La Noche Más Oscura
Autor7
H. Santana (Dirección Distinta Mirada)6
6.5Nota Final
Puntuación de los lectores: (2 Votes)
3.9

TÍTULO ORIGINAL: Zero Dark Thirty

Una de las claves esenciales del cine es el manejo de la mentira.  La  cámara necesariamente transfigura lo que mira. Cuando el lente se posa sobre un rostro o sobre un aviso de neón o sobre un rostro que atrás tiene un aviso de neón, la cámara hace de ellos y con ellos otra cosa; sí un rostro, sí un aviso de neón, sí un rostro que atrás tiene un aviso de neón pero  distintos, sutil pero profundamente distintos,  a aquellos en los que se posó y de los que se sirvió para moldear otro rostro, otro aviso de neón, otro rostro que atrás tiene un aviso de neón. Nada de lo que salga en el cine, ni siquiera en el que se pretenda más real o documental, puede ser verdad. El cine es lo que es porque falsea todo cuanto ve, toca y relata.  No importa cuales sean sus modalidades – pictórica, verbal, plástica, musical o visual –  todas nuestras aproximaciones de expresión a  la verdad son apenas eso, aproximaciones o, quizás más bien, variaciones en torno a un objeto que se sospecha verdadero. La humana propensión a nominarlo todo,  a encapsularlo todo en un concepto, a reducirlo todo a un rótulo que aspira a confundirse con lo rotulado, es  la inevitable condena, mágica y trágica a la vez,  a vivir en un mundo de mentiras. El cine es una manera más de aprehender algo revestido de aparente verdad con el fin de expresarlo en un plano adyacente a ese otro que llamamos realidad. Es precisamente la precariedad de nuestras verdades la que propicia que las miremos desde otras ópticas, el cine una de ellas, para completarlas, para que la mentira que la exprese se adhiera a su enclenque verdad y sobrevenga así otro tipo de verdad.
Hay películas, no pocas, que se presentan con el embauco de basarse en hechos reales pero que desde un comienzo dejan ver su irredimible entrega a la mentira; películas que no vacilan en sumergirse desde la primera escena en las confortables y a veces también turbias aguas de la ficción. La entrega a la mentira o la inmersión en la ficción no son, per se, ni negativas ni positivas. La una y la otra no son más que la esencia misma del cine y de su tratamiento depende la fortuna de toda película.
Bajo nobles pero torpes intenciones de apego a la verdad, Zero Dark Thirty pretende la reproducción objetiva y desapasionada de la tortuosa búsqueda de Osama Bin Laden; en su intento la película se sume en una complejidad innecesaria y tediosa. Todos han dicho y diré con ellos que el relato está bien armado y que la estructura de la película es contundente y sólida. Pero son estos mismos calificativos los que le niegan la plasticidad y la levedad – que no la ligereza –  propias de todo buen relato. Las más de dos horas de proyección vencen la más estoica de las atenciones y dejan en el espectador una sensación de documental maquillado  de un maniqueísmo para justificar torturas y venganzas por fuera de todo derecho.
La dirección de Kathryn Bigelow es impecable, pero el problema es que es lo es en demasía. Le faltó lo que le sobró en The Hurt Locker: ese adentrarse en la historia pero no con las pinzas finas del historiador sino con la intromisión del sicólogo o con el descaro del fabulador. En Zero Dark Thirty uno no se siente ni ante la minuciosa reconstrucción de un acontecimiento ni, menos aún, frente a una mirada arriesgada capaz de darle a ese acontecimiento  un nivel distinto de verdad.En esta oportunidad la Bigelow sacrificó el  desborde de la sensibilidad por la frialdad del tecnicismo. Se ha dicho de ella que es una de esas directoras que no se arruga frente a temas normalmente tratados por directores hombres. De hecho, Loveless (1982) su primera película acerca de una banda de pandilleros en los cincuentas es para algunos una pieza de culto en la galería del cine violento . Más allá de estas dudosas correlaciones de género, lo que sobresale en el cine de la Bigelow  es ese balance no premeditado entre la barbarie y la atrocidad de las que es capaz el ser humano y su facultad  de asombrarse ante lo elemental y cotidiano.  La feminidad – honda precisa y detallista – puesta al servicio de un relato sin tapujos ni fronteras.  El reto, sin duda alguna enorme, de querer recrear esta persecución obsesiva, llevó a la Bigelow a negarse esas concesiones subjetivas que, para bien o para mal, terminan poniéndole el sello personal a toda expresión creativa. Por apegarse a una supuesta verdad no solo terminó distanciándose de ella sino que desperdició la oportunidad de recrear la suya, tiznada o tamizada como toda verdad, por sus propios anhelos y sus inevitables sesgos.
Zero Dark Thirty no es una mala película ni es, tampoco, una buena película. Es una aproximación bien elaborada pero fallida a lo que pudo ser, con mucha menos precisión y con mucha más introspección, pasión y  riesgo,  una buena película.

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

Dirección Distinta Mirada

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