Lo Imposible
Autor6
H. Santana (Dirección Distinta Mirada)7
6.5Nota Final
Puntuación de los lectores: (1 Voto)
5.5

OTROS TÍTULOS: The Impossible

Cuando el cine se mete con los grandes desastres que provoca la naturaleza o la conducta humana, el resultado suele ser, cinematográficamente hablando, un desastre más. Traigo a colación como pequeña pero significativa muestra,  La aventura del Poseidón (1972) de Ronald Neame, Terremoto (1974) de Mark Robson, Meteoro (1979) donde repite Neame y la tan celebrada Titanic (1997) de James Cameron.
El cine catastrofista o el  disaster film tiene por lo general una estructura simple y básica: al evento catastrófico, para evitarlo o para afrontar sus consecuencias, lo encara un  anti-héroe o un puñado de anti-héroes.  Ciudadanos de a pie, seres comunes y corrientes  que de pronto se topan, realzada su indefensión,  con la tierra crujiente, con la ola descomunal, con las llamas imbatibles, con la desmesura de la tormenta o con el avasallador cuerpo estelar.  Es ante esas fuerzas incontenibles que emerge la insospechada valentía de unos seres a los que la ruleta de la vida pone en unos trances que bordean la más fantasiosa de las ficciones. Al final queda claro que si bien la naturaleza es soberbia y todo poderosa, no menos claro es que el hombre es capaz de sacar fortalezas y  enterezas que lo hacen capaz de afrontar, en defensa propia y de los suyos,  la adversidad más extrema. En este cine se suele echar mano de grandes estrellas para que representen a esas víctimas valerosas que desde muy temprano atenúan sus bellezas con heridas en el rostro, con sus pelos empapados y, siempre, con la mirada anegada en la angustia y en el miedo. Es una forma distinta de presentarnos a los bellos, disfrazados con esas tragedias que repletan las salas de cine porque indudable y morbosamente la hecatombe siempre nos atrae y más ahora cuando , de la mano con el 3D, las olas o los escombros parecen reventar en nuestra silla.
Lo imposible es, sin un ápice de creatividad, el típico disaster film. Henry (Ewan McGregor) y María (Naomi Watts) conforman, junto con sus tres hijos, una de esas familias que Johnson & Johnson apetecería para sus comerciales de jabones espumosos. Llegan a pasar la navidad en un lujoso y playero hotel de Tailandia. Año 2004. Estando en plan de piscina y playa los sorprende la llegada furibunda de un tsunami. Todo queda arrasado y es de esa desolación pantanosa que emerge la Watts con uno de los hijos. Con una pierna gravemente herida emprende, con el mayor de los críos,  la búsqueda del resto de la familia. Al otro lado del fango lo propio sucede con el padre y los otros dos niños. Sobrevivientes de la catástrofe se darán también a la tarea paralela de hallar, bajo la amenaza latente de la muerte,  a la mamá y al hermano perdidos.
Estas búsquedas cruzadas conforman la trama de Lo imposible. El hilo narrativo sigue las peripecias de cada uno de los grupos familiares acercándolos poco a poco pero siempre dejando al espectador en ese borde ansioso que mira, de un lado, el posible y feliz encuentro y, del otro, la pérdida desgarradora.  Su director, el español Juan Antonio Bayona, se sirvió de todos – absolutamente todos – los lugares comunes del relato catastrófico: una música atiborrada de percusiones amenazantes, las heridas exactas, las ropas estéticamente destrozadas, el encuentro que se aproxima y se distancia,   la muerte pisando los talones y al final, que feliz y que lamentable a la vez, los héroes abrazándose en un nuevo tsunami de solidaridad, afecto y emoción. Manipulación pura. Bien hecha, pero hueca. Otro disaster palomitero del que se esperaba más porque, quien lo creyera, es una película española. Y digo quien lo creyera porque uno aguardaría del talento hispano un distanciamiento creativo del cliché americano. Pero no. Lo imposible es la sumatoria de todo lo conocido en la materia y eso la hunde, como película, en el confortable sillón de lo olvidable. Inaceptable que en la película la comunidad tailandesa aparezca como un decorado de fondo,  útil apenas para resaltar la belleza heroica, que no el bello heroísmo, de sus glamorosos protagonistas.
A veces, suele suceder con el western como género, es el apego a las formas y a los elementos arquetípicos el que le da a la creación el valor de la tradición pero otras veces, como sucede con Lo imposible, es este mismo apego a los caracteres de este tipo de cine el que vuelve la película un trabajo intrascendente no obstante la juiciosa elaboración de sus piezas. Bayona sabía lo que hacía y lo hizo bien. No quiso romper moldes; quiso por el contrario servirse de ellos porque su resultado está, de muchísimo tiempo atrás, plenamente asegurado.
El que la película esté basada en hechos reales no es más,  desde el punto de vista cinematográfico, que un embeleco. El cine es y será por siempre esa fascinante mentira que alcanza, por la alquimia que emana de su propia esencia, toda la dimensión y toda la contundencia de una incuestionable verdad . Si el tsunami del 2004 levantó por los aires empapados a una pareja de españoles y a sus tres hijos, eso no hace más creíble ni mejor contada, en Lo imposible,  la historia de Ewan y Naomi. Lo que importa en el cine, trátese de la nariz creciente de Pinocho o de la búsqueda implacable de Osama bin Laden, es que lo que se nos muestre realmente acontezca – y permanezca –  en esa dimensión y en esa verdad que entretejen las imágenes y el espectador que las mira.
Aunque la imposibilidad del título  de la película alude a lo increíble que tuvo que haber sido, en la realidad, el reencuentro de esta familia después de la catástrofe, forzado e impostado le parece a uno en Lo imposible el reencuentro, en la mentira del cine, de esta familia después de la catástrofe. Quizás con menos manipulación efectista se hubiera logrado un mejor resultado de credibilidad pero también con menos manipulación efectista el efecto de atracción masiva  se habría visto afectado. Bayona lo sabía y optó por la atracción masiva, léase, por la taquilla.

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