Qué hace que una película pueda ser considerada como un clásico? Se requiere de cierto tiempo para que una película pueda ingresar a la galería de los clásicos? La película que alguna vez mereció el título de ser un clásico puede llegar a perderlo? Lo de clásico, para el caso del cine, es una categoría universal o es, por el contrario, una categoría subjetiva, circunstancial y cambiante? Lo clásico es necesariamente bueno o puede haber películas clásicas que sean, a la vez, apenas pasables o incluso mediocres?

Para contestar estos interrogantes lo primero es precisar una definición de lo “clásico”. Hecho ello el paso siguiente es transpolar tal concepto a lo cinematográfico para entonces saber que estamos diciendo – o que pretendemos decir – cuando se dice de una determinada película  que es un clásico.

Haciendo un compendio amañado de definiciones y descripciones parece acertado decir que lo clásico es aquello que por sus calidades y virtudes debe ser tomado como ejemplo o modelo a seguir. Lo clásico es lo notable, lo digno de imitación. Un concepto más elaborado se atreve a decir que clásicas son aquellas producciones culturales que alcanzan el rango de lo sublime. Llevados estos significados al campo cinematográfico bien puede proponerse, sin otra pretensión que la de un buen entendimiento, que una película es un clásico cuando se convierte en un modelo de referencia y emulación por haber logrado con excelencia y siempre bajo una estética reconocible y propia, un  ensamble – narrativo, visual y emocional – entre la historia que cuenta, la forma de exponerla, los personajes que la animan y la o las sensaciones que con ella se transmiten.

Con el apoyo de la descripción anterior,  se puede contestar con un sí a la pregunta de si es necesario que una película, además de todas las demás virtudes que para ello se requieren, tenga encima unos cuantos años de maduración, no de envejecimiento,  para alcanzar el status de un clásico.  Respuesta afirmativa  porque para que una película pueda considerarse un clásico se necesita que el tiempo obre en ella decantando sus virtudes. Su público, el que habrá de galardonarla con el título de clásica,  tiene que ver la película, degustarla, apropiarse de ella y generar en torno suyo  y para luego transmitirlo a otros públicos, esa suerte de devoción que solo desatan las obras clásicas. Imposible determinar la duración de este proceso e imposible también decir a partir de qué momento una película alcanza el rango de lo clásico. Lo incuestionable  es que el brillo de lo clásico proviene, a la vez que de la estatura artística de la película, del brillo que a su calidad le imprime el paso de los años.

Si lo clásico está asociado a ese ángel  que se adquiere por la perfecta amalgama, tan premeditada como fortuita, de los elementos que conforman una película, es indiscutible que el paso del tiempo, antes que arrebatarle tan esquivo título, lo que hace es afianzarlo. El rótulo de lo clásico está indisolublemente atado a una vocación de permanencia, a una inalterable vigencia, a un invariable estado de gracia.  Es entonces  con un no, que habrá de resolverse  el interrogante de si el tiempo puede sustraerle el título de clásico a una película.

Aunque la universalidad está ligada indisolublemente a lo clásico, ello no impide que en los listados cinematográficos de algunos figuren como clásicas algunas películas que en otros listados no alcanzan tal distinción. Más allá de ciertas parametrizaciones estéticas y de algunos imperativos en torno a lo bello,   el arte es un terreno de preferencias y gustos. Si El Padrino es, sin margen de discusión, un clásico, puede ser que para algunos Pulp Fiction no merezca tal rótulo mientras que para otros, me cuento entre ellos, lo merezca.. Esto para decir, a título de respuesta, que en el terreno cinematográfico lo clásico es una categoría universal no obstante las comprensibles disidencias en torno a los alcances y contenidos de dicha universalidad.

Y para contestar  la última pregunta decir simplemente que una película   clásica  es más, mucho más, que una buena película.  No basta ser bueno para llegar a ser clásico  pero algo que no sea bueno jamás llegara a ser clásico. Hay películas, no necesariamente buenas, de muy amplia y grata recordación y otras que incluso se convierten en íconos de una generación o de un tema específico. El sitial que películas como estas alcanzan en la memoria colectiva no las convierte necesariamente en clásicos. No es que las películas clásicas estén varios peldaños arriba de estas otras. Es más que eso: es que están en otra parte,  agrupadas en unos pocos estantes donde la llegada, siempre espaciada, de un nuevo ejemplar es siempre una gran ocasión.

Escribir sobre cuando una película puede tenerse como un clásico deja en boca  ese sabor agridulce propio de esas ingenuas  tentativas de definición que en el mejor de los casos se quedan en gratos ejercicios de mera  aproximación.

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

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