Ladrón de bicicletas
Autor9
A. Quintero (Dirección Distinta Mirada)10
H. Santana (Dirección Distinta Mirada)9
9.3Nota Final
Puntuación de los lectores: (2 Votes)
8.3

TÍTULO ORIGINAL: Ladri di biciclette

OTRO TÍTULOS: Bicycle Thieves / Ladrones De Bicicletas

AÑO: 1948

DURACIÓN: 93 min.

GÉNERO: Drama

PAÍS: Italia

DIRECTOR: Vittorio De Sica

ESTRELLAS: Lamberto Maggiorani, Enzo Staiola, Lianella Carell

 

Decía, allá por el siglo XIV, un abatido Francesco Petrarca mientras caminaba sin descanso con la aciaga esperanza de recuperar a su musa:

“Que, si al contar no yerro, hace siete años
que suspirando voy de riba en riba,
noche y día, al calor y con la nieve.”

Una musa es el elemento imprescindible en la vida de un poeta. Un poeta puede escribir sin pluma, puede imaginar versos en su mente mientras ésta los mide y los divide, lo que no puede hacer ningún escritor es trabajar sin inspiración, la herramienta fundamental en el ejercicio de su trabajo. La musa es para un poeta lo que la bicicleta para un colgador de carteles.

¿Qué no habría hecho Petrarca por esa Laura que nos dibujó a modo de la más hermosa de las mujeres? ¿Qué no haría Antonio por su bicicleta?

Ladrón de Bicicletas (Poster) Distinta MiradaEl Neorrealismo italiano sigue cobrando importancia con el paso de los años. Ese retrato de la clase obrera que no sólo tuvo que ponerse en pie tras una guerra de magnitudes inenarrables, sino que también fue la encargada de levantar un país entero en proceso de reconstrucción lento, agotador y doloroso. Es por ende, uno de los símiles más precisos de la sociedad actual.

Antonio Ricci es un hombre humilde que sufre para poder mantener a su familia, así que el día que le ofrecen trabajo no duda en sacrificar lo poco que le queda por obtener una bicicleta, utensilio indispensable para desempeñar la labor. La mala suerte se cebará con él cuando le sea robado el tan preciado vehículo, comenzando en ese justo momento una búsqueda exhaustiva junto a su hijo Bruno por las calles de Roma.

Vittorio de Sica, uno de los mayores representantes del neorrealismo, convirtió, junto a Cesare Zavattini, guionista de la cinta, a Ladrón de bicicletas en una de las grandes obras que el género ha dado. Los diferentes y multitudinarios encuadres de los que el realizador hizo gala, la expresividad y profundidad de los mismos y su habilidad para retratar a unos improvisados actores que, como era habitual en esta corriente cinematográfica, no eran profesionales, sirvieron como acompañamiento perfecto para el genial libreto que Zavattini adaptó de la novela homónima de Luigi Bartolini.

Una cruda fotografía en blanco y negro, a cargo de Carlo Montuori, aportó el romanticismo y la melancolía necesarios para convertirla, de manera inmediata, en una obra de arte y elevarla hasta la categoría de clásico. El serio semblante de un hombre superado por la impotencia hasta tal punto de reducirlo a lágrimas, es una de las imágenes más nostálgicas de la cinematografía de todos los tiempos.

Otro tipo de llanto será el que cierre la cinta, esta vez proveniente de una de las figuras más importantes del cine italiano de la posguerra, el niño. La incomprensión de una situación por la que ningún niño debería pasar termina por derrumbar al pequeño Bruno mientras se ve separado, por primera vez en todo el filme, de aquello que más admira en el mundo. Un último sollozo, que parece poner el abrupto y definitivo final a una infancia que se ha visto cruelmente comprometida por un momento histórico no menos cruel, como también pasara con La Infancia de Iván retratada por Andrei Tarkovsky, 1962, pone fin a la penosa situación y deja a los dos protagonistas unidos en un estremecedor apretón de manos mientras la noche cae sobre ellos.

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