Las invasiones bárbaras
Andrés Quintero8
LO MEJOR
  • La personalidad que a su drama le imprime un humor inteligente y mordaz
  • La Nathalie que hace Maríe-Josée Croze y, también, la Marie-Josée Croze que hace a la Nathalie
  • Volver a ver lo que hace trece años tanto nos gustó
LO MALO
  • Un guión que de tan elaborado termina recargado
  • Volver a ver lo que hace trece años tanto nos gustó
8Buena

TÍTULO ORIGINAL: Les invasions barbares

AÑO: 2003

DURACIÓN: 1h 39min

GÉNERO: Drama, Comedia

PAÍS: Canadá

DIRECTOR:  Denys Arcand

ESTRELLAS: Rémy Girard, Stéphane Rousseau, Marie-Josée Croze, Dorothée Berryman

 

EEl próximo lunes, Denys Arcand, el director de Las invasiones bárbaras, cumplirá setenta y seis años. Probablemente los celebrará en su natal Quebec, la ciudad francófona por excelencia de Canada. Dicen mucho, de él y de su filmografía, su edad y su ciudad de origen. Nacido a comienzos de los cuarentas, los convulsos años sesentas se le atravesaron en la vida apenas cumplidos los veintiún años y se le atravesaron, marcándolo de manera indeleble, en Quebec, un enclave francés en suelo canadiense que siempre ha mirado con recelo y un barniz de envidia al coloso americano al que mira apenas allí, a la vuelta de la esquina. Haber nacido en Quebec y haberlo hecho en los cuarenta, hizo de Arcand un inevitable discípulo, con las devociones y rebeldías que ello siempre supone, de Nietzche, de Freud, de Marcuse, de Simone de Beauvoir, de Camus y, cómo no, del existencialismo sartriano.

Ese duchazo filósofico, político, ético, cultural y religioso que en los sesentas tuvo que haberse dado Arcand, atraviesa transversalmente su trabajo cinematográfico. En lo documental la obra de Arcand sobresales como crítica , mordaz y despiadada, de esa cultura canadiense que siempre se ha debatido entre el confort del capitalismo extremo y las austeridades y solidaridades del socialismo atemperado. Pero son sobretodo sus dos obras cumbres, El declive del imperio americano (1986) y Las invasiones bárbaras (2003), continuación la una de la otra, las que mejor reflejan la visión, decantada y también desencantada, de este director que pese a la derrota del sueño izquierdista, no está dispuesto a sucumbir ante los vacíos de un consumismo despiadado. Encrucijada que tiene tanto de satisfacción como de frustración y en la que, por un principio de elemental dignidad, la cultura humanista sigue siendo un indeclinable baluarte que se resiste y resistirá a cuanta invasión la amenace, tanto más cuando a la agresión la agrave la barbarie.

En El declive del imperio americano cuatro amigos, profesores universitarios todos ellos, se reúnen en una casa de campo para preparar la cena. Mientras estos cocinan y hablan de mujeres y sexo, en un gimnasio sus invitadas de esa noche hacen lo propio, adicionando a la libreta de conversación el tema de los hombres. Ya en la cena y con un comensal ajeno a las tertulias de género que a última hora se une al grupo, todo lo hablado en la tarde se entremezcla y produce un resultado inesperado. Las invasiones bárbas sucede diecisiete años después de ese perturbador y entrañable encuentro. Remy, uno de los contertulios de entonces, tiene cáncer. Su mujer, divorciada hace años de él, llama al hijo que vive en Londres y este – intoxicado con su éxito profesional, con una billetera a reventar y con una glamurosa esposa para mostrar – toma el primer vuelo para reencontrarse, en medio de profundos reproches y fisuras, con su papá. El pronóstico médico, irreversible y sombrío, provoca una idea genial: llamar a los viejos amigos, a los de aquella inolvidable cena, para que vuelvan a reunirse en torno al compalero que ya pronto se irá. De este reencuentro, del humor lastimado que lo atraviesa, de las reflexiones que lo entristecen y a la vez aquilatan y de los amores tan eternos como fallidos que lo salvan, es que trata, con el tono vivaz, mordaz e intelectual que marca toda la obra de Arcand, Las invasions bárbaras.

 

En una caprichosa síntesis de sus significados, bárbaro es aquel al que se le siente distinto no solo por su extranjería, sino también por su falta de educación al punto que cuando intenta comunicarse no logra más que balbucear unas escasas palabras. En el no tan apacible otoño de sus vidas, Remy y sus amigos ven como unas invasiones, bárbaras desde sus etérea intelectualidad, socavan y minan las que fueran sus plataformas ideológicas, sociales y políticas.   De todo a lo que apasionada y desenfrenadamente le apostaron – existencialismo, comunismo, socialismo, estructuralismo, nihilismo y otros ismos – solo va quedando el discreto valor de ese vaso de vino que se comparte con los amigos. Que si la barbarie es capaz de desterrar la inteligencia, que nunca sea capaz de borrar la amistad de quienes, desde el intelecto, siempre creyeron en ella.

Hace ya una docena de años, cuando vi por primera vez Las invasiones bárbaras , quedé, más que emocionado, conmocionado. Me pareció, como hoy sigue pareciéndome, que con la levedad y la irreverencia del buen humor, construye una disertación inteligente – decepcionada pero aún ilusionada – sobre el conocimiento, la familia, la amistad, el amor y la fe. Con una estructura tan simple como efectiva, la película avanza soportándose más en el contenido y transfodo de sus diálogos, que en la complejidad de su trama. Remy Girard, su protagonista, pasa, en cuestión de días que son minutos en la pantalla, de la soberbia intelectual y machista a la humildad existencial de quien se asoma a la muerte percatándose que lo único rescatable de su vida son sus excéntricos  amigos y esos dos hijos de los que creyó haberse separado pero a los que está y estará por siempre entrañablemente ligado.

Una segunda mirada permite advertir ciertas flaquezas que la primera pasó por alto. De tan trabajado y pulido, el guión de Las invasiones bárbaras termina con algo de impostura que le resta credibilidad a la historia y fuerza comunicativa a sus personajes.   Los diálogos de estos, huérfanos a veces de espontaneidad y fluidez, parecen más bien parlamentos de una obra de teatro que se enlazan tan habilidosa como artificiosamente. Eso no impide que el efecto emocional de la película se alcance con una potencia sorprendente y que , viéndola, a la risa la suceda, la lágrima contenida.

Líneas finales para Marie Josée Croze que interpreta en la película a Nathalie, la junkie hija de una de las amantes que visitan a Remy y a la que el hijo de este acude para que le ayude a conseguir la heroína que habrá de mitigar los dolores terminales de su padre. Belleza, dolor, discreción y una perturbadora atracción, rodean este personajes que la Croze logró moldear con una magia que le valió en el 2003, al lado del Oscar a mejor película de habla no inglesa para Las invasiones bárbaras, el Cannes de mejor actriz. Siempre distanciada de la prensa farandulera, Marie Josée Croze ha hecho una carrera a marcada, como su personaje en Las invasiones bárbaras, por un tan sutil como poderoso magnetismo.

Presentía que al volver a ver la película de Arcand sucumbiría, como la primera vez, ante el indescifrable encanto de esta mujer. Y, felizmente, no me equivoqué.

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

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