Es muy probable que en el  preciso momento en el que escribo estas líneas,  unas sorpresivas trompetas estén entonando  el All you need is love de los Beatles cuando la pareja de recién casados haya iniciado su solemne marcha de salida.

Desde que en la famosísima escena de Love Actually, Mark (Andrew Lincoln) sorprende a su amigo Peter (Chiwetel Ejiofor) llevándole a su boda unos músicos que de repente emergen entre la concurrencia maravillando a todos con su interpretación “escalonada”  de la inmortal  canción del cuarteto de Liverpool, han sido muchos y regados por todo el mundo, los matrimonios que, con mayor o menor fidelidad, han imitado esta fantástica escena. Basta un rápido vistazo al video que está en la parte superior de esta  nota para comprobarlo.

Love_Actually-aficheLos menos de dos minutos  de su duración son suficientes para caer, una y otra vez, rendido ante su encantadora simpleza. Aunque quienes se casan son Peter y Juliet (Keira Knightley), el indudable protagonista de la escena, descontada la música por supuesto, es Mark: fue él quien armó la sorpresa, no como muestra de su afecto para su amigo Peter, sino como tributo silencioso a Juliet  de quien está ( y quien no de esta adorable Keira a sus 18 años)  profundamente enamorado.  Contrasta el no gestual  que Mark da cuando Peter le pregunta, también con señas, si fue él quien organizó la sorpresa, con  la cómplice chocada de manos que Mark se da con el sacerdote en una clara y cruzada señal de fui yo y te felicito por esa.

La magia de esta escena proviene  del efecto, sensiblero si se quiere pero indudablemente contundente,  de la emblemática canción de los Beatles y, especialmente, de la manipulación emocional de la que es capaz, bendito sea dios, el cine.  Según el Diccionario de la Real Academia  una de las acepciones de la palabra manipulación es la “intervención con medios hábiles, a veces arteros, en la política, en la información etc.  con distorsión de la verdad o la justicia y al servicio de intereses particulares”. Medios hábiles   son precisamente los que se usan en esta escena para llegarnos al más cutáneo, placentero y periférico de los niveles. La canción elegida, su interpretación,  la belleza de Juliet, la majestuosidad de la iglesia, la trascendencia del momento y la fascinación de la concurrencia: todo está, sí, arteramente dispuesto  para lograr  eso tan simple y  tan injustamente desvalorizado  que se llama emoción. Rehuirla o negarla será siempre una posibilidad; aceptarla y  gozarla, otra. Las disquisiciones sobran.

Lo curioso – y también lo enormemente valioso –  es que en esta escena la distorsión de la realidad, propia de la manipulación,  no se siente  ni fingida, ni postiza. Tan se la siente real y tan conmovedora  nos resulta, que es por eso que seguramente en este instante, en el que se escriben o leen estas líneas, en alguna boda, en algún lugar del mundo,  al ceremonioso  momento de la salida de los novios y  en lugar  de la marcha nupcial de Mendelssohn,  debe estar oyéndose, en la voz grave de un barítono negro, ese “there´s nothing you can do that can´t be done” que en esta escena a mí, sencillamente, me fascina.

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

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