Last fragments of winter
Andrés Quintero7
LO MEJOR
  • El juego de acertijos que propone
  • Su estética aunque no alcance a ser poética
LO MALO
  • Aunque es lo que busca, el efecto de confusión que provoca
7Interesante

TÍTULO ORIGINAL: Dong tian, zui hou de sui pian

AÑO: 2011

DURACIÓN: 24 min

GÉNERO: Drama, Cortometraje

PAÍS: Malasia

DIRECTOR:  Edmund Yeo

ESTRELLAS: Arisa Koike, Berg Lee, Tan Ley Teng

Hay dos, mejor tres, formas de ver Last fragments of Winter, el cortometraje del director malasio Edmund Yeo. La primera, espontánea y auténtica, es verla dejándose llevar por la estética del relato sin intentar conectar e interpretar las historias y los personajes que lo pueblan. Verla, degustarla, sin esforzarse en entenderla. La segunda, prevenida y avisada, es verla con la normal propensión de querer hallarle el sentido y el significado que, supuestamente, toda película debe tener. Verla para entenderla. Y una tercera, elaborada y resultante, es verla panorámicamente, de manera que de la mano de su embeleso estético sintamos que la estamos entendiendo o, cuando menos, dándole nuestra propia interpretación. Verla, degustarla y, en el más generoso alcance del concepto, también entenderla.

Sin duda, la mejor es la tercera. En el caso de Last fragments of Winter habrá quien, sin necesidad de la tripleta, con solo verla una vez logre el deleite y la comprensión. Y habrá quien, a la segunda lo alcance. Yo creo haberme acercado a algo en la tercera. Cuestión de méritos y talentos, seguramente. Paso a explicar, a modo de guía para quien se le mida, el porqué de mis tres. Por ser un dato que luego resultara útil, se trata de un short film de 24 minutos de duración.

Como dirían los españoles, su primer visionado me dejó encantado pero a la vez desconcertado. Encantado, porque Last fragments of Winter está armada con una muy sugestiva narrativa que intercala paisajes y personajes tan bellos como intrigantes. Desconcertado, porque tras el sopor de la fascinación, me embargó la sensación incómoda de no haber entendido, al menos no del todo, la cosa. Me quedó esa impresión de estar ante una película que quizás usó la estética para acariciar pero no para transmitir. Uno de esos ejercicios libres, con los que no congenio del todo, para que cada cual arme su propia película. Para diluir o corroborar esta última sospecha volví a verla. Y es ahí cuando los 24 minutos ayudan. La segunda vez, la cabeza ya menos absorta en la sensibilidad melancólica del relato, se ocupó de entenderlo y fue entonces cuando tendí, no sin vacilaciones y conjeturas, puentes interpretativos para llegar, o cuando menos creer haber llegado, a algún tipo de entendimiento. Y vino entonces la tercera en la que la mente volvió, como en la primera, a la relajación de la desprevención y, por ende, a la mejor disposición para la contemplación pero con el dínamo enriquecedor de contar ya con algún tipo de comprensión.

Invito a lector a que vea Last fragments of Winter, disponible en la plataforma MUBI, y al terminar resuelva el engañoso test de si i) le gustó y la entendió, ii) le gustó pero no está tan seguro de haberla entendido, iii) la entendió pero no le gustó o iv) ni le gustó, ni la entendió. Si su respuesta es, como lo fue la mía, la ii), véala otra vez y una vez más. Estoy seguro que habrá una enriquecedora diferencia entre los distintos visionados y que al final sentirá que las repeticiones bien valieron la pena.

 

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

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