La Cinta Blanca
Autor8
H. Santana (Dirección Distinta Mirada)8
8Nota Final
Puntuación de los lectores: (1 Voto)
8.0

TÍTULO ORIGINAL: Das weiße Band – Eine deutsche Kindergeschichte

OTROS TÍTULOS: The White Ribbon

Perturbadora pudiera ser una palabra adecuada para expresar esa suerte de desazón que a uno le queda luego de ver la Cinta Blanca. En la antesala de la primera guerra mundial un pueblo alemán es el escenario para que sobre el desfilen las aberraciones – tan propias, tan emblemáticas –  de la condición humana. Allí se dan cita las figuras arquetípicas de cualquier comunidad: el médico, el pastor, la comadrona, el burgués, el campesino, los infaltables niños…. y, en medio de ellos, un mal espeso que lejos de aterrorizar se adhiere a las paredes mismas de la existencia como una lava silenciosa que se alberga con tanta facilidad en el torvo comportamiento de un adulto decadente como en la inocencia de un niño que está, apenas a un paso quien lo creyera, de la atrocidad.

El propósito de La Cinta Blanca no es, en el sentido tradicional del término,  narrativo; no pretende, con apego a la vieja fórmula,  ir contándonos una historia para  develárnos – poco a poco o de un sopetón – su desenlace. La intención de Haneke su director es otra. Lo suyo es, con indudable maestría,  perturbarnos con unas imágenes en cuya austeridad recae precisamente su contundencia comunicativa. Perturbarnos con unos seres que deambulan entre la condena y la perdición y que nos son, sin llegar a explicarnos nunca muy bien el porqué de tal sensación,  incómodamente cercanos. Uno de los méritos de la Cinta Blanca, uno entre muchos, es revelar, como connatural a la convivencia humana, la presencia del mal pero hacerlo sin tono de denuncia, sin fáciles aspavientos de moralidad. Lo que hace Haneke, lo que viene haciendo desde el Séptimo Continente  y desde la Profesora de Piano, es una inmersión en los subterfugios atemporales del alma humana. Es allá donde todos, perturbados, de alguna forma terminamos reconociéndonos, incriminándonos y culpándonos sin que emerja la siempre cómoda dicotomía entre el bien y el mal. En la Cinta Blanca ni hay un triunfo reconfortante ni hay, tampoco, una moraleja con intenciones de reconciliación existencial. Hay un ojo implacable y lúcido puesto sobre las fragilidades de la condición humana. Poco importa, para efectos de apreciar y degustar (sí, quien lo creyera, degustar) esta película, si su visión sobre el hombre y su relación con el otro es pesarosa, acertada  o sombría. Sea la que fuere lo innegable es la contundencia del lenguaje que en ella se emplea. Su fotografía es sobrecogedora, su ambientación impecable, sus actores soberbios y su puesta en escena revela el cuidado que solo tiene frente a su obra el que ha alcanzado el título de maestro.

Suele suceder, a todos nos suele suceder,  que al evaluar una película confundimos elementos tales como la grandeza de uno de sus personajes o la visión que su director tiene de una determinada faceta de la vida humana, con el valor mismo de la película como la libre expresión de una estética determinada.  Nos puede parecer, por ejemplo, que el concepto que Haneke tiene sobre la naturaleza humana es oscuro o, incluso, enfermizo y podemos, legítimamente, diferir de tal apreciación pero eso no debe impedirnos poder apreciar la excelencia de su lenguaje cinematográfico, la calidad que diferencia su obra del repertorio habitual con el que solemos toparnos en la cartelera comercial.

Alguien ha dicho que La Cinta Blanca es una obra maestra; otros, quizás menos apasionados, han dicho que El color de sus ojos, la cinta argentina ganadora en el 2009 del Oscar a mejor película de habla no inglesa, no se compara con la coproducción austro alemana  y que debió ser La Cinta Blanca la galardonada en esta contienda. Atreverse, en cualquier expresión del arte, a decir que esta o aquella es una obra maestra se me antoja, por decir lo menos, arriesgado. Maestra es aquella obra en la que concurren, en una perfecta e inusual armonía,  elementos de muy diverso tipo que van desde lo puramente estético hasta la conmoción histórica de un determinado lenguaje artístico. Este título, cada vez más escaso y huidizo, requiere además un largo proceso de decantación porque la maestría la revela y consolida, sin la menor duda, el paso inclemente del tiempo. Creo sí, desde una perspectiva objetiva y respetuosa, que la Cinta Blanca merecía, de lejos,  la presea dorada de la Academia. El negársela no hace otra cosa, como tantas otras veces,  que enaltecerla.

Dije al principio de estas líneas que perturbadora podría ser una palabra adecuada para expresar la sensación con la que quedé luego de ver la Cinta Blanca. Ahora que lo pienso, ahora que lo recuerdo, creo que la palabra, con toda su carga de connotaciones y también con todas sus limitaciones expresivas, recoge bien ese desasosiego que se nos va quedando  pegado, más allá de los ojos, mientras vemos la Cinta Blanca.

El cine de Haneke agrede sin lastimar, inquieta sin ofender, pregunta para nunca responder y es por eso que a la salida de la sala nos embarga una desazón que quisiéramos no tener pero que, a la vez, agradecemos tener.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.