La torre oscura
Andrés Quintero5
LO MEJOR
  • Quizás, solo quizás, sus efectos especiales
LO MALO
  • Una idea llamativa, historia fantástica en tono de western, masacrada por un amasijo de lugares comunes
  • Para Idris Elba y para Mattew McConaughey, especialmente para el segundo, cargar con esta película en sus hojas de vida
5Regular

TÍTULO ORIGINAL: The dark tower 

AÑO: 2017

DURACIÓN: 1h 35min

GÉNERO: Ciencia Ficción, Western

PAÍS: Estados Unidos

DIRECTOR:  Nikolaj Arcel

ESTRELLAS: Idris Elba, Matthew McConaughey, Tom Taylor, Katheryn Winnick, Abbey Lee

 

SSuele decirse, para hacer referencia a una película del montón, que apenas le alcanzaba para su proyección en televisión. Haciendo de lado la afrenta que esto representa para los televidentes, según esta afirmación quien ve televisión y, más concretamente, quien ve películas en la tele,  lo hace, al menos las más de las veces, sin mayor expectativa y mandando de paseo sus estándares de calidad.  Es como si el nivel de exigencia del espectador decayera bruscamente cuando la película la ve en la televisión.

Más allá de la enorme relatividad de la concepción anterior, hoy francamente agujereada por el brutal resignificado de lo que es, hace y será capaz de hacer la televisión, la uso para comentar La torre oscura,  última película del director Nikolaj Arcel y en la que, apoyado en un elenco sobresaliente, el danés se abandona al más burdo de los facilismos para armar una historia plagada de lugares comunes que, en el papel al menos, quiso combinar la fascinación de lo fantástico con el rancio bouquet de los western. El resultado, a mi juicio, francamente desalentador. Y hay que decirlo sin ambages porque estamos, ni más ni menos, que ante el director de una película como Un asunto real que en el 2012 ganó dos premios en el Festival de Cine de Berlín y que estuvo igualmente candidatizada al Oscar como mejor película de habla no inglesa. Cuando se anuncia la película de un director con antecedentes de este porte y con actores de la talla de Idris Elba y Matthew McConaughey se vale creer que algo bueno aparecerá en la pantalla. Pues bien en La torre oscura la esperanza del buen cine no se oscurece sino que, simplemente, desaparece.

Jake (Tom Taylor), un niño que ronda los diez años,  tiene extrañas pesadillas.  En ellas un hombre negro, armado a lo vaquero, persigue a otro.  Los confusos código oníricos, vertidos en los dibujos que hace el chico,  indican que el perseguidor negro es el bueno (Ebra) y que el perseguido, blanco vestido de negro para más señas, es el malo (McConaughey).  El niño vive en Nueva York pero sus sueños pasan en otra latitud. Sabremos luego que se trata de universos paralelos a los que el chico termina transportándose para unirse,  con sus dones especiales, a la batalla del bien contra el mal. A partir de esta enclenque historia Arcel se despacha sin rubor con todos los cliclés disponibles: el niño incomprendido por sus padres y tocado con una suerte de varita mágica; el bueno, gruñón y huraño, con su peculiar filantropía y un malo refinado al que la sofisticación de sus poderes no alcanza a pulirle el más valioso de ellos: la inteligencia.   A tan desapacibles y repetitivos personajes los une una confrontación cuyo sentido salvífico no queda del todo claro y que intenta emular, en una fallida regresión el clásico duelo de pistoleros del viejo oeste americano.  Todo resulta fútil y hueco. Aunque el reparto cumple formalmente con  su trabajo, ni el bueno atrapa, ni el malo choca; ambos, simple y puramente,  desencantan. La historia ni emociona,  ni trasciende, porque termina extraviándose, no en la ruta extraña que quiso seguir,  sino en la falta de una ruta propia y en el menosprecio de la que ya estaba trazada y se resistió, vanidosamente, a seguir.

Arcel le apostó a la ambición y a la sofisticación y perdió. La torre oscura no es una propuesta que rompa esquemas, altere estados conocidos o que deleite por su finura visual .  A medias, traspasa la frontera de la mera entretención y deja en evidencia que con dos protagonistas anónimos, ella hubiera sido, como película, la más anónima y deleznable  de todas. Lo que la hunde en su propia fosa no es tanto que haya sacado de la estantería tanto estereotipo  sino que lo haya hecho con ínfulas de ser distinta, para terminar en un entuerto que a nadie engancha con su show balístico al estilo Matrix y, menos aún, con la gelatinosa moral de su plegaria pistolera ( “ …. Yo no apunto con la mano, quien lo hace ha olvidado el rostro de su padre,  apunto con el ojo;  no disparo con la mano, disparo con la mente; no mato con mi pistola, mato  con mi corazón ….”). Deplorable credo que intenta inocularle sentido y fuerza a lo que carece totalmente del uno y de la otra.

Si, volviendo a nuestro introito televisivo,  un aciago y vespertino domingo  uno se topa en la tele con una película parecida a La torre oscura pero en lugar de malogrados híbridos de género y de pretensiones de autor, lo que se ve en pantalla es una más de tantas batallas seudo siderales  o cualquier otro engendro de millones de balas y explosiones, quizás hasta se la pase bueno.  El punto de quiebre de La torre oscura es no haberse reconocido una más del montón, lo que hubiera implicado un justo tributo al formato fantástico-aventurero, sino pretenderse, sin arrimarse siquiera a serlo,  vanguardista e innovadora.  No está mal de cuando en vez echar mano, reconociéndolo de alguna forma,  de uno que otro cliché. A la postre para eso están y tienen bien probada su efectividad. Lo que sí está mal es servirse de ellos pero querer evadir su  sello ocultándolo tras artilugios que, como en el caso de La torre oscura, no han empezado a construirse cuando ya se están derrumbando.

Ayudar a superar el enojoso tedio de los domingos en la tarde tiene su mérito.  Hay que reconocérselo a todas aquellas películas banales, deliciosas, pasajeras y olvidables  que hemos visto tirados en la cama cuando la semana ya naufraga. Decir que La torre oscura  vista en la pantalla pequeña es, apenas,  una de estas películas, es atribuirle una cualidad que no tiene. Le falta  modestia y le falta sobre todo ese discreto e inteligente toque de reconocer y aprovechar el valor inmenso de lo que ya está inventado.

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