uno o varios elementos para mostrarla de esa otra forma que hace del cine lo que el cine es. Sí puedo en cambio decir que buen cine es aquel que más allá de sus fidelidades o infidelidades con la realidad, crea su propia verdad y la hace creíble y convincente para el espectador. Esta regla vale tanto para la más alocada de las ficciones, como para el más adusto de los documentales.

Sin desconocer el placer visual que siempre provoca lo bello, Maestro desaprovecha la oportunidad de ahondar en ese espiral envolvente que en el cine ha dejado de lado los lenguajes sutiles reemplazándolos por estridencias que hacen cimbrear al espectador pero que ni dejan huella, ni perduran. Aunque es su tema, la  película tampoco explora como hubiera podido hacerlo esa diferencia de enfoques – estéticos, morales y artísticos – que siempre parece interponerse entre las distintas generaciones. Y no es su tono de comedia el que lo impide porque el buen humor  siempre denota inteligencia, agudeza y finura.

Por quedarse en la capa del disfrute sensorial,  Maestro termina siendo tan o más “clichesuda”  que una cualquiera de las muestras rutilantes del cine de acción o de comedia de Hollywood. La diferencia es que estos últimos suelen ser  sinceros y básicos en sus aspiraciones en tanto que una película como Maestro pretende, entre belleza y broma, calar hondo. La película de Léa es una buen collage de recuadros, una entretenida pasarela de guapas y guapos y, también, un sentido homenaje a los que con tan corta diferencia de tiempo se fueron como si estuvieran consumando un conjuro. Todo eso la hacen agradable y llevadera. Son en cambio su ligereza, su superficialidad y su preciosismo vacío los que le impiden, sellos verbales de toda buena película, conmover y permanecer.

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