La consigna por aquel entonces era no invitar al cine, en las primeras de cambio, a la niña que nos gustaba. El asunto tenía su lógica. Ir a sentarse, trémulo y mudo, al lado de quien nos hacía sudar la manos y enrojecer el rostro no era la mejor fórmula ni para avanzar en la conquista , ni para disfrutar de una película. Lo más probable sería que durante todo el tiempo de la proyección nos la pasáramos debatiéndonos entre la osadía de tomarle la mano o, al menos, la aparente tontería de quedarnos extasiados mirando su perfil justo a nuestro lado. Distinto era si superadas las angustias y las zozobras del enamoramiento, la niña ya era oficialmente nuestra novia. Se convertía entonces o al menos eso creíamos, en la mejor compañía para ir al cine. Quién acaso no tiene grabadas en la memoria aquellas películas que vio acompañado de sus primeros y quebradizos amores?

Pasado algún tiempo y algo ya más decantado el furor de los comienzos, el acople cinematográfico empezaría a presentar sus inevitables fisuras. Y qué le ves a un hombre mugriento que no hace otra cosa que balearse con los demás en todos los pueblos a los que llega? podía ser la pregunta de ella frente a nuestro entusiasmo por uno cualquiera de los western de John Ford. Nosotros, en cambio, nada decíamos ante sus incomprensibles éxtasis cinematográficos. Nos limitábamos a esquivar aquellas películas en las que después de mil y un vericuetos él saldría corriendo para impedir, en el último segundo, que ella tomara el tren – o el taxi o el vuelo o lo que fuera – que habría de separarlos. Pero si son lindas porque no te gustan, sería la pregunta lacónica que nos haría sin esperar respuesta pero sí poniendo en claro, de un lado, cual era para ella el sentido de lo lindo y cual era y habría de ser ya por siempre, el cine de su preferencia.

foto los compañeros del cineVistos el sinsentido y la ineficacia de las discusiones y las negociaciones cinematográficas de la pareja, hubo un tiempo en el que el ir solo a cine llegó a perfilarse como una buena opción. Escogeríamos lo que más nos gustara y así nos ahorraríamos transacciones, disputas y cesiones. Falso espejismo que en mi caso habría de diluirse por esa desazón que me provocaba – y aún provoca -, bueno o malo que haya sido lo visto, el salir solo de cine. No tener a quien preguntarle y como te pareció la película es una de esas fracturas sutiles que no hiere, que no duele, pero que sí ensombrece el ánimo cuando las luces se encienden.

El tiempo ha pasado. Distintos compañeros del cine han desfilado a nuestro lado. Idas ya las fascinaciones infantiles, deshechos los devaneos románticos y marchitos los ímpetus intelectuales del cinéfilo solitario, vinieron luego los amigos, efímeros y cambiantes compañeros que abandonarían el cine antes de cumplir la treintena. Como si la adultez y la fascinación por la ficción de la gran pantalla fueran incompatibles.

Y se llega entonces al rellano familiar. La tentación de dejar el cine acecha por todas partes. Las rutinas quisieran absorberlo todo y enfrentados a los tráficos endemoniados al final del día solo quisiera llegarse, sin escala alguna, a casa. El abandono no alcanza a ser total porque los niños nos imponen, uno que otro sábado en la tarde, felices regresiones a la fantasía.

Apasionados como somos del cine, con mi mujer nos opusimos a esa inercia y a esa inaceptable dejadez. Nos propusimos vencerlas y hemos mantenido, con altibajos como es apenas obvio, el ritual de la sala oscura. Después de un buen manojo de años ella es ahora – y espero que ya por siempre – mi compañera de cine. Aprendimos que ante la pantalla no hay dos seres que vibren al unísono y en una misma frecuencia; entendimos que la relación de cada uno con el cine es completamente distinta a la del otro y que si bien a veces destellan unas emocionantes coincidencias, otras, muchas, las diferencias son enormes. Nos acompañamos en una suerte de complicidad consentida. Ella, generosa, suele dejarme al escogencia de la película y yo, menos de lo que debiera, en ocasiones elijo una de esas películas lindas en las que él – enamorado, apuesto y empapado por la lluvia neoyorquina – evita que ella – enamorada, bella y empapada por la lluvia neoyorquina – tome el taxi amarillo que habría sellado su trágica partida.

Con mi mujer solemos dejar la sala en medio de un respetuoso silencio que alguno de los dos más temprano que tarde romperá con la infaltable pregunta de si te gustó o no la película, pregunta que siempre preludia, más que una diálogo o un debate, una hermosa y sencilla ceremonia en la que cada uno escucha del otro sus emociones y sus decepciones, sus estremecimientos y sus aburrimientos.

Después de tantas películas vistas, después de tantas salas visitadas, después de tantas palabras agotadas y sin nunca decírnoslo el uno al otro, creo que ambos sabemos y sentimos que ver el cine es un acto profundamente solitario, enaltecido y resignificado por la compañía de quien se sienta a nuestro lado.

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

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