Llámame por tu nombre
Andrés Quintero 8.5
LO MEJOR
  • El ensamble perfecto entre trama, cultura, ambiente y paisaje
  • La actuación de Timothée Chalamet
  • La finura visual y narrativa que lo impregna todo
8.5Notable

TÍTULO ORIGINAL: Call me by your name

AÑO: 2017

DURACIÓN: 2h 10min

GÉNERO: Drama, Romance

PAÍS: Italia

DIRECTOR: Luca Guadagnino

ESTRELLAS:  Timothée Chalamet, Armie Hammer, Michael Stuhlbarg, Amira Casar, Esther Garrel, Victoire Du Bois

 

Toda película es un recorrido. Tiene su principio, su desarrollo, su desenlace. En esta travesía el espectador puede sentir que se lo lleva a tropezones, que se lo confunde con falsos atajos, que el trayecto es tedioso, forzado o estrepitoso o, en las buenas películas, que  se le lleva, imperceptible y fluidamente, de la mano. Llámame por tu nombre es  una de estas últimas. La historia que nos ofrece su director Luca Guadagnino, basada en la novela de André Aciman, está contada de tal forma que son la sutileza, la discreción y la belleza las que hacen que se la recorra de principio a fin con una emoción apaciguada que avanza, zigzagueante, hacia una meta de comprensión y compenetración.

A sus diecisiete años, Elio (Timothée Chalaste) es el típico joven introvertido, rebelde e inseguro que prefiere el confort de sus espacios –  en su caso la música, la lectura y el nado – al contacto familiar y social. Como todos los años, en compañía de su familia pasa el verano en una acogedora y sofisticada casa en algún lugar del norte de Italia. Corre el año 1983. Interrumpe la monotonía vacacional la llegada de Olivier (Armie Hammer), un americano al que su padre ha contratado para que se desempeñe como su conterturlio intelectual. Olivier es un tipo culto, agradable y apuesto y no tardará en surgir entre Elio y él, tan reprimida como impetuosa, una gran atracción.

La genialidad de Guadagnino y los muchos quilates de LLámame por tu nombre, están en la forma, visual y narrativa, con la que se describe esta relación. Sin descuidar por un solo momento el desarrollo dramático, la fuerza gravitacional del relato está en la tormenta sentimental por la que tiene que atravesar Elio. No se trata simplemente de contar la historia de un amor homosexual que contraviene el parámetro cultural del momento, se trata de mirarlo y sentirlo desde el sentimiento tumultuoso de un joven que se decide – temeroso, destrozado pero también valeroso – a vivir su sentimiento para evitar vivir sin sentimiento. Guadagnino logra esa transmisión anímica mediante el uso de una cámara que se sirve, sin excesos, de paisajes y tomas que de algún modo recuerdan que en la belleza siempre hay un dejo de tristeza; una cámara que entre paneo y paneo regresa a un Elio empeñado en encontrar en sus sentimientos la misma armonía que logra sacarle al piano, a las páginas que lee, o al agua cristalina que rompe con su braceo.

Representar un Elio tan real y creíble no es cosa fácil y Timothée Chalamet lo logra con una contundente naturalidad. No es fácil porque a fin de cuentas se trata de ese típico adolescente ensimismado, distante y sobre todo inexpresivo que le exige al actor, no tanto destrezas histriónicas o despliegues oratorios, sino gestos, silencios y miradas que reflejen esa conmoción interna, ese estallido de felicidad  seguido siempre de un pozo inmenso de amargura. Seguramente el Oscar a mejor actor se lo llevará Gary Oldman por su magistral interpretación de Churchill, pero más que honrosa y merecida la nominación de Chalamet para esta misma categoría.

Cuando digo que LLámame por tu nombre nos lleva de la mano, no digo que sea una plácida travesía o un viaje de encantamiento. Cuando digo que el trabajo de Guadagnino lleva al espectador  de la mano me refiero a su  destreza para mostrarnos, al margen de  apologías y diatribas,  una relación homosexual  sin digresiones ni agresiones pero también sin ocultaciones; una historia que nos lleva sutilmente a ese  plano en el que se comprende y siente que el amor, todo amor, es un enigmático compendio de belleza, dolor, comprensión, esperanza y soledad.

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