Le Havre
Autor7
H. Santana (Dirección Distinta Mirada)8
7.5Nota Final
Puntuación de los lectores: (1 Voto)
8.0
Otros Títulos: El puerto, El Havre, El Havre: el puerto de la esperanza
Solo elogios se leen de Le Havre, la última película del director finlandés Aki Kaurismaki de quien, acá en Colombia, lo único proyectado ha sido esta cinta del año pasado. Se la describe, con hierático respeto por su director, como un abrazo cálido, como  un elegante cuento de hadas, como la máxima depuración de su identidad estilística y, para redondear tanta loa, como una película lacónica, romántica, poética y elegante.
Sí y no y vamos por partes. Es indiscutible que Kaurismaki tiene un estilo propio y que su técnica narrativa – atemporal, fría, irrealmente real y algo teatral – marca, incluso dentro del cine europeo, una nota singular. Imposible desconocer que en Le Havre estamos ante un trabajo bien manufacturado que se deja ver con una placidez que está más allá de la entretención. Sin embargo  también hay que atreverse a decir que en este híbrido entre el drama y la comedia Kaurismaki se queda a mitad de camino porque pese al encanto aislado de las piezas de su relato, con  las mismas no se logra redondear una historia convincente y, menos aún, perdurable. La razón es que Le Havre apela sin mayor cohesión a una serie de elementos que se salen del común pero que se salen sin un destino definido y se quedan en el impacto visual de lo diferente, insuficiente cuando se trata de armar una buena película.
Los insumos subversivos de Kaurismaki son, por ejemplo,  una cámara adusta que rehúsa todo preciosismo por considerarlo, literalmente, vulgar;  unos personajes deliberadamente irreales que a la postre resultan tan postizos como los bellos de cualquier telenovela y unos diálogos forzados y huecos que entonarían bien  en un teatrito de pueblo. De elementos así es que esta hecha Le Havre y es por eso que, admitámoslo, nos debe parecer una buena película.
En este punto hay que hacer un alto  y decir  que lo marginal no por marginal es bueno; que una buena película no se hace a punto de unas extrañezas que  tendrán quizás el mérito de la disonancia, pero no el de la armonía.
Los lugares comunes, los clichés, no son patrimonio exclusivo del cine comercial. Si una película se va por la autopista fácil de lo predecible y para eso repite un sonsonete endulzado y emotivo, seguro nos merecerá el más duro de nuestros cuestionamientos; pero igual debe merecérnoslo aquella película que opta, con igual o peor facilismo, por una suerte de realismo mágico sea este sueco, macondiano o finlandés.  Tan clichesudo y común es aquel lugar del deportista que contra todo pronóstico encesta la bola ganadora en el último segundo o aquel otro del escritor, bohemio y desvencijado, que a punto de cigarrillos y güisquis termina la novela que lo llevará a la fama, como aquel otro, el que nos muestran en El havre,  de un escritor retirado que lustra zapatos en un puerto y al que cada noche lo espera, con la comida servida en la mesa, un tierno remedo de mujer.  En el cine el lugar común no lo hace tanto la repetición misma de una historia como el abuso de unos recursos narrativos para alcanzar un resultado simplista y enteramente prescindible.
El cine no es solo un espacio para complacencias estéticas y emotivas. El buen cine es sobre todo – y sin perjuicio de dichas complacencias – aquel en el que la forma de contar una historia hace que esta cale y perdure. Le Havre es un ejercicio estilístico interesante pero no vale como buen cine porque carece de una historia que realmente cautive y envuelva. Una cosa son las destrezas cinematográficas, y está claro que Aki Kaurismaki las tiene todas, y otra, bien distinta, que las mismas se pongan o se hayan puesto al servicio de una buena historia.
Las piezas sueltas de Le Havre fracasan, quizás porque nunca se lo propusieron, en su intento por llegar a conformar una historia, entendiendo por esta el enlace de unos hechos tras un propósito específico. Para Kaurismaki lo importante no es la secuencia de unos eventos y su desenlace, sino la visión tragicómica    de unos seres que por irreales imponen, quiérase o no, un inevitable distanciamiento.
En las buenas películas todos los elementos se agrupan  para servirle a la historia que se cuenta. Cuando, como sucede en Le Havre,  el asunto se invierte y es la historia la que queda al servicios de aquéllos, algo se fractura y  queda la impresión de que los lucimientos de la película, muchos en esta, no estaban, salvo a sí mismos, alumbrando nada.
 
  

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