La ley del más fuerte
Autor7
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2.3

El general Pierre Choderlos de Laclos escribió, allá por 1782, en su novela Las amistades peligrosas (posteriormente adaptada a la gran pantalla por Stephen Frears), una frase que se ha convertido en uno de los proverbios más famosos de nuestro tiempo: “La venganza es un plato que se sirve frío”. Dicha cita destaca por oportuna y discreta gracias a dos motivos: Insta a recapacitar, lo que podría llevarnos a la sensatez y al abandono, y deja tiempo para planificar, lo que ayudaría a minimizar e incluso a eliminar cualquier error de cálculo. El cine ha exprimido desde sus orígenes las historias de venganza, uno de los géneros más atractivos que existen, y a su vez agradecidos ya que, con una misma premisa (ofensa y desagravio), se puede generar un sinfín de métodos diferentes para llevar a cabo ese castigo. De entre todos los ejemplos que existen, encontramos dos corrientes que consideramos las más representativas de este frío y calculado ejercicio. El cine asiático, en concreto de Corea y Japón, es maquiavélico y despiadado, sus venganzas suelen conllevar enrevesados planes de una crueldad extrema. En segundo lugar tenemos el western americano de la época de oro de Hollywood, con un estilo más acorde a los preceptos de Sun Tzu (El arte de la guerra), planteando acciones menos crueles pero muy bien planificadas, en las que se utilizaban uno o más compañeros para llevarlas a cabo.

Y algo de western tiene esta película, serán los acordes de guitarra de Dickon Hinchliffe, esas inhóspitas vías por las que nunca pasa el tren, o la melancólica mirada de Sam Shepard mientras carga su rifle de caza. Sin embargo, en este caso, Scott Cooper presenta una venganza que representa todo lo contrario a esas minuciosas maquinaciones de las que hablábamos, no hay tiempo de reflexión, y si lo hay, no es una posibilidad a considerar. Se actúa bajo el calor y la pasión del momento, a ciegas, sin contemplar reacciones, subterfugios o daños colaterales. Pero antes de llegar hasta ese clímax de la acción, el director efectúa un análisis minucioso de sus actores; él es quien se toma su tiempo para actuar por medio de un ritmo narrativo lineal y lento, y no el protagonista. Cooper presenta a los personajes sin ninguna prisa pues, al igual que en su anterior película, Corazón rebelde, 2009, le interesa que nos recreemos en su índole, que conozcamos con detenimiento, tanto a ellos como a las historias individuales que los rodean. Y así, a partir de este análisis exhaustivo, quedan al descubierto los inconscientes miedos que cada uno esconde bajo su impasible fachada.

El miedo al rechazo y a la soledad está personificado en el protagonista principal: Russell Baze, trabajador en una fundición al borde de la quiebra. Un tipo que siempre ha luchado por mantener una vida tranquila y al margen de los problemas. Responsable, trabajador y caritativo, se verá envuelto en un fortuito y lamentable incidente que lo mandará a prisión el tiempo suficiente para que su novia lo abandone, su padre fallezca y su hermano Rodney, un joven impulsivo que acaba de regresar de Irak, no termine de ganarle la partida a los fantasmas que arrastra desde la guerra y termine metido en brutales peleas ilegales. A su salida del correccional, Rusell tratará de enderezar a Rodney, para ello recurrirá al propietario de un local que se encarga de las apuestas ilegales en el barrio, pero puede que ya sea demasiado tarde. Un peligroso criminal se ha cruzado en su vida, y no parece la clase de hombre que se detiene a escuchar razonamientos, un implacable Woody Harrelson que, con paso lento pero firme, avanzará indolente y sin remordimientos mientras destruye todo a lo que se acerca.

La presentación y el nudo argumental de la trama se funden de forma casi imperceptible, mientras el director aprovecha para hacer una crítica de la marginación social que sufren muchas familias en los suburbios de Estados Unidos, todo mantiene una apariencia de forzada naturalidad, un apacible efecto de falsa calma en el que tendremos la impresión de estar en el ojo del huracán, y en un momento, todo se precipita a un inevitable e intenso final que, pese a su violencia, seguirá manteniendo esa serenidad y quietud; recordándonos a una de las más grandes obras sobre la venganza jamás escrita: El conde de Montecristo. El protagonista, al igual que Edmond Dantès, sufrirá un cambio tan radical como el que describió Alexandre Dumas: “Y ahora… adiós a la amabilidad, humanidad y gratitud. He sustituido a la Providencia para recompensar a los buenos, que el Dios de la venganza me ceda ahora su lugar para castigar a los malvados”.

No obstante, pese al acertado temple del realizador y la oscura y sucia estética que Masanobu Takayanagi consigue con su fotografía de alto contraste, el guion no permite al producto final destacar por encima de la extensa competencia con la que este tipo de historias tiene que pelear. Quizá sea por ello que nombres como los de Leonardo DiCaprio o Ridley Scott, se han quedado en un segundo plano en la lista de productores, sin involucrarse de forma más activa en el apartado artístico. Nos inclinamos a pensar que ninguno de ellos hubiera logrado un mejor resultado, y a pesar de las carencias argumentales, salimos de la sala con la grata sensación de haber contemplado un trabajo muy bien trazado por parte de un director que, pese a haber esperado cinco años para presentar su segunda cinta, deja claras sus credenciales y evidencia lo que parece un más que prometedor porvenir. Christian Bale, por su parte, se reafirma como uno de los actores más perfeccionistas y metódicos del mainstream americano en este thriller a altas temperaturas.

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