Lazos De Sangre
Autor8
H. Santana (Dirección Distinta Mirada)8
8Nota Final
Puntuación de los lectores: (1 Voto)
9.0

TÍTULO ORIGINAL: Winter’s Bone

OTROS TÍTULOS: Invierno profundo

En el thriller tradicional la trama narrativa suele desembocar, con dosis cambiantes de suspenso y dramatismo, en el esclarecimiento de un interrogante: sabremos finalmente quien es el asesino o cual es el eslabón con el que se cierra la cadena; se nos revelará, después de uno que otro merodeo,  el esquivo secreto.

Pudiendo clasificársela como un thriller, en Winter´s bone  – entre nosotros Lazos de sangre –  la última película de la directora americana independiente Debra Granik,  lo más importante no es, aunque también la hay, la resolución de un misterio.  El peso gravitacional del relato no recae sobre la historia contada sino sobre los personajes que la pueblan y transitan. Se trata de unos seres profundos y densos que viven su drama exteriorizando apenas unos mínimos trazos de todo lo que les acontece por dentro. El misterio hubiera podido resolverse de otra forma o incluso no resolverse; en Winter´s bone lo que importa es la forma – desgarradora,  contenida y digna –  como sus personajes afrontan su destino.

Ree Dolly (Jennifer Lawrence) es una joven de diez y siete años aventada bruscamente contra la adultez que se carga con la tarea de buscar a su padre, un drogadicto desaparecido al que buscan las autoridades y al que se le había concedido el beneficio de la libertad condicional. Su búsqueda tiene un sentido: si su padre no aparece perderán la casa, lo único que tienen, lo único que les queda a ella, a sus hermanos y a una mamá sumida en los abismos de un profundo silencio.

La Granik renuncia con maestría a todos los enganches tradicionales, no sólo del thriller habitual, sino del propio relato cinematográfico. No hay belleza – no al menos como solemos esperarla – ni en los personajes, ni en los ambientes, ni en los paisajes que los circundan; tampoco hay esos ritmos trepidantes o ese tonos envolventes con lo que aprendimos a emocionarnos o apaciguarnos. Hay, por el contrario, un ambiente desvencijado y desolado por el que a tropezones se mueven unos seres marginales, unas sombras vivas cargadas de dejadez, dolor y pecado.

¿Cómo puede entonces cautivarnos una historia desprovista de todos esos enlaces, de todos esos encantos con los que solemos asociar el placer de ver una buena película?  Lazos de sangre lo logra deteniéndose, casi que morbosamente extasiándose, en el drama de unas criaturas dejadas de dios y del mundo pero, sobre todo,  en el alma convulsa y confusa de una joven dispuesta a soportar las más difíciles pruebas si con ellas se abre para su familia cuando menos la probabilidad , no de un futuro mejor pero sí, al menos,  la de un pan comido bajo techo.

El mérito de Lazos de sangre está en la contención perfecta de su ritmo, en la inusual recuperación del sentido esencial y primario del relato cinematográfico. Para la muestra una escena: el policía detiene la camioneta en la que viaja Ree con su tío (John Hawkes); le pide que baje, le reprocha algo. El tío no sólo no obedece sino que empuña su rifle como aprestándose a un desenlace violento y rápido. La cámara se posa casi todo el tiempo en el espejo retrovisor; allí se ve – son nuestros ojos los que lo ven –  al tío armado y es así como también lo está mirando, atemorizado, el policía.  Pudo pasar aquello a lo que cinematográficamente nos han habituado: un descenso rápido, un fuego cruzado, salpicones de sangre y quizás un grito sobre el cuerpo agonizante. Nada de eso pasa, todo se queda en esa tensión de lo que pudiera llegar a suceder. Lo explícito es muchas veces redundante; lo implícito se abre a una infinita gama de posibilidades.

La actuación de la Lawrence es impecable como lo es también, sino más, la de Hawkes. Actuaciones hacia dentro, sin rutilancias, sin esos cadejos que han ido uniformando y por ende contaminando las actuaciones del cine comercial.

Muy especial también y muy acorde con el tono sombrío de toda la trama, el manejo que se le da al tema de la droga.  No estamos ante la estigmatización moralista del problema ni, tampoco,  ante su encubierta reivindicación.  Estamos, sin otro juicio que el de la mirada detenida, ante unas vidas consumidas por un espejismo atroz que solo conduce a la desolación.

Para terminar, un elogio de género: se siente, a lo largo y acho de la película, la conducción femenina de la Granik y se la siente no propiamente por la delicadeza o la dulzura de sus imágenes que ciertamente no las tiene, sino por esa capacidad, con el solo bien mirar,  de extraer de las personas, las situaciones y las cosas, más allá de sus transitorias apariencias,  su  más íntima esencia. La última escena, tan contenida como conmovedora,  es una muestra magistral de esa destreza.  Muchas películas pasan, muy pocas, como Lazos de sangre, se quedan.

Nota final: las imágenes y las música quizás puedan decir mucho más

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