José Y Pilar
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Hay que diferenciar. Una cosa es la empatía, la simpatía o la antipatía que pueda generarnos un personaje por su conducta o su forma de ver y vivir la vida y otra, distinta, el agrado o el desagrado que pueda producirnos el relato cinematográfico que  se ocupa de este mismo personaje.  La importancia de esta distinción se agudiza cuando se trata de una película documental. En este género  se trata ya no de unos actores que encarnan postizamente las vidas de otros, sino de seres reales a quienes la cámara aspira a capturar sin otra distorsión, que no es poca, que la que se produce en el tránsito de la realidad a la imagen. Una cosa es entonces, en el documental, que la forma de apresar y expresar una realidad (comúnmente la vida de algún notorio) nos parezca buena o  fallida y otra que esa misma realidad (ese alguien que nos es representado) nos plazca o nos disguste estética, moral o éticamente. Un documental sobre el sicariato nos puede parecer extraordinario así nos repugne hasta la médula ese aberrante oficio y, sobre todo, la decadencia social que lo propicia.  Lo propio, a la inversa,  puede sucedernos con un documental sobre la forma como en gimnasios anónimos y oscuros se forman, a punto de hambre y ansias, esos boxeadores que luego muerden, como desquitándose de la vida, sus preseas olímpicas. El tema puede subyugarnos pero la forma de contárselo puede decepcionarnos. Sin duda una cosa es el como se cuenta y otra, lo contado.
En José y Pilar (2010) , el documental del director portugués Miguel Goncalves Mendes,  hay entonces que diferenciar entre el gusto o el disgusto que pueden provocarnos las figuras públicas del propio Saramago y su esposa, la española Pilar del Río, y el  brillo o la opacidad de la película que recoge los últimos años del primero y la intensidad de la segunda.  Personalmente no me gustan los primeros y no me gustó la segunda.
Como muchos llegué a Saramago a través de sus subyugantes novelas. Me fascinó El ensayo sobre la ceguera,  El Evangelio según Jesucristo y, especialmente,  Todos los nombres. Más tarde, cuando Saramago empezó a aparecer en noticieros y diarios me encontré con un hombre genial pero apático, brillante pero frío, portador y defensor de un discurso social pero privado de toda calidez humana. Como tantas otras veces me dije que el mejor y más limpio contacto con los escritores es siempre a través de sus obras y no  a través de sí mismos. Mejor quedarse con don José, el burócrata notarial de Todos los nombres que se enamora de una desconocida, que con el otro José que le dio vida al primero.
De Pilar del Río poco o nada sabía y en la película nos la presentan como una mujer que se encaprichó hasta la obsesión con el Nobel no  para acompañarlo y secundarlo en su labor creativa , sino para lograr que los faros mediáticos buscándolo a él terminaran posándose en su compañera redentora.  A lo mejor la del Río, periodista de oficio, es una gran y desinteresada mujer. No lo sé. Lo que sí sé es que la imagen que me quedó de ella fue la de una habilidosa y muy superficial titiritera que se dedicó, tras el sospechoso rótulo de la trabajadora incansable,  a exponer, a cabestro diría yo, al pobre Saramago ante cuanta cámara y micrófono hubiera en el camino.
Pero una cosa es que ese Saramago y esa Pilar no me simpaticen y otra que eso convierta en buen o mal documental biográfico a José y Pilar. Si a mi juicio José y Pilar es un documental fallido y del todo prescindible es porque con él se desperdició la oportunidad de adentrarse en el desconcertante mundo del Nobel portugués, un mundo marcado por la brillantez de sus creaciones y por su visión atea y árida de la condición humana.  Se dejó ir la oportunidad para conocer, algo más de cerca, ese contraste entre el escritor de una sensibilidad extrema y el hombre político que pregonaba la igualdad desde su pedestal de odiosa superioridad.
José y Pilar es, sobretodo, Pilar y José.  Es ella la que aparece como el eje que soporta todos los giros. Si Saramago se mueve es por el impulso de ella; si Saramago lucha es porque ella lo motiva a hacerlo y si Saramago se embarca alocadamente en cuanto avión pueda transportarlo de un continente a otro, es porque ella es la hacedora insaciable de esas apretadas agendas. El Saramago de José y Pilar no es entonces ni el pensador polémico y ácido ni, mucho menos,  el creador polifacético que habló  tantos y tan disímiles lenguajes a través de sus personajes  El Saramago de José y Pilar es , sobretodo, el José de Pilar según la visión egocéntrica y absorbente de esta última.
Nunca he creído, con el adagio popular, que detrás de cada gran hombre hay siempre una gran mujer. Eso del detrás de  me parece pedante, odioso y soberanamente mentiroso.  Al lado de cada gran ser, hombre o mujer, suele haber otros, hombres y/o mujeres, que lo complementan, acompañan y justifican. Esa y no otra es nuestra condición. En José y Pilar quiso mostrarse la grandeza de la compañera del Nobel y en lo que terminó la película fue en la caricaturización de un grande y en el elogio, empalagoso hasta el hastío, de una mujer que quizás nunca entendió, como sí Saramago,  que la discreción es siempre la mejor aliada de la creación.

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

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