Las nieves del Kilimanjaro
Autor9
H. Santana (Dirección Distinta Mirada)8
8.5Nota Final
Puntuación de los lectores: (1 Voto)
9.0

TÍTULO ORIGINAL: Les neiges du Kilimandjaro

OTROS TÍTULOS: The Snows of Kilimanjaro

AÑO: 2011

DURACIÓN: 90 min.

GÉNERO: Drama

PAÍS: Francia

DIRECTOR: Robert Guédiguian

ESTRELLAS: Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darroussin, Gérard Meylan

Las nieves del Kilimanjaro llegó a nuestra cartelera comercial a finales del año pasado descolgada de la programación de la más reciente versión del festival de cine francés. Creo no equivocarme si afirmo que Las nieves del Kilimanjaro (2011) es la primera película que vemos en la cartelera colombiana del director francés Robert Guédiguian. En su filmografía figuran películas como Marie-Jo y sus dos amores (2001) La ciudad está tranquila (2000) y El dinero da la felicidad (1992). Si otras películas de Guédiguian se han proyectado en las salas bogotanas o, en general, en las colombianas, ha de haber sido por su programación en otros festivales o por su exhibición en algún círculo cerrado. Lo cierto, lo triste y cierto, es que estamos ante un director desconocido cuyo trabajo – por lo que puede verse en Las nieves del Kilimanjaro – está cargado de sensibilidad, emotividad y talento.

Antes de arriesgar unas líneas sobre Las nieves del Kilimanjaro, tengo que decir que a Bogotá y en general a Colombia, le sigue faltando una oferta cinematográfica que rompa el esquema tradicional de una cartelera comercial, apenas diversificada por los meritorios pero a la vez muy contados festivales que se realizan durante el año en distintas localidades del país. Sería fantástico toparse en la cartelera con un par de salas que proyectaran, que sé yo, las películas de Billy Wilder o las del maestro Ozu o las de Buñuel o, cuando menos, que proyectaran un par de veces al año El Padrino, La Pandilla salvaje o, porque no, Desayuno con diamantes. En muchas otras ciudades del mundo hay teatros que se especializan en este tipo de programaciones. Seguramente no serán las más rentables pero estoy seguro que debe haber algún sistema de subsidios o patrocinios que permita esta opción. Desde hace años veo con gran satisfacción que nuestras salas de cine, las especializadas en una programación no estrictamente comercial, tienen muy buenas asistencias. Hablando tan solo de Bogotá, estoy seguro que muchos de los que hoy van o vamos a los teatros de la Avenida Chile o a los de Cinemanía o al Cinema Paraíso en Usaquén irían o iríamos felices un sábado en la noche a ver El hombre que mató a Liberty Valance de Jhon Ford o, más acá en el tiempo, Alguien voló sobe el nido del Cuco de Milos Forman o Terciopelo azul de David Lynch. Anochecerá y, literalmente, veremos.

Vuelvo a Las nieves del Kilimanjaro para decir que es una de esas películas que se pasean, sin manosearlo, por el sentimiento humano. Michel (Jean Pierre Darroussin) es un sindicalista que queda desempleado por un recorte de personal. Es con ocasión de este retiro forzado y anticipado que Michel se dedica a esos oficios mínimos de sacar de sus vainas unos fríjoles, voltear unas salchichas en el asador dominguero, corretear en la playa a sus nietos o, simple y llanamente, contemplar con Marie-Claire, su mujer (Ariane Ascaride) el desvanecimiento que provoca el inexorable paso del tiempo. Un evento inesperado y doloroso hará que él y quienes lo rodean exterioricen sus sentimientos – y sus resentimientos – frente a una sociedad sumida en la insensatez.

El trabajo de Guédiguian está bien balanceado. Las nieves del Kilimanjaro no es el retrato reblandecido de la solidaridad humana ni es tampoco el análisis inerte y frío de las penurias de una clase que lucha por proteger sus conquistas materiales. La película de Guédiguian es un tributo discreto a esa posibilidad que todos tenemos de ser algo más que ese proyecto de seguridad económica condenado siempre a su connatural insatisfacción.

