Las nubes de María
Andres Quintero 7
LO MEJOR
  • Un Assayas siempre brillante , recursivo e innovador
  • La actuación de Kristen Stewart que derrocha naturalidad
  • La fotografía tan impecable de Le Saux que provoca tenerla como fondo cambiante de pantalla.
LO PEOR
  • Sin ser nunca mala, una Binoche un tanto excesiva
  • Que los diálogos sobre los que gravita todo el peso de la película no tengan ni la levedad, ni la belleza de las nubes de María
7Buena

Las-Nubes-de-Maria-posterTÍTULO ORIGINAL: Clouds of Sils Maria

OTROS TÍTULOS: Viaje a sils María / El otro lado del éxito / Sils Maria

AÑO: 2014

DURACIÓN: 124 min

GÉNERO: Drama

PAÍS: Francia

DIRECTOR: Oliver Assayas

ESTRELLAS: Juliette Binoche, Kristen Stewart, Chloë Grace Moretz, Johnny Flynn, Lars Eidinger

Si Assayas tiene una escena que lo define, son dos personas en una danza antagónica, ambas con algo que esconder, ambas perfectamente centradas en un plano medio y en movimiento”. Así se refiere al director Olivier Assayas, Kent Jones, editor de Film Comment y corresponsal norrteamericano de Cahiers du Cinema, publicación esta última donde casualmente Assayas nizo sus primeras incursiones en el mundo del cine. Lo escrito por Jones lo confirma Las nubes de María, la última película de este ya emblemático director y crítico francés. En ella y en un tono que la aproxima al lenguaje teatral, todo el peso narrativo recae sobre la relación, la danza antagónica, de María Enders (Juliette Binoche) una actriz veterana y su asistente Valentine (Kristen Stewart) .

Las nubes de María vuelve a un tema que siempre ha atraído a guionistas y directores: la vida del actor en la que permanentemente se sobreponen, yuxtaponen e intersecan los planos, no siempre bien diferenciados, de su propia vida y la de aquellos personajes que interpreta.

Maria es una actriz cuyo reconocimiento y fama comenzaron a labrarse a los dieciocho años cuando interpretó el papel de Sigrid, una joven alocada y fascinante de la que se enamora perdidamente Helena, una mujer ya por encima de los cuarenta para quien aquella trabaja. Invitada a recibir el premio que se le otorgará al autor de la obra, poco antes de la ceremonia María se entera de su muerte. Sabrá más tarde que al igual que el personaje de Helena y también de quien en su momento la representó, su creador decidió quitarse la vida. Un sino trágico que recorre ficción y realidad. Con la noticia del fallecimiento de quien fuera su maestro y amigo, María recibe la oferta de interpretar, ya no y por su edad, a la fulgurante Sigrid, sino ahora a Helena, su convulsa enamorada. En medio de vacilaciones y miedos María acepta el ofrecimiento y comienza, en compañía de Valentine su asistente personal, un periplo por los paisajes que inspiraron la obra. Atravesándolos y dejándose atravesar por ellos, María ensaya sus parlamentos y le pide a Valentine que haga lo propio con los de Sigrid.

A partir de esta idea Assayas juega finamente a la interposición y sobreposición de planos. Cuando María y Valentine hablan el espectador no sabe bien del todo si son ellas quienes hablan o si quienes lo hacen, a través de ellas, son Sigrid y Helena. El juego va un paso más allá porque a medida que la relación avanza lo que se percibe y siente es que es a través de los personajes que interpretan, María y Valentine expresan sus propios sentimientos. Cuando María habla es Helena quien lo hace pero la voz de Helena es, de alguna confusa manera, la portadora del sentimiento de María. Lo propio pasa con Valentine y Sigrid. El juego es a tal punto invasivo que es imposible dejar de pensar que quienes se expresan en sus personajes y en lo que estos a su vez representan, son en últimas la Binoche y la Stewart. Espejos en los que rebotan las imágenes de otros espejos al punto de no llegar a saberse de quien son en realidad tantos y tan distorsionados reflejos.

El entramado de Assayas no se queda en estos atractivos desdoblamientos. Los usa como marco para plantear, sin profundizar en ellos, temas como la sexualidad, la comunicación inter generacional y sus diferencias en torno al arte, su esencia y los canales para su divulgación. Con escenas discretamente sugestivas la película insinúa que la atracción entre Sigrid y Helena la replican María y Valentine, insinuación que tan pronto se propone se desmorona para luego volver a proponerse. En eso consiste el juego permanente de Las nubes de María.

Las actuaciones de Juliette Binoche y de Kristen Stewart son, antes que buenas, potentes. La de la primera es un derroche de virtuosismo actoral que paradójicamente no arroja como resultado una actuación sentida y perdurable. Es un trabajo bien hecho pero desprovisto de ángel. Lo de la Stewart es distinto. Su papel, quizás por lo austero y opaco del personaje, resulta más rico en matices y, sobre todo, mejor transmisor de sensaciones y sentimientos. En tanto que la complejidad y exuberancia de María no convencen, las que sí vencen en credibilidad son la simplicidad y la sinceridad de Valentine. La cortedad del papel de Chloe Gracë Moretz interpretando a Jo-Ann Ellis la actriz irreverente y fogosa que compartirá escena con María en el papel de Sigrid, no impide apreciar su versatilidad y enorme talento.

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Mención aparte merece, como se lee de toda la filmografía de Assayas, la fotografía de Las nubes de Maria. Durante toda la película hay un constante contrapunteo entre los encerrados y pesados diálogos de sus protagonistas y los imponentes paisajes alpinos que les sirven de marco. Si no fuera por estos la densidad de aquellos habría resultado simplemente irresistible. En la memoria visual queda esa bella imagen de unas nubes que, en forma de serpiente, se adelgazan para poder avanzar entre las montañas imponentes. Mención de honor para Yorik Le Saux por su hermosa fotografía.

En el mejor y más completo sentido de todos estos adjetivos, Assayas es un director moderno, inteligente, profundo y atrevido.  Su trabajo, desconocido entre nosotros, ha sido encomiado por la crítica  y es , sin duda, un referente obligado del buen cine europeo.

Sin manchar su hoja de vida de Assayas y dejando sano y salvo su merecido prestigio, lo cierto es que después de ver  Las nubes de María  queda  esa incómoda sensación de que algo no alcanzó a llegar a su destino, de que los ingredientes de altísima calidad se quedaron a mitad de su preparación, y de que, quizás, con menos se habría podido hacer mucho más.

Esta  fuera de discusión: Assayas es un director sobresaliente e inteligente. Lo que pasa es que la inteligencia cuando acierta convierte la ligereza en levedad y la profundidad en simpleza, pero cuando falla a la ligereza la vuelve banalidad y a la profundidad, intrincada densidad.

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

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