Nicolás Cage, un actor que hace muchos años no brilla por sus mejores actuaciones. Actualmente es considerado para interpretar algunos papeles de acción donde los argumentos no son profundos, más bien atractivos estéticamente por las llamas ardiendo, motos sin control, magia bajo capas o incluso adivino del futuro.

Sin embargo hace unos días tuve una conversación en un taxi y mi acompañante solo recuerda las anteriores películas, unos filmes que pueden generar un ingreso cómodo para un actor pero que no producen una recordación por su papel, diálogos o, incluso, ni un sobrevuelo sobre algunos premios; solo aprender unas líneas, aplicación de fondo verde (efectos especiales) y algunas venganzas. Sin perjuicio de ello, muchas generaciones recordamos a Nicolás como un gran actor por dos principales películas, y no son películas de ciencia ficción, de magia o velocidad en llamas, para nada; son películas con una gran historia detrás, donde Cage personifica figuras únicas que lastimosamente han sido olvidadas por los años.

Así pues, mi propósito para mi acompañante y para ustedes, será recordarles estas grandes actuaciones. Leaving Las Vegas (1995) y Al límite (1999).

En este escrito, abordaré una de las grandes escenas de Leaving Las Vegas, una película dirigida por Mike Figgis, un director con algunos fracasos cinematográficos (Mr. Jones), pero que tuvo un gran logro en esta esta película, la cual le valió recibir dos nominaciones a los Óscar: mejor director y mejor guion adaptado. Así mismo, Nicolas Cage recibió entre 1995 y 1996 los premios de Mejor Actor en los Óscar, Globo de Oro, Premio del Sindicato de Actores, Premios New York Film Critics Circle, National Society of Film Critics Award, National Board of Review y Premio de la Asociación de Críticos de Cine de Los Ángeles.

Ben Sanderson (Cage), es un alcohólico crónico, el cual decidió dejarlo todo, vender todo, llevarse un traje, mucho dinero y llegar a Las Vegas con el único propósito de perder su vida embriagado en litros y litros de cualquier licor. No importa cual, la idea es beber y morir, o morir bebiendo.

Dentro de su remolino de intoxicación alcohólica en la ciudad del pecado, conoce a una prostituta (Elisabeth Shue), una mujer con buenas intenciones, solitaria y de muy mala suerte. En este escena, el diálogo recae en aceptar las verdades de cada uno (soy un alcohólico y tú eres una prostituta) y por ende, sobrevivir con esa verdad encima de la mesa, al lado de las botellas de alcohol y los tacones, hasta el corto final de sus vidas. Ya no habrá reclamos, mentiras o explicaciones. Cada uno acepta el destino de su compañero. En esta misma escena, ella le da unos regalos, una camisa color curuba y otro en una pequeña caja negra con un moño plateado. Es un presente muy especial, digno de ser empacado en papel seda Vinotinto.

Al recibir este gran regalo, el exclama a su embriaguéz que han encontrado la mujer perfecta.

 

 

Además de que la actuación le valió a Cage una gran cantidad de premios, se destaca su aspecto como único en esa película. Alcanza a trasmitir esa desesperación humana de desaparecer a punta de alcohol, esa soledad, palidez y ojeras (una imagen similar al de El maquinista (2004)) que nos hace sentir un leve ardor en la garganta y una resaca que jamás comienza en los 112 minutos que dura la película. Un pobre desdichado que al final consigue lo que desea, sumido en la inexistencia de su blancura. Una gran película de un gran actor olvidado.

Sobre El Autor

Diego Palacios S.
Equipo Distinta Mirada

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