 

Las nieves del Kilimanjaro (Poster) Distinta MiradaLas nieves del Kilimanjaro restaura la opción vital de servirle al otro en lugar de dilapidar nuestra vida enfrentándolo. El planteamiento narrativo de Guédiguian parte de la utopía obrera de los sesentas cuando la bandera de la igualdad provocó que los puños inconformes se levantaran y que las plazas uniformadas de overoles entonaran, obnubiladas por un sueño, hipnóticos himnos de protesta. Ese fue el entorno que vio crecer y madurar a Michel: fue al amparo frágil de ese ideal que formó su familia y fue ese sueño el que Marie Claire aprendió a compartir pero con la honda convicción de que después y antes de la aspiración igualitaria siempre ha estado la libertad del individuo. Al sueño igualitario de los sesenta lo fue agrietando el paso del tiempo: los líderes combativos envejecieron y sin darse apenas cuenta se convirtieron en una nueva especie de burguesía arrinconada y un tanto avergonzada. Las nuevas generaciones crecieron con otras ambiciones: sus círculos se estrecharon y donde sus padres vieron la esperanza de un bienestar colectivo, aquellas apenas si ven la inmediatez de su seguridad material.

Los hijos de Michel y Marie Claire asisten, con un inevitable dejo de incomprensión y descalificación, al ocaso de sus viejos. Lo propio le pasa a la nueva generación obrera en cuyo vocabulario soez y temerario no figura la palabra sacrificio. En esta transición generacional, callada y tensa, surge el incidente del que Guédiguian se servirá para resolver de una manera dialéctica esta confrontación de visiones. Ni ganará la tesis, revaluada ya, de una lucha de clases como antesala necesaria para alcanzar la justicia social, ni ganará su antítesis, capitalista y desalmada, de un mundo en el que solo cabe competir para alcanzar el confort material. La síntesis que nos propone Guédiguian es la discreta comprobación de que el hombre sigue siendo capaz de darse al otro, no como expresión de un sacrificio o una frustración, sino como manifestación de un acto justificante y liberador.

Sin la pesadez propia de este discurso, Las nieves del Kilimanjaro lo abordan a través de una familia común y corriente que cree en sus valores pero que también cree en la legitimidad del gozo que provoca un buen asado el domingo en la tarde o en la felicidad fugaz, lo son todas, de un viaje para conocer las nieves del Kilimanjaro.

Guédiguian pudo evitar el giro final de su película habiéndola hecho desembocar en ese terreno baldío al que siempre conduce la hegemonía de cualquier ideología. Optó por otra cosa y ante la inminente desolación arrojó el salvavidas de la solidaridad y la compasión. Forzada e innecesaria salida de ternura? Giro caramelizado que demerita un relato sobrio y bien contado? Abdicación frente a ese imperativo pseudo moral que siempre demanda finales esperanzadores o aleccionadores? No creo. La mirada que propone Las nieves del Kilimanjaro es una más entre las tantas posibles y lo importante es que la película logra matricularnos, no en una moral abstracta, sino en esa otra moral, ordinaria y cotidiana, que soporta la relación con todos aquellos que nos rodean.

Yo creo, contestando el interrogante que plantea el título de la obra de Stanley Cavell, El cine puede hacernos mejores?, que sí, que sí puede hacernos mejores no solo por el disfrute que nos provoca, sino por su indiscutible capacidad de multiplicarnos los ojos para ver más y, especialmente, para vernos mejor.

Nota a deshoras: Las nieves del Kilimanjaro es también el nombre de una película del año 52 dirigida por Henry King y protagonizada por dos grandes: Gregory Peck y Ava Gardner. Además es el nombre de la canción interpretada por Pascal Daniel que en el año 1967 fue número uno en listas y que se oye en la película. Los dejo con ella.

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

Dirección Distinta Mirada

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