La bella y la bestia
Andrés Quintero 7
LO MEJOR
  • Un muy bien logrado tributo a la versión Disney que todo conocemos y queremos
  • La personalidad de los objetos animados
LO MALO
  • Su quizás excesivo apego al clásico animado del 91
  • La debilidad de algunos personajes
7Buena

TÍTULO ORIGINAL: Beauty and the beast

AÑO: 2017

DURACIÓN: 2h 3 min

GÉNERO: Romance, Musical, Fantástico

PAÍS: Estados Unidos

DIRECTOR:  Bill Condon

ESTRELLAS: Emma Watson, Dan Stevens, Luke Evans, Kevin Kline, Josh Gad

Para hacer lo que hoy en día llaman la “trazabilidad” de la Bella y la bestia hay que echar hacia atrás unos buenos años.  Irse al siglo dieciocho para encontrar allí a la escritora – principalmente de literatura infantil –  y periodista francesa Jeanne-Marie Leprince Vaimboult (de Beaumont, mientras estuvo casada) quien fuera, lejos de la rutilancia que luego alcanzaría su trabajo creativo,  la autora del cuento La bella y la bestia.  Corría entonces el año 1770.  La primera versión cinematográfica del cuento de Leprince es del año 1913 bajo la dirección del norteamericano HC Mattheus.  Vino luego, en 1943, la fascinante versión del francés Jean Cocteau y treinta y cinco años más tarde, en 1978, la sombría adaptación del checo Juraj Herz.  El 1991 Disney se anota un puntazo con su  versión animada de este cuento que ya para entonces tenía más de doscientos años.  En el 2009 el australiano David Lister hace su enclenque y olvidable versión del gran cuento francés y en el 2014 lo propio hace el francés Christopher Gans. Así llegamos, en este 2017, a la  muy digna adaptación de Bill Condon con los protagónicos de Emma Watson y Dan Stevens. Quizás no sobre decir que versiones para televisión de la Bella y la bestia  las ha habido (1976, 1984,1987, 2012, para citar algunas) de todos los colores, sabores y tamaños.

Espero haya quedado claro después de esta mini pesquisa, que la Bella y la bestia no es un invento de los geniecillos de Disney y espero también haber demostrado con tan endeble arqueología literario cinematográfico-televisiva, que la idea de la francesa Jeanne-Marie Leprince Vaimoult, ha dado y seguirá dando para cuanta adaptación y versión se quiera porque es, sencillamente, genial. Romper como lo hizo la Leprince con el arquetipo cultural de lo amoroso indisolublemente ligado a lo bello fue fantástico. No me atrevo a decir que al cuento de la francesa no lo hayan precedido otros relatos en los que la pareja protagónica no sea de bellos, pero sí está claro, hasta hoy, que cuando de amores se trata suele ser más emotivo, placentero y convincente que ellos, la enamorados, sean además, de una u otra forma, bellos.  Haber arriesgado en el año 1770 un cuento para niños en el que el relato gravita en torno a la relación amorosa entre una bella y una bestia, entre una linda y un feo,   fue la inteligente transgresión de un esquema estético que tradicionalmente ha sacrificado  hondura y sentimiento por el  deleite periférico que siempre produce lo generalmente considerado hermoso.

No he leído el cuento original y es por eso que, como tantos, comparo la película de Condon con el clásico animado de 1991. Basado en este parangón y sin saber que tanto  Disney se alejó del cuento original (supongo, en todo caso,  que no poco), lo que sí resulta evidente y en mi caso placentero es la fidelidad renovada que esta nueva versión le profesa al ícono animado de comienzos de los noventas.  Acostumbrados como estamos desde niños a que nos animen lo real, no deja de sorprender que nos vuelvan realidad  lo animado.  Qué sentirá  el papá que hoy ve con sus hijos esta Bella y la bestia habiéndola visto “ en muñequitos” cuando apenas tenía once o doce años? Supongo que una deliciosa nostalgia porque la versión de Condon se esmera, sin mayores artilugios, en conservar la esencia de la historia y en mantener el  charme  de sus personajes, incluido el detestable Gastón. No vale la pena preguntarse por esos chicos que no habían nacido cuando Disney descolló con su clásico del 91 (poco antes de que Pixar irrumpiera en el escenario con sus fantásticas animaciones) y no vale la pena hacerlo porque, con toda seguridad, en algún momento de sus cortas vidas   – probablemente en muchos por aquello de la repetición infantil – se han topado con este clásico. Ellos también habrán experimentado ese deleite del reencuentro con lo conocido,  ese placer de saber qué va a pasar pero esperarlo en todo caso con una expectativa ingenua de un cambio que se sabe no vendrá y que, además, no se quiere que venga.  Que todo se repita, deseamos todos,  para volver a creer que la bella se enamorará de la bestia y juntos conjurarán el hechizo que lo ha sumido todo en penumbras y soledad.

La película de Condon es, por decirlo de algún modo, conformista y esa es, a la vez que su gran virtud, su principal defecto.  La fidelidad a la versión Disney del 91 puede  leerse como servilismo o facilismo pero puede verse desde otra óptica  como una evocación respetuosa que nada tiene que ver con la insulsa repetición. Esta Bella y la bestia no tiene la genialidad iconoclasta e irreverente de un Shrek; lo suyo, y así hay que verla y dsfrutarla, es una recreación renovada,  una recuperación necesaria de una ilusión y de una emoción que para su perdurabilidad necesitan – y siempre necesitarán – de nuevo ser contadas.

La magia y el poder de La bella y la bestia están, creo yo, en que todos coincidimos en lo bello que es la bestia.  Se afea paradójicamente cuando la ruptura del hechizo lo embellece.  Alcanzamos todos a desear – y a no desear –  que el hechizo desaparezca para que el sol  golpee nuevamente las altísimas torres del castillo , para que  candelabros, relojes y pianos vuelvan a ser los seres humanos que alguna vez fueron pero que, con su envés de bendición, la maldición mantenga a la bestia con su descomunal corpulencia, con sus cuernos, con su tozudez, con su pelambre, con su desbordada sensibilidad porque son todas estas atrocidades, todas estas beldades,  las que desde su bestialidad lo hacen querible y por ello excepcionalmente bello.

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

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