Los mejores años de nuestra vida
Autor9
H. Santana (Dirección Distinta Mirada)8.5
8.8Nota Final
Puntuación de los lectores: (1 Voto)
3.2

TÍTULO ORIGINAL: The Best Years of Our Lives

AÑO: 1946

DURACIÓN: 172 min.

GÉNERO: Drama, Romance, Guerra

PAÍS: Estados Unidos

DIRECTOR: William Wyler

ESTRELLAS: Fredric March, Dana Andrews, Myrna Loy

 

El propósito central de la sección Joyas de Distinta Mirada es el de servir como vitrina de insinuación para que los lectores se animen a conseguir y ver aquellas películas que marcaron historia y que muy difícilmente se les cruzarán en su ruta cinematográfica. El cine, a diferencia de artes como la literatura, la música, la pintura o la escultura, es fundamentalmente momentáneo. Se ve lo de hoy, lo del momento; se espera con ansia lo de mañana pero lo de ayer, por bueno que sea, rápidamente se hunde en el olvido. Los operativos de rescate en esta materia son nobles pero pocos, loables pero casi siempre ineficaces. Eso no impide que algunos nos empecinemos en el deleite que producen estas películas, en su búsqueda y, más allá de lo que diga la odiosa estadística, en su promoción entre aquellos que se dicen amantes del buen cine.

Yo llegué a Los mejores años de nuestra vida porque una de mis almas gemelas en FilmAffinity la tiene, galardonada con diez estrellas, en la galería de sus favoritas. Hallarla fue fácil. Simplemente la busqué a través de Google dándole el nombre de la película seguido del online y allí estaba, íntegra e intacta. Lista para ser vista.

Tres soldados regresan a casa después de terminada la segunda guerra. De los cielos cruzados por bombarderos vuelven a la cotidianidad de sus rutinas familiares y laborales. El retorno no es fácil. Una cosa es el gran enfrentamiento bélico y otra la discretísima batalla del día a día. El rótulo de héroes se va diluyendo para cederle espacio a las enormes dificultades que consigo trae el reincorporarse a una vida que pronto pone de presente que la insensatez y la mezquindad no son patrimonio exclusivo de las guerras globales. Su director William Wyler , quien luego alcanzaría la fama con películas como Vacaciones en Roma (1953), Ben Hur (1959) y Funnay Firl (1968), logra en Los Mejores años de nuestra vida un retrato honesto y simple pero a la vez muy elocuente de la naturaleza humana. A estos tres hombres, de caracteres bien distintos, los persiguen sus miedos y sus fantasmas. Los tres saben que pese a estar de vuelta ya nunca podrán regresar del todo porque se quedaron en algún cielo humeante encapsulados en una cabina y con la mira puesta en el próximo objetivo. Pero la vida sigue y se impone y ellos tendrán que encarar la realidad con sus penurias y sus ilusiones. Ayudará, y mucho, no saberse solos, percatarse por un momento que al otro lado de la calle o en el bar de siempre, otro, como ellos, también está luchando esa compleja reincorporación pero nunca la precio de la abyecta sumisión.

Los Mejores Años de Nuestra Vida (The Best Years of Our Lives, 1946)

Los mejores años de nuestra vida es un himno discreto a la miseria y a la grandeza humana. Uno de sus grandes méritos es que evita todo asomo de grandilocuencia visual o discursiva. Los tres sobrevivientes son, antes que nada, hombres corrientes deseando amar y deseando ser amados; criaturas ordinarias que aspiran a un sueldo estable y a un césped que podar. Y uno se pregunta, tal vez no durante la película pero sí después de ella, si esos mejores años de la vida fueron los que los tuvieron fuera guerreando contra enemigos desconocidos e invisibles o si fueron más bien estos otros, los del reencuentro con los suyos y con sus realidades elementales y próximas. Quizás los mejores años no sean ni los unos ni los otros sino todos porque es del contraste entre ellos que emergen los brillos y las sombras y si en la distancia el hogar era la mayor herida ahora, ya de vuelta, es la distancia la que se abre como una inexplicable herida.

Películas como Los mejores años de nuestra vida tienen esa redondez de la historia simple que cautiva. Sus personajes están por encima de las actuaciones y no, como ahora tanto sucede, subordinados a estas. Por eso  perduran, por eso enamoran. La historia tiene el don de adentrarse sin importurnar pero sí para quedarse a través de una escenas memorables que siempre querremos volver a ver. Más alla de cualquier disquisición eso es y eso será siempre el gran cine.

El cine congrega un sinfín de gustos. Hay quienes adoran la comedia y los hay que veneran el terror; otros prefieren el drama en tanto que otros reverencian la ficción. Más allá de estas comprensibles o incomprensibles inclinaciones, hay películas que están y estarán por encima de las corrientes momentáneas de los gustos individuales; películas que supieron amasar una historia para luego inscribirla en el imaginario colectivo del buen cine. Los mejores años de nuestra vida es, simple y llanamente, una película que hay que ver . Para denigrar del género humano y para, a la vez, congraciarse con él; para desconfiar de nuestra capacidad de amar y para, al mismo tiempo, reconciliarnos con ella. Con todo lo mejor que pueda caber en ambos verbos, Los mejores años de nuestra vida es una películas para ver y para querer.

 

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