Los Niños Están Bien
Autor8
H. Santana (Dirección Distinta Mirada)8
8Muy Buena
Puntuación de los lectores: (1 Voto)
8.0
TÍTULO ORIGINAL:  The Kids Are All Right
OTROS TÍTULOS: Los chicos están bien / Mi familia

Crecimos torpedeados por las imágenes de la familia perfecta.  Lo primero era la casa. Siempre la vimos desenvolverse, a la familia perfecta, en una casa grande con un antejardín enorme y con su centro vital latiendo  alrededor de una cocina abierta  con mamá preparando panqueques para el desayuno. Las estrecheces de los apartamentos modernos riman mal con aquellos ambientes idílicos donde crecieron nuestras familias modelo.  Siempre había, en aquellas familias, varios hijos que superaban sus diferencias y sus disputas con una enternecedora solidaridad entre hermanos y había, por supuesto, unos padres algo ya machacados por el paso de los años pero aún y ya por siempre enamorados.

Muchas de las películas de nuestra infancia y de nuestra adolescencia tenían ese referente familiar que reflejaba, con las distorsiones propias de cualquier malentendido idealismo,  el prototipo gringo de la familia como núcleo de la sociedad.

Vendrían luego, predecibles como reacción dialéctica, las películas que denunciaban y desnudaban (más lo segundo que lo primero) los conflictos y los dramas que se escondían tras esas frágiles apariencias de la familia perfecta.  Infidelidades,  agresiones, imposiciones, desesperanzas e incomprensiones ocuparon el lugar protagónico que antes tuvieron la solidaridad, la confianza y el mismísimo amor.  La imagen de la familia perfecta empezó a erosionarse y la reemplazó un acercamiento – no pocas veces atroz y desgarrador –  a las sombras que suelen poblar la convivencia humana y, especialmente, la convivencia familiar.  De la felicidad presunta  que moraba en las espaciosas casas pasamos a los conflictos reales que se escondían en sus habitaciones.

Los chicos están bien la película de Lisa Cholondenko nominada al Oscar 2010 como mejor película, es una muy bien lograda comedia con trazos de drama y no es, como pudiera pensarse, un drama con trazos de comedia.  Acá el orden de los factores sí altera el producto y Los chicos están bien se va por la primera línea para alcanzar un resultado que sorprende gratamente al espectador porque a la vez que lo divierte le clava, sin lastimarlo, unas agujas quenunca deja el divertimiento puro que persigue la comedia.

La familia de Los chicos están bien pudiera haber sido, casi, una de esas familias modelo que el cine nos vendió a tan bajo precio.  Pudiera haberlo sido de no ser por el hecho de que en lugar de padres o, mejor, de padre y madre, en esta familia solo hay madres. Nic (Annete Bening) y Jules (Juliane Moore) son dos lesbianas que por la vía de la inseminación artificial tienen dos hijos ya adolescentes: Joni (Mia Wasikowska) y Laser (Josh Hutcherson).  Se han organizado como familia y tienen, como aquellas de entonces, una casa grande que gira alrededor de esa cocina abierta donde entre cereales y copas de vino transcurren las felicidades y, también, las vicisitudes de cualquier familia.

De entre las madres Nic es el padre. Proveedora,  severa y disciplinada. La Bening logra un muy buen retrato que empieza por  su pelo corto y desemboca en una enorme capacidad de comprensión y perdón. Jules es, antes que madre,  mujer. Una mujer que busca a tientas y con desespero la reivindicación de su propio espacio, el reconocimiento de su talento y la capacidad de ser, no por su condición de ser pareja de o madre de, sino por ser, simple y llanamente, quien ella es.  En un papel más ligero que el de su compañera de reparto, la Moore logra también una interpretación convincente, desprovista de maquillajes envolventes y bellezas postizas.

Con de la decisión de los hijos  de conocer a su padre biológico, personaje encarnado por Mark Ruffalo en la película, se construye un guión inteligente y sólido que ni se permite los facilismos de la comedia hueca, ni resbala hacia las arenas movedizas y tantas veces fingidas del melodrama.

Fruto de una serie de distorsiones culturales, todos llevamos a cuesta unas asociaciones erradas de género.  Prueba de ello es que acabo de escribir, por ejemplo, que Nic es el padre porque provee y porque es severo y disciplinado. Como si la capacidad de sostener económicamente una familia o la severidad o la disciplina fueran unas condiciones masculinas.  Otro tanto puede decirse de vincular la búsqueda de espacios y reconocimientos al género femenino.  Concepciones equivocadas sobre las cuales se han fundado millones de relaciones condenándolas, en el mejor de los casos, a la represión de los potenciales que, más allá de nuestros sexos, todos tenemos. Concepciones equivocadas que tantas veces se han utilizado para juicios que desembocan en condenas injustas. Tanto error hay en el apego ciego a ciertas instituciones como en su condena sistemática por la torpe simpleza de considerarlas simples legados del tiempo. La verdad debe andar por ese intento, siempre imperfecto, de ir reconociendo que no hay modelos, que cada ser y cada circunstancia deben mirarse y respetarse con un lente universal de valores que tenga, pese a su permanencia, una indeclinable vocación de adaptación y un dinamismo de constante evolución.

Los chicos están bien subleva el orden establecido y nos invita, distrayéndonos,  a contemplar la posibilidad de que una familia, apartándose de los cánones tradicionales, alcance esa concordia que no viene dada por la casa inmensa o por los antejardines florecidos o por los amores reblandecidos de comercial barato, sino por esa compleja y a veces tortuosa aceptación y apropiación del ser que realmente somos y, especialmente,  del ser diverso que es ese otro al que llamamos padre o madre o hijo o hermano. De esos otros que son nuestra familia.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.