La postura del hijo
Autor6
6Nota Final
Puntuación de los lectores: (1 Voto)
7.0

TÍTULO ORIGINAL: Pozitia copilului

OTROS TÍTULOS: Child’s Pose / Madre e hijo / La mirada del hijo

La pregunta que enmarcaba el desconcierto con el que abandoné la sala era porqué Pozitia copilului (en nuestras carteleras La Postura del Hijo o Madre e Hijo) había merecido, en el pasado Festival de Berlín, el preciado y codiciado galardón del Oso de Oro . La resequedad anímica que me dejó la película del rumano Calin Peter Netzer no era de aquellas que quedan cuando el drama salido la pantalla se nos instala en el alma. Provenía más bien de una cámara agobiante cuya estética – o quizás estática – no pude descifrar y de unos diálogos cuya densidad antes que aproximarme a sus protagonistas imposibilitó, al menos en mi caso, cualquier asomo de compenetración.

Algo – o quizás mucho – habrán visto y sentido los jurados que yo ni vi ni sentí. Tengo la impresión, quizás apresurada y poco elaborada, de que la crítica europea alaba la diferencia por el solo hecho de serlo, por la sola circunstancia de ser ruptura y divergencia y no tanto por ser, en sí misma, valiosa como producto artístico. Personalmente creo que en el vastísimo espacio de la proposición cinematográfica todo es admisible siempre que el resultado reúna los requisitos narrativos y visuales propios – ayer, hoy y siempre – de una buena película. La Postura del Hijo tiene elementos destacables: su guión es sólido, las actuación de Luminita Gheorghiu es sobresaliente y la sobriedad de su estilo es contundente pero la película vista como un todo no termina de cerrar, deambula sin llegar, arranca elogios pero no provoca emociones.

El suceso desencadenante de la historia es el accidente en el que Barbu (Bugdan Dumitrache) atropella y mata con su carro a un niño. A partir de este hecho se teje una oscura red de sentimientos en la que se entremezclan odios, amores, ternuras y miedos. Con la firmeza de su temperamento, con la solvencia que le da su posición social y, también, con su peculiar instinto maternal, Cornelia (Luminita Gheorghiu), su madre, se da a la tarea de evitar a toda costa un enjuiciamiento que desemboque en la condena de su hijo. El hijo, en lugar de plegarse agradecido, se le enfrenta rehusando y criticando sus estrategias e, incluso, sus propios objetivos. Orbitan alrededor de esta tensa relación el padre y la mujer de Barbu, pero es evidente que todo gravita en torno a Cornelia, una mujer convencida de que el mundo solo sigue los designios de quienes se atreven a doblegarlo.

La historia elude cualquier cosa que se pretenda decorado o artificio narrativo y se concentra en unos extensos parlamentos que quieren ser el retrato de unas almas que tienen, como todas las nuestras, sus parcelas de razón y, también, de perturbación. No por la parquedad de su estilo, sino por la ausencia de un conector narrativo efectivo, la película de Netzer no logra la transmisión nítida de algún contenido y obliga al espectador a librar una dura batalla para no desconectarse de una trama que acepta como interesante pero que le resulta, por distante, enteramente ajena. Hay películas que simplemente ves y otras que, viéndolas, te ven. La postura del Hijo es de las primeras.

Las películas deben tener un ritmo, una dinámica que logre como efecto involucrar al espectador con la historia que ve; no basta ni la profundidad de la historia, ni el esmero actoral de quienes la interpretan. Es fundamental un factor de compenetración o apropiación que construya un puente de doble vía que conecte al que ve con lo que ve y viceversa. La película siempre está hecha en función de sus espectadores y estos se le deben a aquella.

La Postura del Hijo es un producto interesante pero desalmado. Sus personajes, incluido el bien logrado e impetuoso de la madre, se diluyen con el encendido de las luces; la historia discurre ante nosotros pero ni nos roza; no le vamos a nadie y nadie va con nosotros. Todo se queda en una abstracción muy bien actuada pero, paradójicamente, deshumanizada por completo .

Los jurados de Berlín seguramente están en otro escalón en el que ya no esperan ni compenetraciones, ni conmociones, solo, tal vez, narraciones eficaces que, sin atraparlos, los convenzan. Si así fuera, prefiero quedarme en este confortable escalón de los que aún esperamos del cine un cataclismo interior, una íntima conmoción digna de recordación.

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