Luz de luna
Andrés Quintero8.5
Humberto Santana8.5
LO MEJOR
  • Su estética : tan sobria como expresiva
  • Sin maniqueísmos ni arquetipos, el manejo de la temática homosexual
  • Su fotografía
LO MALO
  • Algunos tópicos comunes que en nada la demeritan
  • La irregularidad de su ritmo
8.5MUY BUENA

TÍTULO ORIGINAL: Moonlight

AÑO: 2016

DURACIÓN: 1 hora 51 min

GÉNERO: Drama

PAÍS: Estados Unidos

DIRECTOR:  Barry Jenkins

ESTRELLAS: Trevante Rhodes, Naomie Harris, Mahershala Ali, Ashton Sanders, André Holland

Comienzo a escribir estas líneas horas después de los Spirit Awards 2017 y horas antes de la entrega de los Oscars 2017.  Mientras que la indiscutible ganadora de los primeros fue la sobria y sorprendente Moonligt , todas las encuestas señalan a La La Land como la  triunfadora de los segundos.  Si este último pronóstico se cumple, creo que ambas premiaciones habrán reconocido  de una y otra película sus muy distintos, pero en ambos casos aquilatados,  méritos.

A diferencia de la justamente encomiada La La Land, Moonlight llegó a las justas cimematográficas de comienzos de año con un discreto perfil. No la anunciaron trompetas ni la precedió la parafernalia comercial que tanto se usa para las buenas, mediocres y malas producciones de Hollywood. Moonlight llegó a las pantallas y a las galas como sin querer queriendo, porque así es ella: un trabajo sobrio donde la insinuación desplaza lo explícito; un tejido sensible que descarta tonos reivindicatorios o de denuncia y que opta, por no hacer otra cosa que mirar con calma.  Dice la vieja balada que las cosas se cuentan solas, que solo hay que saber mirar.  Eso es lo que hace, sin aspavientos,  Moonlight.

 Decenas y decenas de películas se han hecho, sobre todo en los últimos veinte años,  sobre la homosexualidad; de acallado  a tabú y  de estigmatizado a reivindicado , el tema lleva ya un buen tiempo recorriendo la pantalla, casi siempre con  propósitos  de reconocimiento,   aceptación e inclusión.  En este contexto hacer una película sobre este tema sin caer en la repetición  o en la hueca reiteración no era tarea simple y eso fue lo que tuvo en cuenta Barry Jenkins, el director de Moonlight,  cuando decidió llevar a la gran pantalla, adaptándola de una historia de Tarell Alvin McCraney, la vida de  Chiron, un chico negro que crece en un ambiente disfuncional y agresivo , con una madre adicta y un entorno hostil que lo encierra en sus profundos silencios y en el ocultamiento de sus preferencias sexuales.  Con una historia llena de elipsis que brinca de un Chiron niño a un Chiron adolescente y, finalmente, a uno adulto, Moonlight es un discreto pero a la vez penetrante asomo a la vida de un ser que no logra aceptar su condición porque cada día se enfrenta a una cultura, la de su comunidad negra, que exacerba en el hombre la fuerza, el atropello y la vulgaridad; en la casa, en la calle, en el salón de clase, todo rezuma una malentendida virilidad y un lamentable machismo.  Es en ese infierno de discriminación e incomprensión en el que Chiron crece acallando su propia naturaleza y comprando, al precio que sea, los cánones de aceptación y sobrevivencia.

Esa historia, ya tantas veces contada, Jenkins la enfoca, resignificándola, con una contención desgarradora y un sobrio lirismo.  Todo en Moonlight es duro pero siéndolo tiene una incomprensible tersura que el espectador no logra descifrar del todo pero sí sentir a fondo. No hay reivindicaciones, ni aceptaciones, ni inclusiones; no hay mensajes, ni hay proclamas; no hay desenlaces emotivos o frustrantes.  Solo hay una inmersión en sensaciones no verbalizadas que entremezcla, a través de una  ecuación magistral, dureza y sutileza.  Todo reforzado por la acertadísima fotografía de James Laxton que recoge con asombrosa precisión esa furiosa pero contenida pesadumbre.  Las actuaciones de quienes representan a Chiron en los tres saltos temporales que da la película son sobresalientes: interpretaciones todas tres que deben suplir la eficacia de las palabras con un derroche de expresividad en los rostros y los simples gestos.  Por todo lo anterior y por más, Moonlight se sale del molde de sus compañeras de género y despunta con una ambientación y una estética que la hacen, ms que notable, excepcional.  Pero es sobre todo su manejo arriesgado y respetuoso  – nunca provocativo, ni exhibicionista –  del homosexualismo el que hace de Moonlight  una mirada diferente, con una estética absorbente y sin falsos discursos incluyentes.

Termino de escribir estas líneas horas después de la entrega de los Oscar 2017.  Con los siempre ingeniosos apuntes que una situación de estas provoca, el mundo entero sigue comentando lo sucedido en el cierre de la ceremonia.  Luego de que Faye Dunaway supuestamente leyera en la tarjeta que el galardón de mejor película era para La La Land y que el elenco y equipo su equipo de producción subiera al escenario para recibir el premio, fue uno de los integrantes de este último quien advirtió el error y de la más inusual e inesperada de las manera terminó anunciándole al grupo de Moonlight  que la suya era la película triunfadora de la noche.

Más allá de responsabilidades y culpas lo relevante es que la película de Jenkins se alzó durante el fin de semana con el Spirit y con el Oscar.  Muchas lecturas pueden dársele a esta coincidencia pero lo cierto es que contra todo pronóstico Moonlight demostró que una producción independiente puede, a su manera, ajustarse a los protocolos de juicio de ambos jurados y convencerlos de su irrebatible calidad. ¿Cómo pudo la historia sobria y dolorosa de Moonlight aventajar en esta competencia al encantador y rutilante relato de La La Land?  Más allá de gustos y preferencias, personalmente creo que ni Moonlight ni La La Land son lo que a simple vista parecen.  Ni la primera es una denuncia sombría contra la homofobia, ni la segunda es un divertimento fácil para encantar al público.  Ambas, cada una a su modo, retratan aristas de la condición humana. Ambas son tan realistas como tristes y poéticas.  El que la Academia se haya inclinado esta vez por una película como Moonlight es la demostración de que los códigos de apreciación de estos dos jurados, de siempre considerados disímiles y distantes, quizás ya no lo sean tanto.  Bienvenidas sean esas coincidencias en la apreciación de lo que es bello y que por serlo, diría el viejo Platón,  también es bueno.

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